El Faro Donde Nadie Bajó (Saga Puerto Esperanza nº 1) Capítulo 12. La familia Vega tiene memoria
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Capítulo 12. La familia Vega tiene memoria

Vivía en la calle de los Pescadores, en una casa de piedra de dos plantas que era prácticamente la misma que había sido cuando la construyó su suegro a principios del siglo XX. La recibió en la cocina con la hospitalidad directa de las personas que no pierden el tiempo en ceremonias.

Sofía le explicó lo que buscaba: información sobre el faro, sobre Aurelio Fuentes, sobre los años previos a su desaparición.

Eulalia escuchó sin interrumpir y cuando terminó estuvo en silencio mirando por la ventana.

—Aurelio Fuentes —dijo al fin—. Sí. Hacía tiempo que nadie decía ese nombre.

—¿Lo conocía?

—Era el farero. Todo el mundo lo conocía. Un hombre solo, callado. Hacía bien su trabajo y eso era lo que importaba.

—¿Y los últimos meses antes de que desapareciera?

—Los últimos meses estuvo raro. Venía al pueblo más de lo habitual. Hacía preguntas. —Pausa—. Mi marido, que en paz descanse, era pescador. Y Fuentes le preguntó una vez si había zonas del fondo del canal norte donde las redes no bajaban igual. Como si encontraran algo diferente debajo.

—¿Y había?

—Mi marido dijo que sí. Que desde siempre había una zona cerca del promontorio donde el arrastre era distinto.

No como si hubiera rocas: como si hubiera estructuras.

Algo construido. Los pescadores lo sabían de siempre.

Lo llamaban el mal paso y evitaban faenar ahí porque las redes se enredaban. Pero nunca se le dio más importancia.

—Hasta que Fuentes empezó a preguntar.

—Hasta que Fuentes empezó a bucear solo en esa zona. A partir del verano del ochenta y ocho. Mi marido lo vio varias veces desde el barco, con el equipo de buceo, en el área del mal paso. Solo, sin nadie que lo acompañara.

—¿Y encontró algo?

—Eso nunca lo supimos. Fuentes no le contó nada a mi marido. Y en noviembre de ese año desapareció. —Una pausa—. Lo que sí sé es que la última semana que estuvo en el pueblo pasó dos tardes en el archivo municipal. Revisando planos antiguos del faro, le dijo a la secretaria. Los cimientos.

Sofía pensó en la frase del cuaderno de servicio. «La puerta está debajo.»

—¿Y después de que desapareciera? ¿Hubo investigación?

—Vino gente de fuera. Funcionarios. Estuvieron unos días haciendo preguntas. Y luego se fueron y no se volvió a saber nada. Como si Fuentes nunca hubiera existido.

Sofía le agradeció la información a Eulalia Vega con la sinceridad de quien sabe que ha recibido algo valioso y que el agradecimiento formal no es suficiente pero es lo que tiene.

En el camino de vuelta, bajando por la calle de los Pescadores hacia el centro, se cruzó con Bernal. El viejo pescador caminaba con esa lentitud de quien tiene tiempo de sobra y no planea gastar energía en apresurarse. La saludó con un gesto breve y siguió.

Sofía se paró.

—Bernal.

El viejo se giró.

—¿Sabes algo sobre el faro? —preguntó Sofía, con la misma directness que había usado con Eulalia.

Bernal la miró durante un momento con esa expresión particular de los hombres de mar que han visto mucho y hablan poco.

—Todo el mundo sabe algo sobre el faro —dijo al fin.

—Yo me refiero a cosas específicas. Del fondo marino cerca del promontorio.

Una pausa más larga esta vez.

—Las redes se enredan ahí —dijo Bernal—. Siempre se han enredado. Mi padre decía que era el fondo. Que había estructuras antiguas que hacían el arrastre imposible.

—¿Y nunca nadie investigó qué había?

Bernal la miró con esa calma suya que era también una forma de información.

—Investigar cuesta dinero y tiempo. Y lo que hay ahí no te da pescado. Así que los pescadores lo evitamos y seguimos. —Hizo una pausa—. ¿Por qué lo preguntas?

—Por curiosidad —dijo Sofía.

Bernal asintió de la forma particular de quien sabe que la respuesta no es verdad del todo pero que no va a insistir en ese momento.

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