CAPÍTULO 20
Darío
—...está quemada. ¡La barandilla, tío! ¡El hierro no aguanta!
Y aquí está la última cuenta de la noche, la que ninguno de los dos puede cuadrar ya: mi tío me mira desde la galería, con la muñeca rota contra el pecho y mil vatios en los ojos, y no me cree.
Cincuenta años sin creernos. No va a empezar ahora.
—Ya —dice. Y sonríe, con esa simpatía de aceite que era su armadura y su celda—. El heredero, preocupado por mí. Qué bien te enseñé, Darío. Esa cara, justo esa, es la que hay que poner.
—Baltasar. —Vera, desde la puerta, con el hierro aún en las manos—. No es teatro. Vimos la galería hace una semana. El fuego se cebó con los anclajes. Por favor.
—«Por favor», dice. —Mi tío retrocede otro paso, y el hierro del balcón gime debajo de él como un animal viejo—.
Cincuenta años en esta familia y nadie me dijo nunca «por favor».
Ha tenido que venir una auditora de Vallecas.
—Apoya la mano buena en la barandilla, deliberadamente, mirándome a los ojos—.
¿Sabes qué es lo único que lamento, sobrino?
Rodrigo no. Rodrigo abrió la carpeta que no debía; gajes.
El contable tampoco; le ofrecí sociedad y eligió ser huérfano de socia.
Lo único que lamento... —y por un momento la luz le da de lleno y veo, debajo del santo de retablo, al chaval de diecisiete años subiendo ochenta y un escalones con un fanal en la mano— .
..es no haber visto la cara de mi hermano cuando despertara y entendiera que llevaba seis años pagándome el sueldo que nunca me puso.
—Está despierto —digo.
Parpadea.
—Despertó esta tarde. Couso me ha escrito desde la UCI. —Doy un paso, despacio, la mano siempre tendida—. Le quitaron la mascarilla a las seis. ¿Sabes qué es lo primero que ha dicho, tío? Me lo ha mandado Couso letra por letra porque no se lo creía ni él.
No quiere preguntar. Lleva cincuenta años no queriendo preguntar. Pregunta:
—¿Qué ha dicho?
—«Decidle a Baltasar que el faro era suyo.
Que se lo iba a poner en el testamento. Que está en el testamento desde el año del incendio de Bens.
» —Trago; esto no es táctica, esto es verdad, y por eso pesa tanto—: Mil novecientos noventa y dos, tío.
Llevas treinta y cuatro años siendo el dueño del faro y nadie te lo dijo, porque en esta familia queremos como vosotros robáis: en silencio y con la fecha cambiada.
El viento. La lámpara zumbando. La ría entera abajo, negra, con las luces del pueblo encendidas y dos coches subiendo ya por la carretera del acantilado, azules, silenciosos todavía.
Mi tío mira el faro. Su faro. Sube los ojos por la torre tiznada hasta la linterna encendida, la primera vez en seis años que su luz barre la ría, y la luz le pasa por la cara una vez, dos veces, como pasaba todas las noches de su juventud, y veo el momento exacto en que la cuenta, su última cuenta, le cuadra.
—Vaya —dice Baltasar Lobeira, suavemente—. Entonces ya está todo en su sitio.
Y suelta la barandilla. Y da el paso él.
No grita en el aire. Eso no me lo quitará nadie de las noches: que no gritó.
El mar de la base, el que mastica, hace un ruido breve, doméstico, y después solo queda el viento, y la lámpara, y Vera agarrándome del brazo con las dos manos, tirando de mí hacia atrás, lejos del hierro quemado, diciendo mi nombre con una voz que no le conocía, contando en voz alta — uno, dos, tres, respira — hasta que su cuenta me encuentra y la sigo.
Abajo, los coches azules llegan a la explanada.
El agente gris sale del primero, mira la torre encendida, mira el balcón, lo entiende todo con esa velocidad suya de hombre que eligió ser olvidable, y no nos grita nada: levanta una mano, despacio, y la deja en alto. Aquí estamos. Bajad cuando podáis.
Nos quedamos un rato más en la sala de la linterna, sentados en el suelo, fuera del barrido de la luz, ella dentro de mis brazos y el disco de su hermano contra el pecho de los dos. El faro gira. La ría aparece y desaparece, aparece y desaparece, cobre y negro, cobre y negro.
—¿Era verdad? —pregunta Vera al fin, ronca—. Lo del testamento.
—Sí.
—¿Y si llega a saberlo a tiempo? ¿Si su padre se lo llega a decir en el ochenta y uno, en el noventa y dos, cualquier domingo de estos cincuenta años?
La luz pasa. La ría aparece. Desaparece.
—Esa es la auditoría que ya no puede hacer nadie —digo—. En mi familia los números siempre cuadraron, Vera. Lo que nunca nos cuadró fueron las palabras.
Me coge la cara con las manos vendadas y me besa despacio, en lo alto de la torre de mi casa, con la luz girando sobre nosotros como giró sobre todos los barcos perdidos de esta costa, y por primera vez en seis años, quizá en cincuenta, el faro de los Lobeira hace su trabajo:
Trae a alguien de vuelta.