Capítulo 13. El arquitecto habla
Andrés Valero seguía en la Posada del Mar.
Sofía lo invitó a tomar un café con un mensaje dejado en la recepción de la posada: «Si quiere hablar sobre el faro, soy la persona adecuada.
Sofía Rivera, Café Canela.» Era directo, quizás demasiado, pero Sofía había aprendido que la directness tenía sus ventajas: ponía las cartas sobre la mesa y obligaba al otro a decidir si quería jugar o no.
Andrés Valero apareció esa tarde a las cinco. Se sentó en la barra, no en una mesa, lo cual Sofía interpretó como una señal positiva: la barra era el espacio de las conversaciones directas.
Esta vez no tomó notas. Simplemente bebió su café y, cuando el local quedó lo suficientemente vacío, empezó a hablar.
—Mi padre se llamaba Marcos Valero —dijo, sin preámbulo—.
Trabajó como técnico de telecomunicaciones para una empresa que tenía contratos con Costas.
Entre otros, el mantenimiento del equipamiento del faro de Puerto Esperanza.
Hizo varias visitas al faro entre el ochenta y siete y el ochenta y ocho.
La última fue en octubre del ochenta y ocho. Volvió diferente.
—¿Diferente cómo?
—Callado. Mi padre no era un hombre expansivo, pero lo conocía. Había algo que lo tenía ocupado que no quería compartir. Tardé muchos años en entender que era miedo, no solo preocupación. Miedo de verdad.
Sofía esperó sin presionar.
—Una noche, cuando yo debería estar dormido, oí a mis padres hablar.
Mi padre le dijo a mi madre que en el faro había algo que no debería estar ahí.
Algo que no habían instalado ellos. Un sistema de comunicación que funcionaba pero que no aparecía en ningún registro técnico del edificio.
Dijo que era antiguo pero funcional. Y que alguien lo usaba.
—¿Denunció eso?
—Intentó hacer algunas preguntas. Y lo callaron. No con amenazas directas, sino dejándole claro que había cosas que era mejor no ver. —Andrés dejó la taza—. Tres semanas después de esa última visita, el farero desapareció. Mi padre no volvió a hablar del tema nunca más.
—¿Y ahora? ¿Por qué ahora?
—Porque mi padre murió hace dos años. Y entre sus cosas encontré un plano.
Un plano del faro que no es ninguno de los planos oficiales.
Muestra el edificio en dos niveles: el que todo el mundo conoce, y otro nivel subterráneo con una sala circular y un conducto que llega al mar.
—Andrés la miró directamente—. Y encontré una carta.
Escrita para mí antes de morir. En la que me decía que había algo que no había podido hacer en vida y que esperaba que yo tuviera el valor de hacerlo.
—¿Qué era?
—Encontrar qué pasó realmente con Aurelio Fuentes.
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