Capítulo 10. Una cena con secretos
A las nueve de esa noche, cuando el café estaba cerrado y la calle del Puerto dormía con el silencio particular del pueblo fuera de temporada, Sofía, Tomás y Clara se sentaron a la mesa del fondo con tres tazas de manzanilla y el sobre y la nota en el centro de la mesa como si fueran pruebas en un juicio.
Sofía los había llamado antes de abrir el sobre para que estuvieran presentes cuando lo leyeran. No por desconfianza: por sentido práctico. Tres pares de ojos ven más que uno.
Clara leyó la nota dos veces, la dejó sobre la mesa y se recostó en la silla con los brazos cruzados y la expresión de quien está catalogando información.
Tomás la leyó una sola vez, rápido, y luego miró a Sofía.
—¿Cuándo la encontraste?
—Hace dos horas. Canela me avisó.
—¿La puerta del almacén estaba forzada?
—No. O la dejé yo mal cerrada, o alguien entró con una llave. La cerradura no tiene marcas.
Tomás tamborileo los dedos sobre la mesa.
—El callejón de San Andrés —dijo Clara, pensando en voz alta—. Comunica con la calle del puerto por el norte y con la calle Real por el sur. Cualquiera que conozca bien el pueblo podría llegar desde el muelle sin ser visto.
—La frase «hay gente que no quiere que se sepa» —dijo Clara, señalando la nota—. Quien escribió esto sabe que hay algo que ocultar. Lo que no sabemos es si está de parte de los que ocultan y nos advierte para que paremos, o si está en contra de ellos y nos avisa para que tengamos cuidado.
Era una distinción importante. Sofía la había estado considerando desde que encontró el sobre.
—Si quisiera que paráramos del todo, habría sido más específico sobre las consecuencias —dijo—. El tono no es de amenaza. Es de preocupación.
—Eso podría ser un cálculo —dijo Tomás—. Las advertencias suaves a veces funcionan mejor que las amenazas directas.
—También podrían ser sinceras —dijo Clara.
Canela saltó sobre la silla libre y olfateó el sobre con expresión profesional.
—Lo que sí sabemos —dijo Sofía— es que alguien en este pueblo está siguiendo de cerca lo que hacemos. Sabe dónde vivo y cómo entrar al almacén sin llamar la atención. Eso significa que la persona que escribió esto nos conoce. No es un extraño.
Los tres guardaron silencio durante un momento.
—Seguimos —dijo Sofía—. Pero con más cuidado. Y sin contarle a nadie más de lo necesario.
Clara se levantó para hacer otra ronda de manzanilla. Era su forma de gestionar las conversaciones difíciles: poner las manos a trabajar mientras el cerebro procesaba.
—Hay algo más que deberíamos considerar —dijo desde la cocina pequeña de la trastienda—. Si alguien nos está vigilando de cerca, lo suficiente para saber que encontramos la grabación, entonces también sabe que tenemos el plano de Andrés.
—Sí —dijo Sofía.
—Y si saben que tenemos el plano, saben que sabemos que existe el nivel inferior. La sala. El sistema de comunicación.
—Sí.
—¿Y eso qué les convierte en?
Tomás respondió antes de que Sofía pudiera hacerlo.
—En gente que necesita decidir qué hacer con nosotros. —Su voz era tranquila, sin dramatismo, de alguien que está evaluando una situación práctica—. Si somos una amenaza suficientemente pequeña, nos ignoran. Si nos volvemos una amenaza más grande, hacen algo al respecto.
—¿Cómo de grande es suficientemente grande? —preguntó Clara, volviendo con las tazas.
Nadie respondió. Era una pregunta cuya respuesta solo tendrían cuando ya fuera demasiado tarde para ser útil.
✦