Capítulo 2. Los rumores del puerto
Tomás Vega entró al café a las nueve menos diez, antes de lo habitual, oliendo a mar y a tabaco con las botas todavía húmedas del muelle. Traía el periódico bajo el brazo y la expresión de alguien que guarda algo y no sabe exactamente si contarlo o esperar a que le pregunten.
Era pescador desde los dieciséis años, como lo había sido su padre y su abuelo antes que él, y conocía Puerto Esperanza mejor que nadie: sus corrientes, sus mareas, sus fondos, sus temporadas.
Pero también sus rumores, sus silencios, sus secretos de pueblo pequeño que se guardaban en las conversaciones del muelle antes de que amaneciera, cuando los hombres preparaban los aparejos y hablaban sin que nadie que no fuera de ahí pudiera escuchar.
Tenía cuarenta y dos años y el aspecto de alguien que ha pasado la mayor parte de su vida en exteriores: la piel curtida, las manos grandes, una forma de ocupar el espacio que era firme sin ser intimidante.
Era amigo de Sofía desde el primer mes, cuando había entrado al café nuevo con la excusa de probar el café y se había quedado a hablar durante una hora sobre las mareas de la bahía.
Se sentó en la barra, en el tercer taburete empezando por la izquierda, que era su sitio con la misma naturalidad con que el rincón era el sitio de Don Ernesto.
Sofía llenó su taza sin preguntar. Tomás siempre pedía café negro, sin azúcar, doble.
—¿Has oído lo del faro? —preguntó él, dejando el periódico sobre la barra sin abrirlo.
Sofía levantó la vista de la cafetera.
—Don Ernesto me dijo algo esta mañana. Que había niebla rara.
—No es solo niebla. —Tomás bajó la voz aunque en ese momento el café estaba vacío—.
Anoche hubo luces. En el faro. Luces que no deberían estar ahí.
El faro lleva cerrado desde enero, cuando jubilaron al viejo Montoya.
La linterna está apagada por orden de Costas.
No hay personal, no hay mantenimiento activo.
No debería haber ninguna luz ahí dentro a las dos de la mañana.
Sofía apoyó los codos en el mostrador. Tenía esa costumbre cuando algo le despertaba la curiosidad genuina: inclinarse ligeramente hacia adelante, estrechar los ojos, como si quisiera ver mejor lo que no era visible.
—¿Las viste tú?
—Yo y otros tres del puerto. Estábamos preparando los aparejos para la faena de esta mañana. —Tomás envolvió la taza con las dos manos—. No era una linterna. No era alguien que hubiera entrado con una lámpara. Las luces seguían un patrón. Como señales.
—¿Un patrón cómo?
—Repetitivo. Tres destellos, pausa, uno, pausa, tres. Se repitió durante media hora. Igual, sin variación. —Tomás sacudió la cabeza—. Lo grabé con el móvil pero no sale bien. Demasiada distancia.
—¿Quizás alguien entró? ¿Turistas, chavales que se colaron?
Tomás la miró con esa expresión suya de paciencia levemente exasperada.
—Los chavales no hacen señales en código a las dos de la mañana, Sofía.
Ella concedió el punto con un gesto.
—¿Le has dicho algo al inspector Rojas?
Tomás resopló. Era un resoplido específico, el que reservaba para las sugerencias bien intencionadas pero fundamentalmente inútiles.
—Rojas me diría que me dejara de tonterías, que apuntara el nombre de los barcos que habían entrado al canal esa noche y me fuera a pescar. Ya lo conoces.
Sofía lo conocía, sí. El Inspector Daniel Rojas llevaba doce años en la comisaría de Puerto Esperanza y era un hombre de partes escritos, de causas comprobadas, de evidencias que se podían presentar ante un juez.
No era del tipo que investigaba luces en faros cerrados a partir del testimonio de un pescador madrugador.
—¿Y qué piensas tú? —preguntó Sofía, llenando de nuevo la taza de Tomás aunque todavía estaba a la mitad.
Tomás miró el café un momento.
—Pienso que alguien está usando el faro para algo. Y que ese alguien no quiere que nadie sepa que lo usa. —Levantó los ojos—. Y pienso que tú vas a ir a ver.
Sofía no respondió. Pero los dos sabían que Tomás tenía razón.
Sofía limpió el mostrador mientras Tomás bebía su segundo café en silencio.
Había algo en la forma en que lo había dicho, «tú vas a ir a ver», que la incomodaba levemente.
No porque fuera incorrecto, sino porque era exactamente correcto, y la exactitud de Tomás para leer lo que ella iba a hacer antes de que ella misma lo decidiera era uno de esos rasgos de los amigos de verdad que resultaban a la vez reconfortantes e irritantes.
—¿Y si te acompaño? —dijo Tomás, como si hubiera estado esperando el momento adecuado para la pregunta.
—Esta tarde —dijo Sofía—. Después de cerrar. Quiero ir de día, con luz, sin que parezca que estamos haciendo algo que no debemos.
—Que no estamos haciendo nada que no debamos.
—Ya. Pero en este pueblo la diferencia entre lo que es y lo que parece importa casi igual.
Tomás concedió el punto con un gesto.
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