El Faro del Diablo CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Vera

La caja de Marco huele a faro quemado.

La abro a mediodía, sola, con la puerta cerrada con pestillo y las cortinas a medio echar, como se abren las cartas de los muertos.

El disco duro es un Samsung corriente, de los que se compran en cualquier centro comercial.

Lo conecto a mi portátil —al mío, no al de la casa; hay confianzas que el fuego no compra— y el sistema me pide la llave.

La contraseña ya la sabes: es lo que me diste tú y no me dio el mar.

C¡diz. La ola. Mis trece años tirando de su pelo, los dos de rodillas en la espuma, y yo gritándole a la cara, una y otra vez, la única palabra que me salía, la que desde entonces me digo a mí misma cuando el mundo aprieta.

Tecleo: * Respira *.

El disco se abre como se abría su puerta cuando éramos críos: del todo y para mí.

Y durante tres horas, mi hermano me habla en su idioma.

Carpetas con nombres de meses. La estructura de Madeira reconstruida pieza a pieza: Horizonte Atlántico SGPS , administradores de paja, cuentas espejo en Oporto y en Andorra.

Las ciento catorce transferencias, ya no troceadas como en la libreta, sino enteras, ordenadas, con sus justificantes.

Es la obra completa. Con esto, cualquier juzgado de instrucción de este país baila.

Y entonces llego a la carpeta FIRMAS , y el mundo se me para.

Todas las órdenes de transferencia, las ciento catorce, llevan firma electrónica. Certificado digital cualificado, validado, intachable. Y el titular del certificado, repetido ciento catorce veces, en seis años de robo perfecto, es siempre el mismo:

* LOBEIRA NOVOA, DARÍO. Administrador único. *

Me levanto. Camino hasta la ventana. Vuelvo. Lo leo otra vez, porque los números no cambian por releerlos pero una siempre lo intenta.

Darío. Su certificado. Su firma. No confíes en los Lobeira. Y menos en el que te parezca mejor que los demás. Y yo anoche con sus manos en las caderas y su frente en la mía, agradecida, viva, idiota.

Respira, Vera. Respira y trabaja, que llorar es gratis pero equivocarse no.

Porque hay algo que no encaja, y mi oficio entero se me pone de pie para señalarlo: esto es demasiado bueno.

Seis años, tres millones, ciento catorce operaciones, ¿y el ladrón firma todas y cada una con su propio nombre, con su certificado personal, dejando un rastro notarial perfecto hacia sí mismo?

Los Relojeros no hacen eso. Los Relojeros no fichan en el escenario del crimen. Eso no es una firma.

Eso es una dedicatoria.

En la raíz del disco hay un último archivo, un vídeo, para_V.mp4 , y lo dejo para el final porque sé lo que me va a costar. Le doy al play.

Y ahí está. Mi hermano. Vivo, en esta misma pensión de Olvido que reconozco por el papel de la pared, con su sudadera gris y las ojeras de sus últimas semanas, mirando a la cámara como me miraba a mí cuando la cosa era seria.

«Vera. Si estás viendo esto, ya sabes lo que hay en el disco, así que vamos al grano antes de que me ponga tonto.

—Se frota la cara; el gesto de papá, el que los dos odiamos y los dos hacemos—.

Las firmas señalan a Darío Lobeira. Todas.

Y ese es exactamente el problema: que lo señalan demasiado .

Llevo cuatro meses dentro y te digo lo que veo: o ese hombre es el ladrón más estúpido de Europa, o es el chivo de la cosecha más paciente que he auditado en mi vida.

Y Vera... el que ha montado esto sabía que algún día alguien encontraría el agujero.

Lo montó para ese día . La firma no es para robar.

La firma es para cuando haya que entregar una cabeza.

—Mira un momento hacia la ventana; abajo se oye el mar—.

He pedido una semana. Si el certificado se clonó, hubo un momento físico: una renovación, un token, un papel con una fecha.

Esa fecha existe, y la voy a encontrar. Si me da tiempo.

—Sonríe, y la sonrisa me rompe por la mitad—: Y si no me da tiempo, encuéntrala tú, hermana.

Tú siempre llegas. Veinte segundos tarde como mucho, pero llegas. »

El vídeo dura cuatro segundos más. Los cuatro segundos en que mi hermano levanta la mano hacia la cámara, la deja ahí, como contra un cristal, y la baja.

Esta vez no lloro. Esta vez cojo el cuaderno, la libreta y toda mi rabia, y me pongo a buscar una fecha.

A las seis llamo a Patricia por la línea segura, la aplicación esa suya de espías que me hizo instalar el primer día.

—Necesito todo lo que se pueda saber de una renovación de certificado digital cualificado. Empresa: Naviera Lobeira. Titular: el administrador único. Fecha aproximada: febrero de 2020.

—¿El guapo? —Silencio al otro lado; oigo su cerebro cambiar de marcha—. Vera, ¿qué has encontrado?

—Ciento catorce firmas suyas que no son suyas. O que sí. Eso es lo que vas a ayudarme a saber.

Tecleo furioso de fondo. Patricia en su salsa: cuando el mundo se tuerce, ella consulta registros, que es su manera de rezar.

—Vale. Los certificados cualificados los emite un prestador autorizado, y las renovaciones de empresa van casi siempre por gestoría.

Si hubo clonado, hubo un momento físico: o un duplicado del token, o una emisión paralela con la misma documentación.

Y eso, escúchame bien, deja papel. Acreditación de identidad, poderes, fecha, hora y nombre del gestor que tramitó. —Pausa—. Dame la gestoría.

—GestNor. Vigo.

Más tecleo. Un silbido bajo.

—GestNor Asesores SL. Fundada en 2011. ¿Sabes quién aparece en la escritura de constitución como socio al doce por ciento, a través de una patrimonial que se llama, agárrate, Relox Inversiones SL ?

Relox. Reloj, en gallego.

—Dímelo.

—No te lo digo. Te lo mando por escrito, certificado y con sello, porque esto, amiga mía, ya no es una corazonada.

—La voz le cambia; ahora es la profesional, fría y rapidísima—.

Vera. Con esto y con lo del disco hay que ir pensando en judicializar.

Y en ese orden exacto: primero blindar copias, luego juez.

Si esa familia se entera de lo que tienes antes de que lo tenga un juzgado. ..

—Lo sé.

—No lo sabes. Tu hermano sí lo supo. Durante unos veinte segundos, me imagino.

Cuelgo con tres copias cifradas saliendo hacia tres nubes distintas y el corazón en un puño que ya no sé si es miedo o es puntería.

Relox Inversiones. El Relojero lleva años firmándose, el muy soberbio. Marco lo bautizó sin saber que el bautizo ya existía.