CAPÍTULO 9
Darío
El humo sube por la escalera de caracol como sube el agua en un barco que se hunde: sin prisa, sin pausa, con la paciencia de lo que siempre gana.
—¡La puerta de abajo no abre! —La voz de Couso retumba en la espiral, tres vueltas más abajo—. ¡Está calzada por fuera! ¡Y arde el almacén de la base!
El almacén de la base. Donde llevan seis años los bidones de pintura, los disolventes, la madera vieja. Quien ha prendido esto no quería un susto. Quería un horno con nosotros dentro y las pruebas de paso.
—¡Sube! —grito—. ¡Couso, sube ya!
Vera está de pie en el centro de la sala de la linterna, con la caja metálica apretada contra el pecho y los ojos fijos en la trampilla por donde empieza a asomar el humo, y hace una cosa que no olvidaré mientras viva: no grita.
Mira el humo, me mira a mí, y dice, con la voz más firme que le he oído:
—Dime que hay otra salida.
—La hay. —Dios quiera que la haya—. La galería.
La puerta de la galería exterior está hinchada por seis años de salitre.
La abro a patadas, la tercera con todo el cuerpo, y el viento del Atlántico entra como un animal, frío, enorme, bendito.
La galería rodea la linterna por fuera: un balcón de hierro a cuarenta metros sobre las rocas, con una barandilla que fue blanca cuando Franco era cabo.
Y la escala. La escala de gato de mantenimiento, hierro empotrado en el granito, bajando por la cara norte hasta la base. Mi abuelo la subía cada semana. Yo la subí una vez, a los quince, por una apuesta con Rodrigo, y vomité al llegar arriba.
Couso emerge de la trampilla tosiendo, con la cara gris.
—Tres minutos —dice—. Cuatro como mucho, y la escalera es una chimenea.
Miro a Vera. Miro sus manos, finas, de teclado, agarradas a una caja de metal que vale dos muertes. Miro los cuarenta metros.
—No puedo bajar y sujetarte a la vez —le digo—. Vas a ir tú primero, entre mis brazos. Yo bajo por fuera de ti, peldaño a peldaño. Si resbalas, chocas conmigo. No vas a resbalar.
—La caja...
—Couso.
Couso se guarda la caja en la pechera del chaquetón sin una palabra y pasa la pierna por la barandilla como quien monta en bici. Hay hombres que valen su peso en oro. Couso vale el suyo en granito.
Vera se acerca a la barandilla, mira abajo una sola vez —el error de todos— y se queda blanca. El viento le arranca el pelo de la cara. Las rocas, abajo, hacen su ruido de boca.
—Vera. —Le cojo la cara con las dos manos; tiene la piel helada y los ojos enormes—. Mírame. ¿Cuántos escalones tiene esta torre?
—¿Qué...?
—Los contaste al subir. Te vi contarlos. ¿Cuántos?
—Ochenta y uno.
—La escala tiene noventa y dos. Los vas a contar todos, de uno en uno, en voz alta, y cuando llegues a noventa y dos esto se ha acabado. Solo existe el número que toca. ¿Me oyes? Solo el número.
Asiente. Una vez. Y pasa la pierna por la barandilla.
Bajamos. El mundo se reduce a esto: el hierro helado que muerde las manos, el cuerpo de Vera temblando dentro del arco de mis brazos, su voz contando — doce, trece, catorce — rota por el viento, el humo que ya sale por la puerta de la galería allá arriba como la lengua de un perro negro.
A la altura del cuarenta el faro entero ruge; algo ha reventado dentro, la onda nos sacude la escala y Vera falla un pie y durante un segundo entero su peso es mío, todo mío, mi brazo entre ella y las rocas, y oigo mi propia voz decir tranquila, sigo aquí, sigue contando, y ella, Dios bendito, sigue contando: cuarenta y uno, cuarenta y dos , con las lágrimas volándole de los ojos en horizontal.
En el sesenta el aire ya sabe a sal y no a humo. En el ochenta, Couso nos espera abajo con los brazos abiertos. En el noventa y dos, Vera Castaño toca tierra de Galicia, da dos pasos, se le doblan las piernas, y la recojo antes de que llegue al suelo.
No pesa nada. Pesa todo.
La sostengo contra mi pecho en la explanada de la base, los dos tiznados, los dos vivos, mientras el faro de mi familia arde por dentro como una vela al revés, y por encima de su pelo veo las luces del pueblo encendiéndose una a una, y los primeros faros de coches subiendo por la carretera del acantilado.
—Noventa y dos —murmura contra mi jersey, medio ida—. Se acabó.
—Se acabó —miento.
Porque abajo, en la explanada, junto a la puerta calzada con una barra de andamio —una barra de unas obras que nunca existieron—, hay una cosa que Couso ilumina con la linterna y que ninguno de los tres toca.
Una lata de conservas. De las nuestras. Colocada de pie, exacta, en el centro del felpudo de piedra.
Sardinas Lobeira. Cada cosa en su sitio.
El Relojero nos ha dejado su firma.