El Faro del Diablo CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Vera

En el desayuno, Baltasar anuncia que se va a Vigo.

Lo dice untando mantequilla, con la naturalidad de quien comenta el tiempo: el notario, unos poderes de la naviera, cosas de papeles, aburridísimo, volveré el jueves.

Besa el aire junto a la mejilla de nadie, recoge su abrigo de pelo de camello y se despide de mí con una pequeña reverencia de actor.

—Cuídeme al sobrino, señorita Castaño. Y recuerde lo que le dije de las coartadas. —Un guiño—. De todos.

Por la ventana lo veo subir a su coche, un Mercedes gris discreto, y veo a su chófer cerrar la puerta, y veo, juraría que veo, que antes de arrancar levanta la vista exactamente hacia la ventana del faro.

—Tu tío sabe que subimos hoy —le digo a Darío.

—Mi tío sabe la talla de zapato de todos los que pisan esta ría. —Se termina el café de pie—. Por eso lo del notario me gusta: dos días fuera, con fe pública de por medio. La gente como él no compra coartadas baratas.

—La gente como él no necesita estar para que pasen cosas.

Me mira por encima de la taza, largo.

—No —admite—. No lo necesita.

* * *

El faro de los Lobeira tiene ochenta y un escalones y todos crujen distinto.

Subimos a las ocho en punto, Darío delante, Couso cerrando, una linterna cada uno porque la luz del cuadro general «está en revisión».

La escalera de caracol huele a salitre, a polvo y a pintura vieja, y las ventanas troneras van mostrando la ría a rodajas, cada vuelta un poco más de mundo y un poco menos de aire.

—Las obras —digo, entre jadeos— son las obras más limpias que he visto.

Es verdad. Ni un andamio, ni un saco, ni una herramienta. Solo polvo. Y en el polvo, en los escalones, lo que Couso señala con la linterna sin decir palabra: pisadas. Recientes. De suela fina, no de bota de obra. Suben. No bajan.

—O bajó volando —murmura Couso— o salió por el balcón de la linterna.

—O sigue arriba —dice Darío, y se mete la mano bajo la chaqueta, y por primera vez desde que llegué a Galicia veo la pistola, negra y natural en su mano como una llave en la mía.

Arriba no hay nadie. La sala de la linterna es redonda, acristalada, con la gran óptica en el centro durmiendo bajo una funda gris, y el Atlántico alrededor, infinito, de un azul de invierno que corta la respiración.

Hay una mesa plegable. Una silla. Un cenicero limpio.

Y un transmisor de radio marina, moderno, conectado a una batería de coche, con el piloto verde encendido.

—Esto no es de la casa —dice Couso, oscuro.

—No. —Darío se agacha junto al transmisor sin tocarlo—. Esto es de quien habla con los barcos sin pasar por el puerto.

El Relojero. Las ventanas muertas de los martes y jueves. Un faro apagado seis años, el punto más alto y más invisible de la ría, porque nadie mira un faro muerto. La oficina perfecta.

—Marco lo supo —digo, y la voz me sale rara—. Por eso preguntó por el faro. Por eso... —Y entonces me acuerdo, entera, de la nota—: La luz guarda el resto. No es una metáfora. Lo escondió aquí.

Buscamos una hora. La encuentro yo, porque los Castaño escondemos todos igual: abajo, al ras, donde nadie quiere agacharse. En el zócalo del armario del cuadro eléctrico, una pletina suelta, y detrás, envuelta en una bolsa de congelados con cinta aislante, una caja metálica del tamaño de un libro.

Dentro, un disco duro. Y una postal de Cádiz, sin sello, con la letra apretada de mi hermano:

«Para V. Si la estás leyendo, perdóname el viaje. La contraseña ya la sabes: es lo que me diste tú y no me dio el mar.»

Lo que me diste tú y no me dio el mar.

Se me doblan las rodillas y esta vez no las sujeto.

Me siento en el suelo del faro, con la caja en el regazo, y lloro.

Por primera vez desde el tanatorio, lloro entera, sin dignidad y sin freno, delante de dos hombres armados, en lo alto de la torre donde mi hermano escondió su vida porque sabía que se la iban a quitar.

Nadie me toca. Pero cuando levanto la cara, Darío está en cuclillas delante de mí, a un metro justo, aguantándome la mirada sin incomodidad y sin lástima, como se aguanta una vela en un velatorio.

—Tu hermano —dice, despacio— era mejor que toda mi familia junta.

—Lo sé.

—Lo sé que lo sabes. Solo quería que lo oyeras en esta casa.

Y entonces se va la luz.

No la eléctrica, que no había. La del día.

La puerta de abajo, ochenta y un escalones más abajo, se cierra con un golpe de hierro que sube por la espiral como un disparo, y la escalera se queda a oscuras, y Couso ya está en la trampilla con la linterna y la pistola cuando el olor llega hasta nosotros, inconfundible, antiguo, el miedo más viejo de todos los pueblos del mar.

Humo.