El Faro del Diablo CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

Vera

Los médicos de Ribeira me dan oxígeno, dos puntos en la palma de la mano izquierda y un ansiolítico que no me tomo. A Couso le vendan las costillas. A Darío no le encuentran nada, porque lo que tiene Darío no sale en las radiografías.

La Guardia Civil llega, pregunta, anota.

Cortocircuito, dice el sargento, mirando a Darío a los ojos; esos cuadros viejos, ya se sabe.

Claro, dice Darío, mirándolo igual; esos cuadros viejos.

Y los dos hombres se quedan un momento en silencio, sosteniendo entre ambos la mentira como se sostiene un mueble pesado, y comprendo de golpe cómo funciona la ría entera: todo el mundo sabe, nadie testifica, y la verdad es una moneda que se guarda para tiempos peores.

Volvemos a El Faro de madrugada. La casa nos recibe encendida, alterada; el servicio murmura en gallego, don Amaro está despierto en su galería —lo veo al pasar, una silueta inmóvil contra el ventanal, mirando arder lo que queda de su torre— y de Baltasar, en Vigo, llega un mensaje de voz consternadísimo que Darío escucha dos veces con la cara de piedra: «Sobriño, por Dios, acabo de enterarme, ¿estáis todos bien?

Salgo para allá a primera...» No, contesta Darío al teléfono, quédate y cierra lo del notario, aquí está todo controlado.

Y cuelga, y nos miramos, y ninguno dice lo evidente: que las coartadas de papel se compran por horas, y que los incendios, los buenos, se encargan.

Son las cuatro y media cuando me doy cuenta.

—Patricia. —El estómago se me cae al suelo—. Las diez. La palabra. No le mandé...

El móvil estaba en mi habitación, cargando, mientras yo bajaba un faro en llamas.

Lo cojo con las manos vendadas, lo enciendo: catorce llamadas perdidas, veintidós mensajes, el último de hace cuarenta minutos: «VERA TE JURO QUE COMO ESTO SEA UN OLVIDO TE MATO YO ANTES QUE LA MAFIA.

Tienes hasta las 7:00. Luego llamo a la UDEF y a tu madre muerta si hace falta. »

La llamo. Lo coge al primer tono, y oigo el sollozo antes que la voz, y durante un minuto entero Patricia Sanjuán, la mujer más dura del departamento de cumplimiento normativo de este país, me llama imbécil con una creatividad que conmueve.

—Hubo un incendio —digo cuando me deja—. Estoy bien. Estamos bien.

—¿Estamos? —Pausa de halcón—. ¿Quiénes estamos, Vera?

Miro hacia la puerta de mi habitación, abierta al pasillo. Darío está apoyado en el quicio, esperando para comprobar que sigo entera antes de irse a no dormir, con el jersey quemado en un hombro y una mancha de hollín en la mandíbula que nadie le ha dicho que se limpie.

—Te llamo mañana, Patri. Palabra del día: fénix .

—Esa no está en la lista.

—Desde hoy sí.

Cuelgo. Y nos quedamos mirándonos desde los dos extremos de la habitación, el lobo y la auditora, los dos tiznados, los dos vivos, con todo lo que no ha pasado todavía ocupando el aire entre nosotros.

—Deberías dormir —dice.

—Debería. —No me muevo—. Me dijiste que no iba a resbalar.

—Y no resbalaste.

—Resbalé en el cuarenta y uno.

—Ya. —Se aparta del quicio, despacio—. Pero yo estaba en el cuarenta.

No sé cuál de los dos cruza la habitación.

Creo que los dos, creo que el suelo se acortó, y luego ya no creo nada porque me está besando, o lo estoy besando yo, con las manos vendadas en su nuca y su sabor a humo y a sal y a milagro, y no es un beso bonito: es un beso furioso, hambriento, de los que se dan los vivos cuando acaban de comprobar el precio exacto de estar vivos.

Me levanta del suelo sin esfuerzo, la espalda contra el armario, y se me escapa un sonido contra su boca que hace seis horas me habría dado vergüenza y ahora me da exactamente igual, y sus manos —Dios, sus manos— se cierran en mis caderas como si llevaran semanas sabiéndose este camino.

Y entonces para. Apoya su frente en la mía, respirando como después de la escala, y noto el esfuerzo que le cuesta en cada músculo del cuerpo.

—Así no —dice, ronco—. Hoy me lo darías por miedo. Y yo lo quiero todo menos eso.

—¿Y si no es miedo?

—Entonces mañana seguirá estando. —Me deja en el suelo con un cuidado que desmiente todo lo que dicen de su apellido. Me aparta el pelo de la cara, y la sonrisa que se le escapa es joven, es de antes de los muertos—. Buenas noches, Vera. Cuenta hasta noventa y dos.

Se va. Cierro la puerta, me deslizo hasta el suelo con la espalda contra la madera, y me toco la boca con la mano vendada como una cría de quince años.

No confíes en los Lobeira. Y menos en el que te parezca mejor que los demás.

Lo sé, enano. Lo sé.

Pero esta noche, por primera vez desde el tanatorio, voy a dormir. Y mañana, con la luz, abriré tu caja.