El Faro del Diablo CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Darío

Las oficinas de la naviera, un jueves a las dos de la tarde, son un acuario vacío: mamparas, pantallas dormidas, el zumbido del aire acondicionado y el reflejo del muelle en los cristales.

Estoy en la sala de juntas del fondo, a oscuras, con un técnico de la empresa de seguridad que me debe la vida de su padre y dos agentes de la UDEF que la abogada de Vera ha traído de Madrid con una orden judicial recién horneada.

En la pantalla del portátil, el técnico tiene abierto el monitor de red: cada terminal de la oficina es un puntito verde dormido.

A la una y cincuenta, el turno entero baja a comer, como cada jueves desde hace treinta años.

Los he visto salir desde la sala de juntas, por la rendija de la persiana: las risas, los cigarros encendiéndose en la puerta, la vida normal de la gente normal, que no sabe que hoy su empresa es una ratonera con el queso puesto.

—¿Y si no viene? —pregunta el técnico, por decir algo. Le sudan las manos sobre el teclado.

—Vendrá —dice el agente mayor, sin apartar los ojos de la pantalla.

Es un hombre gris, de esos que se eligen a propósito para que nadie los recuerde—.

Llevo veintidós años en delitos económicos, hijo.

Los violentos improvisan, los ladrones se asustan, pero los metódicos.

.. los metódicos son los más fáciles de todos.

No pueden evitar ser ellos. Sería como pedirle a un reloj que dé la hora que le apetezca.

13:58. Nada.

14:01. Nada. El aire acondicionado hace su ruido de mar falso, y pienso en Vera en su piso franco de Vigo, mirando un patio de luces, contando minutos como contó escalones.

Noventa y dos. En cuanto esto acabe, la llamo.

En cuanto esto acabe, se acabaron los andenes con lágrimas de teatro: la próxima vez que esa mujer suba a un tren, o no sube, o subo yo con ella.

A las 14:03, el puntito de contabilidad-2 se despierta.

—Sesión iniciada —murmura el técnico—. Certificado digital... validando... —Traga saliva—. Don Darío, es el suyo.

Mi nombre, otra vez, firmando en la oscuridad. La última vez, juro por la curva de mi hermano que es la última.

—Orden de transferencia en preparación —sigue el técnico—. Beneficiario... Horizonte Atlántico SGPS, sucursal... Está moviendo todo el saldo de las espejo, señor. Todo. Liquidación final.

—Que llegue a enviarla —dice el mayor de los agentes, con la calma de los que cazan esto cada mes—. Necesitamos el envío consumado. El banco ya está avisado: el dinero no se mueve ni un metro, pero él no lo sabrá hasta mañana.

14:07. La orden sale. El puntito verde se apaga, educado, sin prisa. Cada cosa en su sitio.

Cruzamos la oficina en silencio de iglesia. La puerta de contabilidad-2 está entornada, y dentro, recogiendo un token USB con sus guantes finos de conducir, con su abrigo de pelo de camello doblado en el respaldo como si hubiera venido a una reunión más, está Anxo.

El chófer de mi tío. Veinte años llevando a Baltasar a notarías, a gestorías, a Vigo, a Oporto. Veinte años de propinas, de silencios, de esperar en el coche.

No se resiste. Los hombres como Anxo no se resisten: hacen números. Mientras el agente le lee sus derechos, me mira con algo que casi parece alivio y dice una sola frase, en gallego, que me deja el suelo blando:

—Yo solo aprieto las teclas que me marcan, Darío. Llevo veinte años apretando teclas. Pregúntale a tu tío quién apretó la del coche de tu hermano.

La sala de juntas, los agentes, el técnico, el acuario entero se queda lejos de golpe. La del coche de tu hermano. El mecánico dijo que los frenos estaban bien. Nadie habló nunca de la dirección, del control electrónico, de las teclas que tiene un coche moderno por dentro.

Seis años. Seis años llamándolo accidente.

Me suena el móvil en el bolsillo. Número oculto. Y aunque hay tres policías delante y un detenido esposado y la tarde más importante de mi vida a medio cerrar, lo sé antes de descolgar, lo sé con el estómago, con la sal, con todo:

—Sobriño. —La voz de mi tío, cordial, tranquila, puntualísima—. Te noto ocupado. Te dejo un recado y cuelgo, que los dos somos hombres de agenda.

El mensaje entra antes de que pueda hablar. Una foto.

Vera, en una silla, en una habitación de paredes de piedra que reconocería con los ojos cerrados porque me he pasado la infancia jugando en ella: el almacén de la base del faro, quemado y negro. Tiene una brecha en la ceja y los ojos abiertos, despiertos, furiosos. Viva. Furiosa y viva.

—El disco, Darío. El de verdad, no las copias de la abogada, que esas ya las pararán los jueces o no, qué le vamos a hacer: a mi edad uno aprende a perder dinero.

—Una pausa, y la voz se le afina hasta el metal—: Pero perder, lo que se dice perder, hoy no pierdo yo solo.

Tráeme el disco al faro. Ven solo. Tienes hasta que se ponga el sol, que la luz, ya lo sabes, la guardo yo.

Clic.

El agente mayor me está mirando, alerta, leyéndome la cara como me la leyó Vera el primer día.

—¿Señor Lobeira? ¿Quién era?

Guardo el móvil. Y oigo mi propia voz, tranquila, ajena, la voz de mi padre, la voz de mi abuelo, la voz de todos los lobos muertos de mi casa:

—Nadie. Cosas del seguro.

Que Dios me perdone lo que voy a hacer. O que no me perdone. A estas alturas, en mi familia, ya solo cuenta llegar a tiempo.

Noventa y dos, Vera. Aguanta. Voy.