El Faro Donde Nadie Bajó (Saga Puerto Esperanza nº 1) Capítulo 9. Canela encuentra algo
29%

Capítulo 9. Canela encuentra algo

Fue el gato quien lo encontró, como casi siempre pasaba con las cosas importantes en el Café Canela.

Había algo en Canela que Sofía no sabía explicar racionalmente pero que había dejado de intentar ignorar: una especie de sexto sentido para las anomalías del local, para los cambios pequeños que el ojo humano descartaba como irrelevantes.

La tarde siguiente, después de que el último cliente se hubiera ido y Sofía estuviera haciendo el cierre, Canela empezó a maúllar frente a la puerta trasera del almacén.

No el maullido habitual de reclamar atención o comida: un maullido específico, sostenido, orientado hacia una dirección concreta.

Sofía lo conocía lo suficientemente bien para reconocer la diferencia.

La puerta del almacén estaba entreabierta. Lo cual era raro, porque Sofía la cerraba siempre con llave desde que el mes anterior habían entrado a robar en el local de enfrente.

Empujó la puerta lentamente. La cerradura no estaba forzada. La puerta simplemente no había quedado cerrada del todo, o alguien la había abierto con una llave o con suficiente habilidad para no dejar marcas visibles.

El almacén estaba tal como lo había dejado esa mañana: sacos de café apilados, estantes con suministros de limpieza, la nevera auxiliar zumbando. No faltaba nada visible.

Menos un sobre.

Había un sobre blanco en el suelo, junto a la nevera, como si lo hubieran deslizado por debajo de la puerta exterior que comunicaba con el callejón de San Andrés.

Sofía lo recogió con cuidado, sosteniéndolo por las esquinas.

No tenía remitente. Solo su nombre escrito a mano, con una letra pequeña y apretada:

«Sofía Rivera. Urgente.»

Dentro, una sola hoja doblada en tres:

«No pregunte más por el faro. Hay gente que no quiere que se sepa lo que hay ahí. No es un asunto de curiosos. Queme esto.»

Sofía leyó el mensaje dos veces. Luego lo leyó una tercera, despacio, prestando atención no solo al contenido sino a la forma: la elección de palabras, la ausencia de amenazas directas combinada con la advertencia implícita.

Quien había escrito esto no quería asustarla.

Quería advertirla. Había una diferencia.

Miró a Canela, que se había sentado a sus pies y la observaba con una expresión seria.

—No voy a quemarlo —le dijo al gato.

Guardó el sobre en el bolsillo interior del delantal y fue a buscar el teléfono.

Sofía pasó diez minutos más en el almacén antes de salir, mirando el espacio con ojos nuevos.

El sobre había aparecido junto a la nevera, cerca de la puerta exterior que daba al callejón.

Eso significaba que quien lo había dejado o bien había entrado al almacén o bien había deslizado el sobre por debajo de la puerta exterior.

La segunda opción era la más probable, porque el espacio entre la puerta y el suelo era suficiente.

Pero la puerta interior del almacén había estado entreabierta. Y esa puerta se cerraba desde el interior del café, no desde el callejón. Alguien había estado dentro del local, o había accedido al almacén desde el interior.

Lo cual significaba que tenía llave del café, o que había entrado antes del cierre mezclado con los clientes y se había escondido en el almacén hasta que Sofía terminara de limpiar y cerrara el local.

Que después, cuando el café estaba vacío, había salido del almacén, había dejado el sobre, y había salido por la puerta que daba al callejón.

Sofía miró la puerta exterior. Tenía cerrojo interior pero también una cerradura que se podía abrir desde fuera con llave. Una llave que ella tenía, que Clara tenía como persona de confianza para emergencias, y que el propietario del edificio tenía.

La lista de posibilidades era incómodamente corta.

✦