El Faro del Diablo CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

Vera

Cierro la puerta. Pongo el portátil sobre su mesa, giro la pantalla, y le enseño la carpeta FIRMAS sin una palabra de aviso, porque hay cosas que solo se miden en la primera décima de segundo de una cara.

Darío lee. Su nombre, ciento catorce veces. Y lo que le cruza la cara en esa primera décima no es miedo, ni cálculo, ni la pantomima del inocente sorprendido que he visto en treinta despachos antes de este.

Es comprensión. La comprensión fría y total del hombre que llevaba años oyendo una gotera y por fin encuentra el charco.

—El certificado —dice, muy quieto—. ¿Fechas de emisión?

—Renovado en febrero de 2020. —Cinco meses antes de la primera transferencia. Siete antes de la curva de Rodrigo—. ¿Quién tramitó la renovación, Darío?

—La gestoría de la naviera. —Levanta los ojos hacia mí, y son la ría en enero—. Supervisada por el apoderado. Firmé los papeles que me pusieron delante, como firmo cuarenta papeles al día. El token nuevo me lo entregó él en mano. Cada cosa en su sitio, sobriño.

Asiento. Y entonces le doy lo otro. Lo que he comprobado tres veces esta tarde, con el estómago encogido, cruzando su agenda vieja —que me ha dado Couso sin preguntar para qué la quería— con la matriz de fechas de Marco.

—Transferencia cuarenta y siete. Catorce de julio de 2020, a las 14:09. —Trago—. Ese día tu certificado firmó una orden de ochenta mil euros a Horizonte Atlántico.

—El catorce de julio de 2020 —dice Darío, y la voz le sale de un sitio que no le conocía, un sitio sin fondo— enterré a mi hermano. A las dos de la tarde yo estaba en el cementerio de Punta Niebla con doscientas personas delante, echando tierra sobre la caja de Rodrigo.

—Lo sé. He visto la esquela.

El silencio que sigue no es un silencio.

Es una habitación llenándose de algo. Darío se levanta, va hasta la ventana, y se queda mirando su faro quemado con las manos en los bolsillos, y cuando habla lo hace en voz baja, casi suave, que es como hablan los hombres de verdad peligrosos cuando por fin saben a quién matar.

—Me firmó encima del entierro de mi hermano. —Una pausa—. Eligió esa ventana. Las catorce horas, todo el pueblo en el cementerio, las oficinas vacías. Práctico. Y además... le gustó. Esa parte no la entiende la contabilidad, Vera, pero yo sí: le gustó .

—Darío. —Espero a que se vuelva—. Marco lo dejó dicho: o eres el ladrón más estúpido de Europa, o el chivo de la cosecha más paciente de su vida. He venido a decirte que ya he terminado la auditoría.

—¿Y?

—Y los estúpidos no me sacan de faros en llamas contando hasta noventa y dos.

Le cuento lo de GestNor. Lo de Relox Inversiones. Lo del papel que Patricia mandará por conducto que ningún Lobeira pueda interceptar. Darío escucha con las manos apoyadas en la mesa, la cabeza baja, y cuando termino dice una sola cosa, la que llevo toda la tarde esperando y temiendo a la vez:

—Si lo detienen mañana, sale pasado. —Levanta la cabeza—. Con esos abogados y este partido judicial, el papel solo no basta. Hace falta cogerlo con las manos en el reloj.

—¿Y cómo se coge a un hombre que lleva seis años sin mancharse las manos?

—Haciéndole creer que el incendio funcionó. —Algo se le afila en la cara—. Que todo lo de Marco ardió en el faro. Que tú te rindes, que te vuelves a Madrid de luto y con las manos vacías. El Relojero solo comete errores cuando va sobrado de cuerda. Démosle cuerda.

—¿Y cuando tenga la cuerda?

—Querrá mover lo de Madeira antes de que nadie más mire. Y para eso —se endereza— necesita una ventana. Martes o jueves, a las catorce horas. Su liturgia. Esta vez, con la oficina vacía de verdad y nosotros dentro del cable.

Es buen plan. Es un plan frío, paciente, de lobo. Solo tiene una grieta, y se la digo:

—Para que se lo crea, tendré que irme de verdad. Maleta, tren, las lágrimas justas en el andén. Y tú tendrás que quedarte aquí, cenando con él, sonriéndole al hombre que firmó con tu nombre sobre la tumba de tu hermano.

—Llevo seis años cenando con él. —Lo dice sin drama, y por eso mismo se me clava—. Una semana más no me va a matar.

—No digas eso en esta casa.

Y entonces sí, entonces cruza el despacho.

Esta vez no hay duda de quién camina hacia quién: viene él, derecho, y me coge la cara con las dos manos como en lo alto de la escala, y me besa como se firma un pacto que ya no tiene cláusula de salida.

Y esta vez nadie para. Esta vez es lento y es grave, su boca en mi cuello, mis manos torpes de vendas con los botones de su camisa, su risa baja contra mi piel cuando maldigo el esparadrapo; me sube a la mesa apartando de un brazo seis años de papeles, y el mapa de 1923 nos mira hacer lo que la ría lleva semanas viendo venir.

Es furia y es refugio, es la primera cosa limpia que pasa en esta casa en mucho tiempo, y cuando me deshago entera contra su boca digo su nombre y no me da ninguna vergüenza, ninguna, porque los vivos hacemos esto: contar escalones, guardar la rabia, y amarnos con la luz apagada frente a un faro muerto.

Después, mucho después, en la madrugada azul de su habitación, con su brazo de ancla sobre mi cintura y su respiración en mi pelo, repaso el techo y el plan a partes iguales. La fecha de la renovación. La gestoría. El token. Mañana llamaré a Patricia y...

Los golpes en la puerta nos arrancan a los dos de la cama antes que el sol.

Es Couso. Y a Couso, que bajó un faro en llamas con las costillas rotas y sin levantar la voz, le tiembla la mandíbula.

—El señor. Su padre. —Traga—. Venga ya, Darío. Y que venga ella también.