El Faro Donde Nadie Bajó (Saga Puerto Esperanza nº 1) Capítulo 4. Marta y sus sospechas
13%

Capítulo 4. Marta y sus sospechas

Era también, desde el día que el Café Canela abrió sus puertas, la rival afectuosa de Sofía.

No era una rivalidad hostil: era la competencia natural entre dos mujeres con negocios que se solapaban lo justo para mantenerse en guardia.

Ambas vendían bollería. Ambas eran punto de reunión matinal.

Cada una respetaba el territorio de la otra con la precisión de dos países que comparten frontera y han aprendido a coexistir.

La forma habitual de hacer las paces después de cualquier fricción, real o imaginaria, era que Marta apareciera en el café con una bandeja de algo.

Ensaimadas si el asunto era menor. Croissants de mantequilla si había habido palabras.

Pastel de manzana en las ocasiones de verdadera importancia diplomática.

Esa tarde apareció con ensaimadas, lo cual situaba el asunto en categoría menor pero no insignificante.

—¿Has visto al hombre que llegó ayer? —preguntó, dejando las ensaimadas sobre el mostrador con más fuerza de la necesaria.

—¿Qué hombre?

—Uno que se instaló en la Posada del Mar. Llegó solo, con una maleta grande y un maletín de cuero de trabajo. Lola, la de la posada, dice que preguntó por el faro.

Sofía dejó el trapo sobre el mostrador.

—¿Preguntó por el faro específicamente?

—Específicamente. —Marta se apoyó en la barra—. Le preguntó a Lola si el faro se podía visitar, quién tenía las llaves, cuándo fue la última vez que alguien entró, si había alguien en el pueblo que supiera la historia del edificio. Todo el mismo día que llegó, antes de cenar.

En Puerto Esperanza las noticias viajaban con la velocidad específica de los pueblos pequeños: instantáneamente y con todos los matices.

—¿Sabes cómo se llama?

—Se registró como Andrés Valero. Dijo que era arquitecto. —Marta pronunció la palabra con un tono levemente escéptico—. Pero un arquitecto no pregunta por la historia del edificio antes de cenar el día que llega. Eso lo hace alguien que viene buscando algo concreto.

—¿Y Lola qué le contó?

—Lo que sabe todo el mundo. Que el faro lleva cerrado desde enero.

Que el último farero fue Montoya, que vive en Gijón.

Que antes de Montoya, hace muchos años, hubo uno que desapareció.

—Marta la miró significativamente—. Lola me dijo que cuando mencionó lo de la desaparición, el hombre se puso muy atento.

Como si eso fuera exactamente lo que había venido a buscar.

Sofía repitió el nombre mentalmente. Andrés Valero. Arquitecto. Con preguntas sobre el faro y mucho interés en una desaparición de treinta y cinco años atrás.

—Si lo vuelves a ver, ¿me avisas? —dijo Sofía.

Marta cogió una ensaimada de la bandeja con la satisfacción de quien ha cumplido su misión.

—Para eso he venido —dijo.

Marta se quedó un momento más de lo necesario después de dejar las ensaimadas, mirando por la ventana hacia el promontorio con esa expresión particular que tenía cuando pensaba en algo que no quería decir directamente.

—¿Qué más? —preguntó Sofía, que conocía esa expresión.

—Nada. Solo que... —Marta dudó—. Fermín dice que el hombre de la posada estuvo esta mañana en la ferretería. Compró una linterna pequeña, de las de bolsillo, y una cuerda fina. Y preguntó si había alguna empresa local que alquilara equipo de buceo.

—¿Equipo de buceo?

—Eso dijo Fermín. —Marta recogió la bandeja vacía—. No hay ninguna empresa de alquiler de buceo en el pueblo, como sabes. La más cercana está en la ciudad. Así que o ya lo sabe y estaba tanteando, o realmente no sabe nada del pueblo.

Sofía pensó en el plano que supuestamente tenía Andrés Valero. En el conducto que llegaba hasta la ensenada norte. En el «acceso submarino desde coordenadas N».

Un hombre que pregunta por equipo de buceo el mismo día que llega a un pueblo cuyo faro fue el escenario de la desaparición de un farero que buceaba en esa zona.

No era casualidad.

✦