El Faro Donde Nadie Bajó (Saga Puerto Esperanza nº 1) Capítulo 1. El aroma que no miente
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El Faro Donde Nadie Bajó (Saga Puerto Esperanza nº 1)

El Faro Donde Nadie Bajó (Saga Puerto Esperanza nº 1)

Por Daniel Enrique Chicote

© inepub.com

Capítulo 1. El aroma que no miente

El Café Canela olía a canela, como siempre.

Sofía Rivera colocó las últimas tazas en la vitrina y contempló la luz del amanecer entrando por los ventanales de madera, esa luz color miel que los primeros días de octubre tenía en Puerto Esperanza y que ella todavía, después de dos años, no había conseguido dar por sentada.

Cada mañana era una pequeña sorpresa. Cada mañana confirmaba algo que no siempre sabía poner en palabras.

—Canela, bájate de ahí —le dijo al gato naranja que se había instalado sobre el mostrador con la misma indiferencia de siempre, como si el mostrador fuera suyo por derecho ancestral y la pregunta de Sofía una mera formalidad.

El animal la miró con sus ojos color miel —curioso que sus ojos y la luz de octubre fueran del mismo tono exacto, como si el pueblo hubiera decidido coordinar sus colores— evaluó la orden durante un segundo medido con la parsimonia de quien tiene todo el tiempo del mundo, y decidió ignorarla.

Se recolocó ligeramente, encogió las patas delanteras con elegancia, y volvió a fijar la mirada en la calle vacía.

Sofía sonrió. No era la primera vez que perdía esa discusión y no sería la última.

Con Canela había aprendido algo importante en los dos años que llevaban compartiendo el local: había batallas que no valía la pena librar.

El gato tenía su propia jerarquía de prioridades, completamente inamovible, y el mostrador ocupaba un lugar privilegiado en ella.

Igual que la silla junto a la ventana sur, el rincón de la trastienda donde llegaba el sol a las tres de la tarde, y la cesta de la ropa limpia que Sofía había intentado esconder en tres ubicaciones distintas sin éxito.

Se dijo que podría haber cosas peores que compartir un café con un gato con criterio.

Así eran las mañanas en Puerto Esperanza: lentas, cálidas, predecibles en el mejor sentido de la palabra.

Sofía había tardado en aprender a valorar esa predictibilidad.

En su vida anterior, en Madrid, la imprevisibilidad era una virtud que ella misma cultivaba, una señal de vitalidad.

Ahora entendía que la predictibilidad podía ser otra cosa: la forma en que los lugares que te quieren bien te reciben cada día con las mismas cosas en el mismo sitio. Como una promesa renovada.

Encendió la gran cafetera de latón que había comprado de segunda mano en un anticuario de Santander y que hacía un ruido particular al calentarse, un murmullo gutural que Sofía había incorporado al repertorio de sonidos matinales del café sin darse cuenta.

Acomodó los bollos de canela que había horneado antes del alba —esa era su rutina, madrugar para hornear, el olor a masa y especias mezclándose con el frío de la cocina mientras el pueblo dormía— y dispuso las sillas con ese gesto automático que ya no requería pensamiento.

Mesa del rincón. Mesa junto a la barra. Las tres del centro.

La mesa larga del fondo para los grupos.

Todo en su sitio. Todo esperando.

Esperó al primer cliente del día, que siempre era Don Ernesto.

Don Ernesto Cañaveral llegó puntual a las siete y cuarto, como llevaba haciendo desde el primer mes que Sofía abrió el café, cuando él se había presentado con la formalidad discreta de alguien que establece un contrato tácito.

Se sentó en su mesa de siempre, la del rincón junto a la ventana que daba al promontorio, con esa lentitud digna de hombre que sabe exactamente adónde va y no tiene ningún motivo para apresurarse.

Tenía setenta y cuatro años, el cabello blanco bien peinado hacia atrás, y los ojos pequeños y vivos de quien ha aprendido a ver lo que los demás no miran.

Pidió su cortado sin que nadie se lo preguntara. Eso también era parte del contrato.

Sofía lo preparó con el automatismo del ritual y lo dejó frente a él.

Don Ernesto lo recibió con un gesto mínimo de agradecimiento y durante un momento los dos miraron el exterior en silencio, que era otra de las cosas que Sofía había aprendido a valorar: que en Puerto Esperanza el silencio entre personas no era incómodo.

Era simplemente el intervalo entre las palabras.

—Hay niebla en el faro —dijo el viejo al fin, sin apartar la vista del horizonte.

Sofía miró hacia el promontorio. El faro de Puerto Esperanza se alzaba en el extremo norte de la bahía, blanco y quieto, y efectivamente había una niebla que lo rodeaba en la base, distinta de la niebla marina habitual. Más densa. Más quieta.

—Siempre hay niebla en el faro por las mañanas —respondió ella con tono ligero, mientras recogía el trapo del mostrador.

Don Ernesto no respondió inmediatamente. Bebió su cortado, se limpió el bigote con el pañuelo de tela que siempre llevaba en el bolsillo superior de la chaqueta, y volvió a mirar el faro.

—No —dijo al fin—. Esta niebla es distinta.

Sofía no le dio mayor importancia en ese momento.

Don Ernesto tenía setenta y cuatro años y una larga historia de frases crípticas que luego no significaban nada.

O a veces sí. Ese era el problema con Don Ernesto: nunca se sabía del todo.

Pero la frase le quedó dando vueltas durante toda la mañana, entre cliente y cliente, entre café y café, mientras el pueblo se iba despertando al ritmo de siempre.

Mientras preparaba el segundo lote de bollos antes de que llegaran los clientes de media mañana, Sofía pensó en lo que Don Ernesto había dicho.

No era la primera vez que el viejo hacía una observación sobre el faro.

Vivía en este pueblo desde que nació, hacía setenta y cuatro años, y había aprendido a leer sus estados de ánimo, sus nieblas, sus silencios, con la misma naturalidad con que los pescadores leían el tiempo.

Si Don Ernesto decía que la niebla era distinta, quizás valía la pena prestar atención.

La mañana fue tranquila, como lo eran casi todas en octubre, cuando los turistas de verano habían desaparecido y el pueblo volvía a ser el pueblo.

Llegaron los habituales: Fermín el de la ferretería, que tomaba un café y leía el periódico durante veinte minutos antes de abrir el local.

Las hermanas Calvo, que llegaban juntas y pedían siempre lo mismo y se iban siempre a la misma hora.

La señora Pons, que era de Bilbao y llevaba cinco años viviendo en el pueblo y que Sofía todavía clasificaba mentalmente como «de fuera» aunque ya no lo era.

Y en medio de todo eso, entre un café y otro, entre una conversación y la siguiente, el faro. Siempre el faro, quieto en el promontorio, con esa niebla distinta que el viejo Ernesto había señalado y que Sofía, cada vez que levantaba la vista hacia el norte, encontraba ahí, esperando.

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