CAPÍTULO 22
Darío
A mi padre le dan el alta un viernes de lluvia, y se empeña en volver del hospital por la carretera de la costa.
—Para —dice en la curva. No hace falta preguntar cuál.
Aparco donde aparqué con Vera. Mi padre baja solo, rechazando mi brazo con un gesto de toda la vida, y se queda de pie junto al pretil nuevo, bajo la lluvia fina, con la mano del Parkinson temblándole contra el muslo, mirando las rocas de abajo.
Seis años sin venir. Seis años dando rodeos por la carretera de dentro, los dos, sin decírnoslo.
—Tu hermano me llamó aquella noche —dice de pronto—. Antes que a ti. A las once y cinco.
El mundo se me queda quieto.
—No lo cogí —sigue, sin mirarme—. Estaba enfadado con él por lo de los portugueses, una tontería de tarifas.
Pensé: que espere a mañana, que aprenda.
—La lluvia le moja la cara y no se la seca—.
Toda la vida creí que el remordimiento era cosa de débiles.
Luego te llega uno de verdad y descubres que es lo único que no envejece. Cada año muerde igual.
—Papá. —Es la primera vez en seis años que lo llamo así, papá y no padre—. Yo tampoco lo cogí. Once y cuarto.
Mi padre se vuelve. Me mira mucho rato, con la lluvia entre los dos, y luego hace una cosa que no hacía desde antes de los muertos: me pone la mano buena en la nuca, como cuando era crío y volvía de pelearme en el muelle, y me la deja ahí.
—Entonces ya somos dos los que no cogimos el teléfono —dice—. Y uno solo el que apretó la tecla. Repártete la culpa como un hombre, hijo: la tuya justa, ni un gramo de la de él.
No lloramos. En esta familia no se llora; se mira la ría hasta que se pasa. La miramos un buen rato.
Lo del testamento se lo conté en el hospital, que ya lo sabía: fue suya la frase que le mandé a Couso letra por letra.
Lo que no le conté hasta esta semana fue el final de la noche entera, el paso que dio su hermano, la barandilla que no llegó a romperse.
Lo escuchó con los ojos cerrados y dijo una sola cosa: «Cincuenta años sentados a la misma mesa y nos vamos a quedar sin saber si alguna palabra a tiempo lo paraba.
Esa es la condena, Darío. La mía. Tú no la heredes».
Heredé otras cosas. La presidencia formal del grupo, con mi padre de emérito y la mitad de los consejeros nuevos.
Una auditoría externa completa, voluntaria, que ha hecho aullar a tres generaciones de muertos: lo que no resista la luz, se cierra o se vende.
Las conserveras resisten; la flota resiste; de lo otro, de lo que entraba por la ría sin pasar por las latas, me he bajado entero, y eso me ha costado dos conversaciones a oscuras con gente de Oporto a la que no le gustan las jubilaciones ajenas.
Couso ahora me acompaña a todas partes. Dice que es por las costillas, que ya no está para sustos. Miente: es por mí.
Y el faro.
El faro lo estamos restaurando con los del patrimonio marítimo, piedra a piedra, peldaño a peldaño —noventa y dos tiene la escala, ochenta y uno la escalera; los he vuelto a contar—, y mi padre ha dado una sola instrucción, innegociable, por escrito y ante notario, que es como esta familia aprende por fin a decir las cosas:
La luz se enciende todas las noches. A perpetuidad. Y en la puerta, una placa.
La placa llegó el martes. Es pequeña, de bronce, sin escudos. La fundió un taller de Vigo y la pagó el viejo de su bolsillo, no del de la empresa, que me consta porque me enseñó el recibo como quien enseña una confesión.
Dice: * A los que hacen las cuentas de los demás. M.C.R. 1993–2025. La luz guarda el resto. *