El Faro del Diablo CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Vera

El hospital de Ribeira huele a café de máquina y a madrugada. Darío lleva cuarenta minutos sin sentarse.

A don Amaro lo encontró la mujer del servicio a las seis, en el suelo de la galería acristalada, con el amanecer en los cristales y el pulso en los talones. Infarto, pensaron todos. A los setenta y un años y con su corazón, nadie pregunta más.

Preguntó la doctora. Una residente joven, gallega de tierra adentro, con la mala costumbre de leer las analíticas enteras.

—No es el corazón. O no es solo el corazón —nos dice en el pasillo, en voz baja, eligiendo a quién mirar: elige a Darío—. Los niveles de su medicación antiarrítmica están por las nubes. Tóxicos. Y eso, con la pauta que tiene prescrita, no cuadra. O ha estado tomando el triple de la dosis...

—Mi padre lleva diez años con la misma pauta. La maneja mejor que sus médicos.

—Eso me temía. —La doctora baja aún más la voz—.

Entonces alguien se la ha cambiado. Los comprimidos son blancos, redondos, de dos miligramos.

Existen en cinco. A simple vista, gemelos.

En el pastillero semanal de su padre, que nos ha traído la asistenta, hay de los dos.

Mezclados. Llevamos a saber cuántas semanas de carga lenta.

—Duda; es joven, pero no tonta, y sabe perfectamente qué apellido tiene delante—.

Tengo obligación de comunicarlo al juzgado.

—Hágalo —dice Darío.

La doctora parpadea. No esperaba esa respuesta de un Lobeira, y a mí me dan ganas absurdas de explicarle que este Lobeira lleva tres días descubriendo que su casa es un nido de relojes bomba.

—Sobrevivirá —añade ella, más suave—. Es duro como un percebe, con perdón. Pero las próximas cuarenta y ocho horas se queda en la UCI, y las visitas...

—Couso se queda en esa puerta —corta Darío—. No es negociable. Factúrenlo como quieran.

Cuando la doctora se va, nos quedamos solos en el pasillo, bajo los fluorescentes que les quitan el color hasta a los vivos.

Pienso en el viejo en su galería. ¿Cuánto cree que tarda en pudrirse una familia?

Pienso en el pastillero semanal, rellenado con mimo, comprimido a comprimido, por una mano paciente que conoce la casa, las costumbres, las dosis.

—Carga lenta —digo—. Semanas. Empezó antes del incendio. Antes de que yo llegara, quizá.

—Mi padre es el único que puede apartarlo de todo con una firma. —Darío mira la puerta de la UCI—. Muerto el viejo, enfermo el viejo, incapacitado el viejo... el consejo queda en dos: el sobrino sospechoso de firmar ciento catorce robos, y el tío leal de toda la vida. La aritmética de siempre.

—Hay algo más. —Lo he estado rumiando todo el trayecto en coche y ya no me lo puedo callar—.

Tu padre me dijo que Marco fue a verlo dos veces.

Que la segunda le preguntó por el faro. Darío.

.. ¿y si no fue la única pregunta? ¿Y si tu padre sabe algo que ni él mismo sabe que sabe?

El Relojero no envenena por aritmética sucesoria, todavía no; tu padre lleva años apartado.

Envenena porque tu padre es un cabo suelto. Porque habló con mi hermano.

Darío se queda muy quieto.

—Las dosis —dice despacio— empezarían a cambiarse...

—Calcula la doctora que hace cuatro o seis semanas. —Trago—. Marco murió hace siete.

A media mañana nos dejan pasar un minuto. Don Amaro está pequeño entre las máquinas, ese truco cruel que hacen los hospitales con los hombres grandes, pero tiene los ojos abiertos y, cuando ve a su hijo, mueve los dedos de la mano buena: acércate.

No puede hablar con la mascarilla. Hace un gesto hacia la mesilla. Hay un bloc del hospital y un boli. Darío se lo acerca, le sostiene el bloc, y el viejo escribe, torcido, con el pulso del Parkinson y del veneno, cuatro palabras que tardan una vida:

El rapaz me preguntó.

—¿Qué te preguntó, papá?

El boli baja otra vez. La letra es casi inhumana, pero se lee. Se lee perfectamente.

Quién encendía el faro antes que yo.

Y los ojos del viejo, por encima de la mascarilla, se van hacia la ventana, hacia donde estaría la ría si la UCI tuviera vistas, y se le llenan de algo que no es miedo ni es fiebre. Es memoria.