El Faro del Diablo CAPÍTULO 19
79%

CAPÍTULO 19

Vera

La sala de la linterna sobrevivió al incendio como sobreviven las cosas de granito: ennegrecida, intacta y rencorosa.

El fuego subió por la escalera, lamió la trampilla y se murió de hambre contra la piedra.

Aquí arriba todo está tiznado pero entero: la gran óptica bajo su funda gris, la mesa plegable, los cristales sucios y, detrás, el último cobre del sol hundiéndose en el Atlántico.

La batería de coche sigue en su rincón, junto al hueco donde estuvo el transmisor.

Y yo llevo un hierro de cuarenta centímetros pegado al antebrazo y el pulso de un colibrí.

—El abrigo, sobrino. —Baltasar, desde la trampilla, sin acercarse a menos de tres metros, que es la distancia de un hombre que ha leído los mismos manuales que la policía—. Despacio. Tírala aquí.

Darío se abre el jersey, saca la pistola que lleva a la espalda con dos dedos, la desliza por el suelo. Baltasar la recoge sin dejar de apuntarle, comprueba el cargador con una sola mano, gesto de quien lo ha hecho antes, y por primera vez en toda la noche se le ilumina la cara de verdad.

—Tu padre te regaló esta pistola cuando firmaste tu primera escritura. Yo estaba. —La sopesa, casi enternecido—. Me ahorras el atrezzo, Darío. La heredera de la familia disparada por el arma del heredero. Hasta los peritos de Madrid lloran con estas cosas.

—Tío. —Darío tiene las manos a la vista, abiertas, la voz baja y plana—. Anxo está cantando desde las cuatro. Rodrigo. El espigón. Las teclas. Hay tres juzgados con las copias y un detenido con nombre y apellidos. Esto ya no se arregla con un retablo.

—Esto no se arregla, sobriño. Esto se cierra .

—Baltasar va hacia la mesa sin perdernos de vista, deja el disco encima, lo alinea con el borde, cada cosa en su sitio—.

Es distinto. A mi edad ya no aspira uno a ganar: aspira a cuadrar.

Toda cuenta se puede cuadrar si estás dispuesto a amortizar lo que haga falta.

—¿Y usted qué amortiza esta noche? —pregunto.

—Todo, señorita Castaño. —Sonríe, y el último sol le entra por los cristales sucios y le hace una cara de santo de retablo, de los que arden bien—. Esa es mi ventaja sobre toda esta familia: yo ya amorticé hace cuarenta y cinco años.

—Una pregunta. —Me muevo medio paso, como quien se abriga, y quedo con la cadera rozando el armario del cuadro eléctrico, el de la pletina suelta, el que conozco mejor que él porque mi hermano me lo dejó en herencia—. Profesional. La noche que llegué a Punta Niebla, el faro se encendió. ¿Fue usted?

Baltasar parpadea, halagado a su pesar. Los hombres que llevan cincuenta años sin público no saben resistirse a la última función.

—Vieja costumbre de farero. —Se encoge de hombros, y por un segundo, solo un segundo, los ojos se le van a la óptica dormida bajo su funda—.

Cuando viene tormenta, se enciende la luz para verla llegar.

Y usted, señorita, era la tormenta más grande que entraba en esta ría desde el ochenta y uno. Quise verla bien.

—Pues mírela.

Hay un interruptor de cuchilla en el cuadro, debajo de la pletina, conectado a la batería por un cable que él mismo peló y empalmó, porque su oficina necesitaba luz y la luz era suya. Lo sé desde hace una semana. Lo he mirado cada noche desde mi ventana sin saber que lo estaba memorizando.

Tiro de la funda de la lámpara con la mano izquierda y bajo la cuchilla con la derecha.

El mundo se vuelve blanco.

No es una bombilla: es una lámpara de señal marítima a un metro y medio de su cara, mil vatios naciendo de golpe en una habitación a oscuras, multiplicados por una óptica de anillos diseñada para que la vean desde Finisterre.

Baltasar grita —un grito corto, animal, de hombre al que le han quitado los ojos— y dispara dos veces hacia donde yo estaba, pero yo ya no estoy: estoy en el suelo, rodando, con el hierro fuera de la manga, y Darío atraviesa la luz como un eclipse.

Chocan contra la mesa. El disco salta. La primera pistola patina por el suelo hacia la trampilla y se traga la oscuridad de la escalera.

Son dos cuerpos en el corazón de un diamante blanco, el viejo y el lobo, y el viejo es fuerte como son fuertes los hombres de mantenimiento, todo tendón y costumbre, y tiene aún la pistola de Darío en la mano derecha y la va girando, grado a grado, hacia el costado de su sobrino.

Le pego con el hierro en la muñeca. Con las dos manos. Con Cádiz, con el tanatorio, con el espigón, con los veinte segundos cronometrados.

El crujido lo oigo por encima del zumbido de la lámpara.

La pistola cae. Baltasar se dobla sobre su muñeca rota sin un grito —los hombres de inventario no gritan dos veces— y retrocede, retrocede contra la puerta de la galería exterior, que el incendio dejó abierta y torcida, y el viento del Atlántico entra y se lleva el olor de su colonia, y él sigue retrocediendo hacia el balcón de hierro con la noche detrás y la luz de su faro en la cara.

—Tío —dice Darío, jadeando, una mano tendida—. Quieto. La barandilla...