El Faro Donde Nadie Bajó (Saga Puerto Esperanza nº 1) Capítulo 11. El muelle de madrugada
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Capítulo 11. El muelle de madrugada

Tomás le dijo que si quería saber qué pasaba en el puerto de noche, había que ir de noche. Sofía no puso objeciones.

Se encontraron a las dos de la madrugada en el extremo sur del muelle.

Hacía ese frío húmedo y profundo del Atlántico en octubre que no es el frío de la montaña: es el frío del mar, que entra por todas partes y se queda.

Sofía llevaba el abrigo verde, la bufanda de lana, y la linterna pequeña de su cajón de emergencias.

También llevaba la libreta, por costumbre: cuando observaba algo que podría importar, prefería escribirlo en el momento.

El puerto de noche era un lugar diferente al puerto de día.

Los barcos crujían suavemente con el movimiento del agua, un sonido que de día se perdía en el ruido ambiental y que de noche resultaba casi conversacional.

El olor a pescado y sal era más intenso, más concentrado.

Las farolas del muelle proyectaban círculos de luz naranja que llegaban hasta el agua y la convertían en algo que oscilaba entre el negro y el verde.

—Ahí —susurró Tomás de repente, con un gesto mínimo hacia el norte.

Sofía miró. El faro, que desde el muelle era una silueta oscura contra el cielo parcialmente cubierto, tenía una luz. No en la linterna principal: en algún punto de la estructura media del edificio, a través de lo que podría ser una ventana o una abertura.

Un destello. Pausa. Otro destello. Pausa. Tres destellos seguidos.

Pausa más larga.

Y se repitió.

—¿Ves el patrón? —murmuró Tomás—. Uno. Uno. Tres. Pausa. Uno. Uno. Tres.

Sofía lo anotó en la libreta. La mano le temblaba levemente, más del frío que de la emoción, aunque no era del todo seguro que fuera solo el frío.

—¿Cuánto tiempo lleva así?

—Esta noche empezó hace unos veinte minutos. Ayer también. Antes de ayer también. Tres noches seguidas. Siempre entre las dos y las tres de la madrugada. Siempre el mismo patrón. Exactamente el mismo. Uno. Uno. Tres. Sin variación.

No era el comportamiento de alguien explorando con una linterna. Era una señal. Una señal que alguien enviaba desde el interior del faro cerrado, con un patrón lo suficientemente simple y repetitivo para que el receptor pudiera reconocerlo.

—¿Quién está dentro? —preguntó en voz baja.

—Eso es lo que no sé. He revisado los alrededores durante tres días. No hay señales de entrada forzada por ningún lado. Lo que significa que entran con llave.

La secuencia continuó durante veinte minutos más. Luego, tan abruptamente como había empezado, el faro volvió a su oscuridad habitual. Sofía siguió mirando largo rato después, como si el aire pudiera conservar alguna impresión de lo que había ocurrido.

En el camino de vuelta del muelle, con el frío del Atlántico todavía en los huesos y la libreta con la secuencia anotada en el bolsillo, Sofía pensó en lo que había visto. Uno. Uno. Tres. Pausa. Repetido.

No era la primera vez que alguien usaba un faro para transmitir señales.

Los faros habían sido durante siglos sistemas de comunicación además de sistemas de navegación: la posibilidad de controlar la luz, de crear patrones con los destellos, los había convertido históricamente en herramientas de comunicación en tiempos de guerra, de contrabando, de situaciones en que la comunicación oficial era imposible o peligrosa.

Pero los faros automáticos del siglo XXI no tenían sistemas manuales de modulación de la luz.

Alguien había entrado en el faro cerrado, había accedido al sistema de iluminación, y había encontrado la forma de controlarlo manualmente.

Lo cual requería conocimiento técnico específico del sistema del faro, que no era información pública.

O había encontrado otro sistema. Uno que no era el oficial.

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