CAPÍTULO 14
Darío
Mi tío vuelve de Vigo a las cuatro, con el coche aún caliente de autopista y el dolor ensayado en cada pliegue de la cara.
Lo veo bajar del Mercedes desde la ventana del despacho, y me concedo tres segundos de mirarlo como lo que es —el hombre que firmó con mi nombre sobre la tumba de mi hermano, el que rellenó el pastillero de su propio hermano comprimido a comprimido— antes de bajar a recibirlo como lo que tengo que seguir siendo: el sobrino.
—Darío. —Me abraza en la escalinata. Huele a su colonia de siempre, a coche bueno, a nada—. Dios mío, qué semana. El faro, y ahora Amaro... ¿Cómo está? Dime la verdad.
—Estable. Ha sido el corazón. —Le devuelvo el abrazo, dos palmadas exactas, y me oigo mentir con una facilidad que me da más asco que él—: Los médicos dicen que la medicación se le quedó corta. Años con la misma dosis, ya sabes cómo es: no deja que nadie le toque las pastillas.
—Terco como su padre. —Mueve la cabeza, apenado—. Subiré a verlo mañana a primera hora.
—Está en la UCI. Solo familia directa, y con cuentagotas.
—Yo soy familia directa, sobriño.
—Por supuesto. —Sonrío—. Se lo diré a Couso, que está en la puerta. Ya sabes cómo se pone con las normas.
Algo le pasa por los ojos, un cuarto de segundo, una sombra de cálculo recalculando, y ahí está: el primer error pequeño. El Relojero contaba con la casa vacía de obstáculos y se encuentra un armario de granito sentado delante de la única boca que podría, quizá, decir algo.
Lo intenta esa misma tarde. Me lo cuenta Couso por teléfono, con su economía de siempre:
—Ha venido. Flores, bombones para las enfermeras, media UCI comiendo de su mano en diez minutos.
—Pausa—. Le he dicho que el médico ha ordenado reposo absoluto.
Me ha preguntado qué médico. Le he dicho que yo.
—Otra pausa—. Se ha reído mucho. Me ha puesto la mano en el hombro y me ha dicho: «Couso, hombre, que nos conocemos desde críos.
¿Tú también te crees que soy el lobo del cuento?
». Y yo le he dicho que yo de cuentos no sé, que soy más de inventario: dentro uno, fuera todos.
—¿Y?
—Y se ha ido. Pero Darío... —Couso baja la voz, y a Couso bajándole la voz lo he oído dos veces en mi vida—. Al llegar al ascensor se ha parado, se ha vuelto y me ha mirado. Sin sonrisa. Dos segundos. Te juro por mi madre que prefiero las costillas rotas a esos dos segundos.
—Aguanta ahí. Te mando relevo de confianza esta noche.
—No hace falta.
—Couso.
—Que no hace falta, carallo. —Y antes de colgar, seco, casi avergonzado—: A mí el viejo me sacó del agua en el ochenta y nueve. De esta puerta me mueve el juez o me mueve el mar.
La cena es la función de las buenas. Vera baja con los ojos enrojecidos —no sé cómo lo hace; luego me confesará que se frotó con el jersey de Marco— y apenas toca el plato, y a los postres anuncia, con la voz quebrada en los sitios exactos, que se vuelve a Madrid.
—No puedo más —dice, mirando el mantel—.
El incendio... todo lo de mi hermano estaba en ese faro.
Lo sé. Él me dejó una nota, «la luz guarda el resto», y la luz.
.. —se le rompe la voz, la deja rota un segundo, la recompone con dignidad de viuda— ya no guarda nada.
Se acabó. Quiero enterrar a Marco del todo y volver a mi vida, si me acuerdo de dónde la dejé.
Es magnífica. Si no supiera que el disco duerme en tres nubes cifradas y en una caja fuerte de Vigo, le daría el pésame ahora mismo.
—Querida niña. —Baltasar le cubre la mano con la suya, y a mí se me agarrota la mandíbula de no romperle los dedos uno a uno—.
Es lo más sensato que ha dicho nadie en esta mesa en mucho tiempo.
Esta ría no es sitio para hacer duelo; aquí el mar no deja que nada se cierre.
¿Cuándo te vas? Te llevo yo mismo a Santiago, faltaría más.
—El jueves por la mañana —digo yo—. La llevo yo.
Me coge de camino: a mediodía tengo a los de la aseguradora del faro y por la tarde firmo con los peritos.
Por cierto —añado, hacia mi tío, pasándole la fuente de merluza con toda la calma del mundo—, avisa en la naviera: el lunes vienen los informáticos del seguro a clonar los servidores.
Todo. Protocolo antifraude por el incendio; al parecer, cuando arde un edificio de la empresa, lo auditan todo en bloque.
Una lata, pero cuanto antes empiecen, antes cobramos la póliza.
—Una lata —conviene mi tío, sirviéndose merluza—. El lunes, dices.
—El lunes.
Y ahí, en la manera exacta en que deja la pala de servir —sin ruido, en su sitio, cada cosa en su sitio—, veo el reloj ponerse en marcha.
Le hemos dado cuerda. Que Dios nos pille confesados.