El Faro del Diablo CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Vera

El mar devolvió a Baltasar Lobeira dos días después, en la pleamar de la mañana, a trescientos metros del espigón donde había hecho cronometrar a mi hermano.

La ría es así, me dijo Couso: se cobra y liquida, pero no se queda con nada que no sea suyo. Lo dijo sin saña, como se dicen aquí las cosas del agua, y luego se puso su chaquetón y bajó al puerto a estar presente, porque en Punta Niebla hasta a los diablos los espera alguien en la lonja.

Las semanas siguientes son de fluorescentes y declaraciones.

El juzgado de Ribeira se queda pequeño y el caso sube a la Audiencia; la UDEF se instala en la naviera con sus maletines grises, y Anxo, el hombre que apretaba teclas, no para de hablar.

Habla por veinte años de silencios acumulados: el módulo electrónico del coche de Rodrigo, comprado en Portugal con dinero de Relox Inversiones; la noche del espigón, él sujetando y el señor mirando el reloj —me lo leen del sumario con voz neutra de funcionario y yo lo escucho entero, sin bajar los ojos, porque a los muertos se les debe el relato completo—; el pastillero de don Amaro, rellenado los domingos, cuando el servicio libraba.

Marco no sufrió mucho, dice el forense nuevo, el de la Audiencia, que ha repetido la autopsia sobre el papel. Veinte, treinta segundos.

Veinte segundos. Hasta en eso, enano, fuimos simétricos: yo llegué veinte segundos antes una vez, y veinte mil tarde la que importaba.

Patricia baja el primer fin de semana que le deja el traumatólogo, con su chichón convertido en relato épico —«me redujeron dos matones, Vera; bueno, uno; bueno, era la lavandera con un palo de fregona, pero el atestado dice contundente y yo me agarro al atestado»— e Inés, la abogada, con la satisfacción seca de quien ve un sumario bien cosido.

Las llevo al bar del puerto. Esta vez, cuando entro, el murmullo no muere: el camarero me pone el café sin preguntar, con una rosquilla que no he pedido, y la vieja Fina cruza media taberna para cogerme la cara con sus manos de sal.

—Ya está, rapaza —dice—. Ya está.

Y el jueves, porque los jueves eran su día, bajo sola al espigón con la postal de Cádiz.

No traigo flores. A Marco las flores le daban hipo; era de gestos pequeños, de notas bajo la puerta.

Me siento en el noray donde el viejo de las redes remendaba la suya, y le leo a la ría la postal entera, la letra apretada, la contraseña ya la sabes , y cuando termino no la suelto al agua —el agua ya se llevó bastante—, sino que la guardo en el bolsillo interior, junto a la foto del fotomatón, en el sitio del corazón donde los Castaño guardamos lo que importa.

—Lo encontré, enano —le digo al mar—. Llegué. Cuenta los segundos que quieras: llegué.

El viejo de las redes pasa por detrás, camino de su lancha. No se para, no me mira; aquí los pésames se dan de perfil. Pero al pasar deja, sobre el noray de al lado, un percebe enorme, recién cogido, como quien deja una medalla.

En este pueblo, me explicará Darío esa noche, eso es lo más parecido que existe a un abrazo.