El Faro del Diablo CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Darío

El disco pesa doscientos gramos y seis años.

Lo saqué de mi caja fuerte sin encender la luz del despacho, junto con la otra cosa, la que ahora llevo pegada a la columna, bajo el jersey, fría como una deuda.

Conduzco por la carretera del acantilado con el sol desangrándose sobre la ría y hago lo que hacen los hombres de mi casa desde hace cien años cuando van a tratar con el diablo: inventario.

Lo que él tiene: a Vera, una pistola, el terreno, y cincuenta años de paciencia.

Lo que tengo yo: el disco, la verdad, y una sola ventaja que él no contempla, porque su soberbia es de relojero: cree que todos los hombres calculan. Cree que voy a negociar.

No voy a negociar.

Aparco en la explanada. La puerta del almacén está abierta, un rectángulo naranja en el muro negro, y dentro, recortados contra la luz de un camping-gas, los veo: Vera atada a una silla, entera, con los ojos como brasas —viva, furiosa y viva—, y mi tío a su lado, afable, con la pistola colgando de la mano como un guante.

—Las manos donde las vea, sobriño. Y despacio, que las prisas son de pobres.

Entro despacio. El almacén huele a su colonia por encima del quemado, y ese detalle, no sé por qué, es el que me pone el pulso en los oídos: ha estado aquí horas, cómodo, en su casa. Porque es su casa. Siempre fue su casa, y ninguno lo vimos.

—Darío. —Vera, ronca—. Patricia está viva. Anxo...

—Anxo está detenido —digo, mirando a mi tío—. Cantando. Por cierto: la transferencia de las catorce horas no llegó. El banco la congeló en origen. Tu liquidación final, tío, está criando polvo en una cuenta intervenida.

Quiero verle la grieta. No hay grieta. Asiente, profesional, como quien recibe el extracto del trimestre.

—Por eso los buenos planes tienen versión B.

—Señala el disco en mi mano con la barbilla—.

Versión B: el original encima de aquella mesa, sobriño.

Las copias de la abogada ya las discutirán los procuradores durante una década; sin el original y sin vosotros dos, lo que queda es un indicio cojo y un administrador único con ciento catorce firmas.

—Me mira casi con ternura—. Siempre fuiste el heredero, Darío.

Esta noche heredas también la culpa. El embaucador acorralado que mata a su cómplice y se quita de en medio.

En esta ría se han creído historias peores con menos firmas.

—Nadie se va a creer que yo le he hecho daño a ella.

—Se creerán lo que les deje dormir por las noches.

Es lo que hace la gente. —Suspira, y por primera vez levanta la pistola con intención—.

Arriba. Los dos. Estas cosas, para que las crea un forense, hay que hacerlas en el sitio correcto, y el sitio correcto está a ochenta y un escalones.

—Corta las bridas de Vera con una navajita pulcra, sin dejar de apuntarme a mí, que es su segundo error de la noche: el primero fue la silla—.

Usted delante, señorita. Mi sobrino detrás.

Y yo detrás de todos, como toda la vida.

La escalera de caracol está negra, leprosa de incendio, y cruje distinto que hace una semana: ahora cruje a hueco.

Subimos en fila india con la linterna de Baltasar pintándonos las espaldas, y cuento los escalones sin querer, por ella, con ella, y sé que ella también los cuenta porque le veo los labios moverse en la penumbra.

En el cuarenta y uno, Vera tropieza —¿tropieza?—, se agarra a la pared, deja caer algo mínimo que rebota escaleras abajo en la oscuridad. Un tornillo.

El tornillo del reposabrazos. Lleva el hierro del reposabrazos escondido en la manga, pegado al antebrazo. Mi auditora. Mi inventario acaba de mejorar.

—Arriba, arriba —dice Baltasar, paternal—. Que se nos va la luz.

Y tiene razón. Por las troneras, el sol está tocando el agua, y la ría entera es de cobre fundido, y subimos hacia la sala de la linterna como tres figuras de un retablo: la mártir, el reo y el santo falso, ochenta y un escalones hacia el sitio donde mi familia guarda la luz y los muertos.

Noventa y dos, me digo. Hoy los escalones son ochenta y uno, pero el número de la suerte de esta casa es otro.

Hoy bajamos dos.