Capítulo 6. El inspector no quiere saber
La comisaría de Puerto Esperanza ocupaba la planta baja de un edificio municipal en la plaza central.
Era pequeña, de fachada beige, con una maceta de geranios junto a la entrada que nadie había regado en semanas y un cartel con el horario de atención en tipografía tan pequeña que resultaba de uso decorativo más que informativo.
El Inspector Daniel Rojas levantó la vista de su escritorio cuando Sofía entró. Tenía ese gesto suyo de resignación anticipada que adoptaba cada vez que la veía aparecer por su puerta, como alguien que reconoce el inicio de un proceso que no le va a resultar cómodo pero que tampoco puede evitar.
—Sofía. —No era un saludo. Era una constatación.
Rojas tenía cuarenta y nueve años, el cabello castaño con entradas pronunciadas, y llevaba doce años en Puerto Esperanza. Era competente, meticuloso y fundamentalmente escéptico ante cualquier cosa que no pudiera documentarse en un formulario oficial.
—Inspector. Necesito contarte algo sobre el faro.
Rojas soltó el bolígrafo sobre el escritorio con un cuidado que era en sí mismo una forma de comunicación.
—¿Qué pasa con el faro?
Sofía se sentó sin que nadie se lo pidiera y le explicó todo: el candado cambiado sin registro municipal, las huellas en el barro, las luces vistas por Tomás y otros testigos con patrón repetitivo, el hombre recién llegado que preguntaba por el faro el mismo día de su llegada.
Rojas escuchó con una paciencia que era, en sí misma, una forma de escepticismo.
—Unas huellas cerca de un faro no constituyen ningún delito. Cualquiera puede acercarse al promontorio, es espacio público.
—El candado fue cambiado sin autorización.
—Suponiendo que sea así. ¿Tienes prueba de que el candado que había antes era distinto? ¿Un registro fotográfico?
No la tenía. Y Rojas lo sabía.
—Las luces que describe Tomás Vega podrían tener cien explicaciones. Reflejos. Un barco en el canal. Alguien con una linterna.
—Con un patrón repetitivo de media hora.
—Con un patrón que Tomás creyó percibir a las dos de la mañana. —Rojas depositó el bolígrafo—. Voy a mirar qué dice el registro de mantenimiento del Ayuntamiento. Si hay algo irregular, te lo hago saber.
Era su forma de decir que haría algo para que ella se fuera sin comprometerse a que ese algo fuera urgente.
Sofía se levantó.
—¿Y el hombre de la posada? ¿Andrés Valero?
—Alojarse en una posada y preguntar por los puntos de interés del lugar es lo que hacen los visitantes. Se llama turismo.
Sofía salió a la calle con la certeza de que Rojas no iba a hacer nada. Al menos no todavía. Y también con la certeza de que cuando finalmente lo hiciera, lo haría a su ritmo, que era exactamente lo que en ese momento no podían permitirse.
De camino de vuelta a la comisaría, Sofía hizo una parada en la oficina de turismo. Era un local pequeño en la plaza central que en temporada alta atendía a los visitantes con mapas y folletos y en temporada baja funcionaba principalmente como punto de información para los propios vecinos.
La chica que atendía esa tarde se llamaba Patricia y conocía a Sofía porque venía al café cada mañana antes de abrir.
—Patricia, ¿tenéis información sobre la historia del faro? ¿Algo más detallado que lo del folleto turístico?
Patricia rebuscó en los cajones del mostrador y sacó un díptico.
—Esto es lo que tenemos. La historia oficial.
—Hizo una pausa—. Aunque si quieres más detalle, hay una cosa que no está en los folletos.
El faro de Puerto Esperanza tiene una asociación de amigos.
Gente que se interesa por su historia, que ha intentado que se declare patrimonio local.
La presidenta es doña Carmen Valls, que vive en la calle Alta.
Es mayor pero tiene más información sobre el faro que ningún documento oficial.
—¿Y por qué no está eso en los folletos?
Patricia sonrió con la paciencia de quien explica algo que es obvio para ella.
—Porque doña Carmen tiene noventa y dos años y sus opiniones sobre ciertos temas de la historia local son, digamos, poco convencionales.
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