Capítulo 8. Lo que guardaba la crónica
Clara había encontrado la crónica local del noventa y dos exactamente donde sabía que estaba: en el segundo cajón del archivador metálico de la trastienda.
Cuarenta y dos páginas impresas en multicopista, con el encabezado del Ateneo Cultural de Puerto Esperanza.
La tinta estaba algo desvaída pero perfectamente legible.
Sofía la leyó esa tarde, sentada en el sillón de la trastienda de la librería mientras Clara atendía a los últimos clientes. Afuera empezaba a llover con esa lluvia fina y persistente del Atlántico que no hace ruido pero que a las dos horas te ha calado hasta los huesos.
La historia de Aurelio Fuentes ocupaba seis páginas escritas con el estilo de la crónica local que mezcla el rigor del periodismo con la libertad narrativa del que escribe para lectores que ya conocen el contexto.
Solo faltaba él.
Y en el cuaderno de servicio, abierto sobre la mesa, había una frase sola en la última entrada:
«La puerta está debajo.»
Sofía releyó la frase tres veces. Luego levantó la vista y miró el techo, dejando que las piezas se asentaran.
«La puerta está debajo.»
—Clara —llamó.
La librera apareció en el umbral.
—¿Qué crees que quiso decir con eso? ¿Con la puerta?
Clara entró y se sentó frente a Sofía con la expresión de quien lleva tiempo pensando en algo.
—Hay una frase que nadie ha sabido interpretar bien en treinta y cinco años.
Puede ser una nota técnica sobre algún acceso al edificio que había descubierto.
O puede referirse a algo bajo el agua. Hay quien dice que Fuentes había estado buceando solo en el área del promontorio en los meses previos.
—Hizo una pausa—. Lo que nadie supo nunca es qué había encontrado. Desapareció antes de poder contarlo.
La grabación de Fuentes era una pieza más en el mosaico, pero una pieza importante.
No porque confirmara lo que ya sospechaban: eso ya lo confirmaban el plano de Marcos Valero, las huellas en el barro, el candado cambiado.
Era importante porque daba voz a Fuentes.
Porque convertía al farero desaparecido de 1988 de un nombre en un expediente en alguien que había pensado, que había sentido urgencia, que había tomado decisiones con información incompleta en una situación que no podía haber previsto.
«Alguien lo sabía. Alguien lleva siglos sabiéndolo.» Las palabras de Fuentes tenían el peso de quien ha llegado a una conclusión que no quería llegar pero que no puede ignorar. Sofía las había escuchado dos veces y todavía las tenía en la cabeza, como una canción que se queda sin que uno lo quiera.
—Hay algo más en la crónica que creo que deberías leer —dijo Clara, volviendo con el cuadernillo—. Una nota al pie de la historia de Fuentes que siempre consideré una exageración del cronista. Ahora no estoy tan segura.
—¿Qué dice?
—Que la semana antes de desaparecer, Fuentes le dijo a alguien en el pueblo —no se especifica quién— que había encontrado la prueba de que Puerto Esperanza no había sido fundado donde estaba por casualidad.
Que el lugar había sido elegido. Por alguien o algo que no era ninguna de las autoridades civiles ni religiosas que los documentos históricos mencionaban.
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