Capítulo 5. La primera visita al faro
Al día siguiente, Sofía cerró el café más temprano de lo habitual, se puso las botas de agua, y caminó hacia el faro.
No tenía un plan claro. Solo quería ver el lugar con sus propios ojos, en lugar de construirlo a partir de los relatos de otros.
Era una costumbre que tenía desde siempre: antes de sacar conclusiones sobre algo, mirarlo directamente.
El camino al faro salía de la calle del Puerto, subía por el sendero de tierra apisonada que bordeaba los acantilados del lado norte de la bahía, pasaba junto a la caseta del guardacostas que llevaba años sin usarse y llegaba finalmente al promontorio donde el faro se alzaba contra el cielo.
Canela apareció de la nada cuando ella llevaba unos doscientos metros, como era su costumbre en los paseos largos: de repente estaba ahí, caminando a su lado con la misma determinación que si hubiera estado esperándola.
El faro de Puerto Esperanza se alzaba en el extremo norte de la bahía, sobre un promontorio de roca negra que el Atlántico había ido modelando durante siglos.
Era blanco, alto, con la linterna apagada desde que lo habían clausurado en enero.
Las marcas del tiempo eran visibles en la cal: manchas de humedad, algunas grietas en la base, el verde oscuro del musgo en los ángulos norte donde el sol nunca llegaba.
La puerta de acceso principal estaba en el lado sur del edificio, protegida por un pequeño porche de piedra. Sofía se acercó y examinó el candado.
Era nuevo.
No el candado oxidado y pesado que recordaba haber visto meses atrás.
Este era de acero inoxidable, con un mecanismo de cierre moderno, sin rastro de herrumbre ni de intemperie.
Llevaba ahí poco tiempo. Sofía lo sostuvo un momento, estudiando la marca.
Atlas. Buen candado. Caro. Alguien había cambiado el candado recientemente, sin que eso apareciera en ningún registro municipal que ella supiera.
Caminó alrededor de la base del faro. En el lado que daba al mar, parcialmente oculto por un saliente de roca, encontró lo que le detuvo el paso.
Huellas. Huellas de botas en el barro húmedo, de tamaños distintos, que indicaban al menos dos personas. Entrando y saliendo. No más de dos o tres días atrás, a juzgar por la consistencia del barro.
Se agachó para examinarlas más de cerca. Suelas con dibujo de trabajo, no de senderismo ni de ciudad. Alguien acostumbrado a terrenos difíciles, alguien que sabía moverse en exteriores.
Canela se acercó a olfatear las huellas con la seriedad de un profesional. Luego se sentó, levantó la cabeza hacia Sofía, y la miró con esa expresión suya que en los dos años que llevaban juntos ella había aprendido a leer como comentario.
—Sí, ya sé —murmuró Sofía—. Alguien estuvo aquí. Y no era el Ayuntamiento.
Sacó el teléfono y fotografió las huellas desde distintos ángulos.
Luego fotografió el candado nuevo. Luego el acceso lateral que daba a la roca y que podía llegar desde el mar sin ser visto desde el sendero principal.
Mientras guardaba el teléfono, miró el horizonte.
El mar estaba en calma. A lo lejos, la línea de niebla que Don Ernesto había notado esa mañana seguía ahí, tenue, esperando.
De vuelta en el camino, Sofía se detuvo un momento en el punto más alto del sendero, donde el promontorio se veía en toda su extensión y la bahía se extendía al sur hasta el pueblo.
Era uno de esos momentos en que Puerto Esperanza se mostraba desde fuera, y Sofía siempre los aprovechaba: ver el lugar donde vivías desde fuera era una forma de no olvidar que existía antes de que llegaras y existiría después.
El faro en el extremo norte. El muelle con los barcos amarrados formando una línea irregular.
La plaza central con los tejados de teja roja que el sol de octubre hacía brillar.
El café, que desde aquí no se veía pero que Sofía sabía dónde estaba: en la calle del Puerto, en la esquina donde la calle giraba hacia el norte, en el edificio de piedra que había alquilado con todos sus ahorros y que en dos años se había convertido en algo que no había esperado que se convirtiera: en casa.
Canela se sentó a su lado en el punto más alto, mirando también el pueblo desde arriba, y Sofía tuvo uno de esos momentos en que pensaba que el gato entendía más de lo que parecía. No era una idea racional. Pero tampoco era una idea que pudiera descartar completamente.
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