El Faro del Diablo CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

Vera

Hay que llorar en el andén. Es lo que haría la Vera derrotada, y además no me cuesta nada: llevo tres semanas de lágrimas atrasadas y por fin les encuentro utilidad.

Darío me deja en la estación de Santiago a las once.

Representamos la despedida para quien quiera mirar —y alguien mira; un hombre con un periódico lleva sin pasar de página desde que llegamos—: él rígido y correcto, yo deshecha y digna, un apretón de manos que se alarga medio segundo de más, justo lo que se alargaría si hubiera habido algo y ya no fuera a haber nada.

De cerca, con la mano en la mía, me dice en voz baja:

—Noventa y dos.

—Noventa y dos —contesto, y me subo al tren.

En Vilagarcía me bajo, cruzo el paso subterráneo con la capucha puesta, y me meto en el asiento trasero de un Seat León gris que huele a tabaco y a perfume caro.

—Ni una palabra —dice Patricia desde el volante, arrancando—. Primero el abrazo, luego te mato.

Ha subido desde Madrid con dos móviles limpios, una abogada penalista que se llama Inés y duerme cuatro horas al día, y la furia organizativa de quien lleva semanas sufriendo por wasap.

El piso franco es suyo, de su familia: un tercero en el casco viejo de Vigo con vistas a un patio de luces y a ninguna parte, que es exactamente la vista que necesito.

Sobre la mesa del salón, Inés ha desplegado la guerra: el disco clonado, las copias certificadas, el informe de GestNor, la denuncia lista para entrar por tres juzgados a la vez en cuanto el pez muerda. Y el último folio, el que Patricia me alarga sin comentarios porque sabe que necesito leerlo yo:

—Lo que pediste. Quién encendía el faro antes que Amaro.

Es un certificado del archivo de la Autoridad Portuaria, amarillento ya en la fotocopia.

El faro de Punta Niebla, de titularidad privada desde 1923, vinculado a la concesión de la familia Lobeira.

Y en el registro de fareros y encargados de señal, entre 1969 y 1981, año de la automatización, un solo nombre, renovado año a año con su firma joven y aplicada:

* LOBEIRA NOVOA, BALTASAR. *

—El padre repartió en vida —dice Patricia, en voz baja—.

Lo hemos sacado del registro y de una entrevista vieja en el Faro de Vigo, fíjate qué nombre de periódico más oportuno.

Al mayor, Amaro, las conserveras, los barcos, el apellido.

Al pequeño, Baltasar... el faro. El cuidado de la luz.

—Hace una pausa—. Doce años subiendo esos escalones cada noche para alumbrarle los barcos a su hermano, Vera.

Doce años. Y cuando automatizaron la señal, ni eso.

Pienso en el viejo escribiendo torcido en el bloc del hospital. Quién encendía el faro antes que yo. No era un delirio. Era la confesión de un hombre que llevaba cincuenta años sin mirar a su hermano pequeño y de pronto, envenenado, lo veía entero.

Pienso en Baltasar en la biblioteca, devolviendo el libro a su hueco exacto sin mirar.

En el transmisor en la sala de la linterna, en su oficina secreta en lo alto de la torre que fue suya, la única cosa que fue suya, convertida en el centro de su venganza de relojero: robarle al imperio del hermano desde la torre del hermano pequeño, tres millones de euros en seis años, ciento catorce campanadas exactas.

—No quemó el faro por las pruebas —digo, y me oigo la voz rara—. Bueno, sí. Pero no solo. Lo quemó porque lo habíamos pisado. Habíamos entrado en su casa.

—Vera. —Inés, la abogada, levanta la vista de los folios, y tiene esa mirada de penalista que ha visto demasiados expedientes para creer en monstruos y demasiados monstruos para dejar de creer en expedientes—.

Esto que acabas de armar, el móvil, lo entenderá un jurado en diez minutos.

Pero te digo lo mismo que le he dicho a tu amiga: los hombres así, cuando se les para el reloj, no se entregan.

Rompen la maquinaria. ¿Me entiendes lo que te digo?

Fuera, en el patio de luces, una vecina tiende sábanas que no se secarán nunca. Miro el móvil: las dos menos cuarto.

En diecisiete minutos se abre la ventana.