El Faro del Diablo CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

Vera

Lo primero que se aprende en un secuestro, y lo digo por experiencia reciente, es que el miedo es como el humo: sube. Hay que respirar por debajo de él.

Respira, Vera.

El almacén de la base del faro huele a quemado viejo y a mar.

Me han atado a una silla de oficina con bridas, las muñecas a los reposabrazos, y eso es un error, el primero que les veo: las bridas son firmes pero la silla es de los años noventa, y el reposabrazos izquierdo, lo noto cada vez que cargo el peso, baila en su tornillo como un diente flojo.

Lo segundo que se aprende es que a un hombre que lleva cincuenta años sin que nadie lo escuche no hay que pedirle silencio. Hay que pedirle que hable.

—¿Me va a contar lo del piso franco? —digo—. Por curiosidad profesional. Patricia es desconfiada como un gato y la abogada más.

Baltasar está junto a la puerta, pulcro en medio del hollín, con una pistola pequeña que sostiene sin teatro, como se sostiene un bolígrafo. Le hace gracia la pregunta. A este hombre le hace gracia casi todo; es su manera de masticar el mundo.

—El hombre del periódico en el andén era mío, claro.

Pero la que te encontró fue la lavandera.

—Sonríe ante mi cara—. La vecina del patio de luces, la de las sábanas.

Lleva años cobrándome por mirar. Vigo es mi ciudad, señorita Castaño: la gestoría, el notario, los pisos.

Os movisteis por el tablero creyendo que el tablero era neutral.

—Chasquea la lengua, pedagógico—. El tablero nunca es neutral. El tablero siempre es de alguien.

—¿Patricia?

—Durmiendo la siesta más cara de su vida, con un chichón que contará en las cenas durante años. —Levanta la mano izquierda, conciliador—. Viva, viva. Yo no rompo nada que no haga falta romper. Soy un hombre de mantenimiento. Es mi formación.

Mantenimiento. Doce años de escalones y de lámparas. Ahí está mi puerta, y la empujo despacio:

—Lo sé. He visto el registro de la Autoridad Portuaria. Mil novecientos sesenta y nueve a mil novecientos ochenta y uno. —Y por primera vez desde que me trajeron, Baltasar Lobeira se queda completamente quieto—. Doce años de servicio. Renovado año a año. Su firma era bonita ya entonces.

—Mi firma. —Lo dice bajito. Se acerca, coge una silla quemada, le pasa la mano por el asiento con un pañuelo, se sienta frente a mí como un médico de los de antes—.

¿Sabe lo que era este faro cuando yo lo llevaba?

Era el único sitio de la ría donde mi padre no entraba.

Le daba miedo la escalera, aunque decía que era el reúma.

Ochenta y un escalones que eran míos. La luz era mía.

Los barcos de toda la costa volvían a casa por una cosa que encendía yo.

—Se mira las manos, las vuelve, como comprobando que siguen siendo las suyas—.

Mi hermano heredó las fábricas, los barcos, los hombres, el apellido entero.

Y a mí me dieron la luz. Y yo, imbécil de mí, fui feliz, porque era joven y no sabía todavía que a los Lobeira no se les reparte el reino: se les reparte el trabajo.

—Y en el ochenta y uno automatizaron la señal.

—Vino un ingeniero de Madrid con una caja de relés y me jubiló a los veintinueve años.

—Sonríe; es la primera sonrisa fea que le veo, la de verdad—.

Amaro me lo comunicó en la comida del domingo, entre el pulpo y el postre.

«Una preocupación menos para ti», me dijo.

Una preocupación menos. —Se levanta, se estira el pantalón—.

Tardé treinta y nueve años en cobrarle esa frase.

Pero la cobré con intereses, que para algo soy el contable aficionado de la familia.

—Tres millones.

—Tres millones, una naviera podrida por dentro, un heredero con la firma embarrada y un patriarca criando malvas químicas. —Lo enumera sin saña, como un inventario—. Cada cosa en su sitio.

—Se le olvida una partida. —Lo miro a los ojos, y dejo que me tiemble la voz, porque ya no es teatro—: Dos muertos.

—Tres —corrige, suave, consultando su reloj—.

Pero los dos primeros no me los apunte enteros a mí, señorita Castaño.

Rodrigo encontró Madeira y llamó a su hermano en vez de llamarme a mí; mala suerte de cobertura, la de esa curva.

Y su Marco... —por un instante, algo casi humano le pasa por la cara, y es peor que todo lo demás— su Marco me caía bien, ¿sabe?

Me recordaba a mí: el que hace los números de los que se llevan la gloria.

Le ofrecí la mitad. Le ofrecí la mitad, en este mismo almacén, como un caballero. ¿Y sabe lo que me dijo?

No quiero saberlo. Necesito saberlo.

—¿Qué le dijo?

—Que él ya tenía socia. —Baltasar se encoge de hombros, y guarda el reloj—. Veinte segundos, tardó en decírmelo. Lo cronometré.

El reposabrazos izquierdo cede un milímetro bajo mi muñeca. Fuera, el sol está bajando hacia el mar; la luz que entra por la puerta quemada se vuelve naranja, luego cobre.

Y en la carretera del acantilado, todavía lejos, un motor.

—Ahí está mi sobrino. —Baltasar se levanta, se abotona la chaqueta, recupera su cara de domingo—. Puntual. Eso lo ha sacado de mi lado de la familia.