El Faro Donde Nadie Bajó (Saga Puerto Esperanza nº 1) Capítulo 7. Andrés Valero
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Capítulo 7. Andrés Valero

Lo encontró en el café a la mañana siguiente. En un pueblo de tres mil habitantes, los forasteros terminaban en los cuatro o cinco sitios donde la gente se reunía, y el Café Canela era el principal de ellos.

Era un hombre de unos cuarenta años, delgado, con gafas de montura fina que le daban un aspecto de académico que podría ser auténtico o podría ser calculado.

Vestía bien sin ser ostentoso: jersey de lana gruesa, pantalón de pana, botas de cuero con marcas de uso real.

Tenía el cabello oscuro con alguna cana en las sienes.

Lo que más llamó la atención de Sofía fue su forma de mirar: no miraba el menú, no miraba a los otros clientes.

Miraba la arquitectura del local. Las vigas del techo, la distribución de los ventanales, los ángulos donde las paredes se encontraban con el suelo.

Era, efectivamente, la forma de mirar de un arquitecto. O de alguien que quería parecerlo.

Sofía se acercó a tomar su pedido con una atención que iba más allá de lo profesional.

—Un cortado y uno de esos bollos de canela, si me hace el favor —dijo él. El acento era neutro, de alguien que ha vivido en distintos sitios y ha perdido las marcas fonéticas de origen.

—¿Primera vez en Puerto Esperanza?

—Segunda, en realidad. Vine hace muchos años, cuando era pequeño. Con mi padre.

Sofía dejó la taza y el bollo sobre la mesa.

—¿Su padre era de la zona?

El hombre hizo una pausa que duró exactamente el tiempo necesario para dejar de ser una pausa habitual.

—Mi padre conocía este pueblo —dijo al fin, eligiendo las palabras—. Le importaba mucho. Especialmente el faro.

—¿El faro?

—Trabajó aquí durante un tiempo. Hace muchos años. Como técnico de telecomunicaciones.

Sofía procesó esto. Un técnico de telecomunicaciones tendría acceso al edificio, a sus instalaciones, a sus estructuras.

—¿Y usted ha vuelto por trabajo? ¿Por el faro?

Andrés Valero la miró con esa expresión que mezclaba la evaluación con algo que podría ser, si lo interpretaba bien, alivio ante la directness.

—Entre otras razones, sí.

Don Ernesto, desde su rincón, los observaba a los dos con la atención discreta del hombre que lleva setenta y cuatro años aprendiendo a leer a las personas sin que lo noten.

Durante el resto de la mañana, Sofía mantuvo la mirada sobre Andrés Valero con la periférica mientras hacía cafés y limpiaba tazas.

El hombre bebía despacio, tomaba notas en un cuaderno pequeño que sacó del bolsillo interior de su chaqueta, y a veces levantaba la vista y miraba hacia el promontorio por la ventana con una expresión que a Sofía le recordó, sin saber exactamente por qué, a alguien que visita un lugar que guarda una pérdida.

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