El Faro Donde Nadie Bajó (Saga Puerto Esperanza nº 1) Capítulo 3. Clara y los libros que saben
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Capítulo 3. Clara y los libros que saben

Era, sin ninguna duda, la mejor librería en un radio de cuarenta kilómetros.

Lo que la hacía mejor no era el tamaño sino la selección, que reflejaba el criterio de Clara con la misma exactitud con que un mapa refleja el territorio.

Si Clara Morales había elegido un libro para sus estanterías, valía la pena leerlo.

El sol de la tarde entraba oblicuo por el ventanal de la fachada sur y doraba los lomos de los libros con esa luz particular que Sofía asociaba ya para siempre con el olor a papel viejo y a café, porque Clara siempre tenía una cafetera encendida en la trastienda.

Clara Morales tenía treinta y ocho años, el cabello oscuro recogido con un clip que invariablemente cedía a lo largo del día y que ella recolocaba con un gesto automático sin apartar los ojos de lo que leía, y una memoria para los libros que Sofía consideraba casi sobrenatural.

Si le decías el nombre de cualquier habitante del pueblo, Clara podía decirte qué había leído en los últimos cinco años, qué le había gustado y qué no, y qué le recomendaría a continuación.

Sofía entró después de cerrar el café a mediodía. Canela la había seguido hasta la puerta y se había quedado fuera, sentado en el escalón de piedra, vigilando la calle con expresión de propietario que tolera la actividad de los vecinos pero no la considera digna de su participación.

—Clara, ¿sabes algo sobre la historia del faro?

La librera cerró el catálogo que estaba revisando. Cuando Sofía hacía preguntas directas sin preámbulo era porque algo estaba ocurriendo y Clara había aprendido a leer esa señal.

—¿Por qué lo preguntas?

Sofía le contó lo que le había dicho Tomás: las luces de la madrugada, el patrón repetitivo, los testigos del muelle. Clara escuchó en silencio, con esa capacidad suya de absorber información sin interrumpir, sin expresar reacción hasta haber procesado el conjunto.

—El faro de Puerto Esperanza tiene historia —dijo Clara al fin, apoyando los codos en el mostrador—. Bastante historia. Antes de que lo automatizaran, en los años ochenta, desapareció un farero. Nunca apareció. El caso quedó abierto durante años y luego se archivó por falta de novedades.

—¿Desapareció cómo?

—De verdad. Un día estaba en el faro haciendo su turno y al día siguiente no. Sus cosas seguían ahí. Su dinero, sus documentos. No había señales de violencia ni de que hubiera preparado ninguna marcha. Simplemente dejó de estar.

—¿Cómo se llamaba?

—Aurelio Fuentes. Era de Asturias originalmente, pero llevaba quince años destinado aquí cuando desapareció.

En 1988. Era un hombre reservado, metódico.

Lo que decían de él los del pueblo es que era cumplidor y poco dado a la conversación.

Pero la última semana antes de su desaparición estuvo muy agitado.

Venía al pueblo más de lo habitual. Hacía preguntas sobre la historia del promontorio.

—¿Preguntas como cuáles?

—Sobre los cimientos del faro. Sobre si había estructuras más antiguas debajo. Sobre quién había construido el primer faro en ese promontorio y cuándo.

Sofía sintió un pequeño escalofrío que no supo explicar de inmediato.

—¿Y antes de desaparecer? ¿Qué más se sabía de él?

—Que hablaba de señales. Que llegaban del mar. Que llevaba semanas escuchando algo que los demás no oían.

—¿Tienes algo escrito sobre eso?

Clara sonrió con la satisfacción de alguien que sabe exactamente dónde está cada cosa.

—Tengo la crónica local del noventa y dos.

Un cuadernillo del Ateneo Cultural, con una sección sobre eventos sin resolver de la historia del pueblo.

El caso Fuentes ocupa seis páginas. —Hizo una pausa—.

Y tengo algo más. Algo que encontré en una caja de donaciones el año pasado y que nunca he terminado de descifrar porque el sistema de escritura no es nada que yo haya visto antes.

—¿Qué tipo de cosa?

—Folios con símbolos. Parecen anotaciones técnicas de algún tipo, pero el código... —Clara negó con la cabeza—. Los tengo guardados porque no me parecía correcto tirarlos. Si quieres verlos, son tuyos.

Clara tardó unos minutos en encontrar la crónica.

No porque no supiera dónde estaba: porque encontrar algo en la trastienda de la librería de Clara Morales requería que Clara misma hiciera la búsqueda, ya que el sistema de organización que ella había desarrollado a lo largo de los años era completamente funcional para ella e incomprensible para cualquier otra persona.

Mientras Clara buscaba, Sofía examinó los folios con símbolos que la librera había mencionado.

Eran cuatro páginas de papel corriente de impresora, llenas de anotaciones a mano en tinta azul.

Los símbolos no eran letras del alfabeto latino ni de ningún alfabeto que Sofía reconociera.

Tenían un aspecto parcialmente matemático: muchos de ellos eran variaciones sobre formas geométricas simples combinadas con líneas y puntos en posiciones específicas.

Pero la organización no era la de una ecuación ni la de una fórmula química.

Era más parecida a la de un texto: grupos de símbolos separados por espacios, líneas que terminaban y continuaban con una lógica que sugería estructura narrativa o instructiva.

Quien había escrito esto no estaba garabateando. Estaba registrando algo. Algo que para él o ella tenía un significado preciso y que había considerado importante preservar.

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