El Faro del Diablo CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

Vera

Madrid me espera. Es lo que tiene Madrid: espera siempre y no pregunta dónde estuviste.

El piso de Chamberí, los clientes aplazados, mi vida entera en pausa desde octubre.

Inés dice que después de este caso puedo triplicar tarifas; Patricia dice que después de este caso necesito un psicólogo y un perro, por ese orden.

Las dos tienen razón. Hago la maleta un domingo por la tarde, en la habitación de El Faro que dejó de ser una celda hace tiempo y no sé exactamente cuándo, y Darío me observa desde el quicio de la puerta con los brazos cruzados, sin ayudarme, porque ayudarme sería darle realidad a la maleta.

—Te llevo a Santiago —dice al fin.

—Couso me lleva. Tú tienes a los del patrimonio a las cinco.

—Que esperen.

—Darío.

—Vera.

Doblamos un silencio entre los dos, como una sábana.

Esto no lo hemos hablado. Hemos hablado de sumarios, de placas, de su padre, de mi hermano; hemos dormido abrazados como náufragos todas las noches desde el faro; y no hemos hablado de esto, porque los dos sabemos hacer auditorías y ninguno quiere abrir este libro.

Lo abre él. Cruza la habitación, me quita el jersey de las manos, lo deja en la cama, y me mira desde esa quietud suya de agua profunda que ya no me da miedo y todavía me da vértigo.

—Hazme la cuenta —dice—. La de verdad. ¿Qué hay en Madrid?

—Mi trabajo. Mi casa. Mi vida.

—Tu trabajo cabe en ese portátil y lo sabes: la mitad de tus clientes no te han visto la cara en dos años.

Tu casa lleva cinco meses criando polvo.

Y tu vida... —se le va la voz un grado más abajo— tu vida, Vera, dime dónde estaba tu vida la última vez que la sentiste entera.

Dime que fue en Chamberí y te llevo yo mismo al tren.

Maldito sea. Esto es lo que pasa por enamorarte de alguien que también sabe leer balances.

—No pienso ser la señora del pazo —digo—. Te lo aviso. No voy a llevar las cuentas de tus conserveras, no voy a sonreír en tus cenas, y no voy a pedirte permiso para coger un avión.

—Dios me libre. —Le tiembla la boca de no sonreír—.

La señora del pazo es mi tía abuela Remedios y el puesto está más que cubierto.

Yo te estoy hablando de otra cosa. —Saca del bolsillo un papel doblado y me lo da.

Es un contrato de arrendamiento, a mi nombre, de una oficina en Vigo, calle del Príncipe, sesenta metros, primera planta—.

La firma está sin poner. Es lo único de esta historia que vas a firmar tú o no firmará nadie.

Castaño Forense , o como quieras llamarlo.

Galicia entera está llena de rías con empresas demasiado limpias, y acaba de quedarse libre la mejor auditora que ha pisado esta costa.

Yo seré, con suerte, tu peor cliente: la primera auditoría externa anual de mi grupo lleva tu nombre en el pliego, si lo quieres.

A precio de mercado. Sin descuentos por dormir con el presidente.

Me río. Me río de verdad, por primera vez en meses, con la carcajada de antes de octubre, y él se la queda mirando como quien ve encenderse una luz que daba por fundida.

—¿Y si te audito y encuentro algo? —pregunto.

—Entonces habrás hecho tu trabajo. —Me coge la cara con las dos manos, como en lo alto de la escala, como en el despacho, como siempre—.

Vera. Te quiero con datos. Llevo la serie histórica completa: te quiero desde que me preguntaste dónde estaba la noche de tu hermano sin temblarte la voz. Solo me falta tu firma.

—Eso es lo menos romántico que me han dicho nunca.

—Mentira.

—Es lo más romántico que me han dicho nunca.

—Lo sé. —Y me besa, y la maleta se queda sin hacer una semana más, y luego otra, y la oficina de la calle del Príncipe abre en marzo con una placa pequeña que pagué yo, de mi bolsillo, porque hay cosas que una Castaño no deja que le regalen.

A Madrid voy una vez al mes. Madrid, ya lo dije, espera siempre.

Y no pregunta.