CAPÍTULO 7
Vera
La contraseña se me entrega a las dos y diez de la madrugada, y no la encuentro yo. La encuentra la playa de la Victoria.
Llevo tres noches probando combinaciones con método: fechas, matrículas, los números de la libreta. Esta noche, agotada, con la foto del fotomatón apoyada en la pantalla, dejo el método y pruebo con la memoria.
VeinteSegundos .
El portátil lo piensa un instante, como si él también dudara. Y se abre.
Me quedo mirando el escritorio de mi hermano con las manos sobre la boca. Veinte segundos. Lo que estuvo bajo el agua en Cádiz. Lo que tardé en sacarlo. Toda su vida adulta protegiendo lo importante con el recuerdo del día que su hermana no lo dejó hundirse.
—Ay, enano —susurro—. Y no llegué a tiempo a la única que importaba.
No hay tiempo para eso. Respira, Vera. Trabaja.
El portátil está limpio de cosas personales, quirúrgico, como si Marco lo hubiera preparado sabiendo que algún día lo abriría otra persona. Una sola carpeta en el escritorio: * RELOJERO *.
Dentro, el trabajo de cuatro meses. Y es una obra de arte.
Marco no encontró al traidor por el dinero.
Lo encontró por el tiempo. Las transferencias del agujero salían siempre en ventanas exactas: martes o jueves, entre las 14:02 y las 14:11, la franja muerta en que la oficina de la naviera se queda vacía porque el turno baja a comer.
Ciento catorce transferencias en seis años, y ni una sola fuera de esa ventana.
Por eso el nombre en clave: el Relojero.
Un ladrón con la paciencia de un orfebre y acceso de dirección, que conocía los horarios de la casa como conocía su propio pulso.
Hay matrices de fechas, diagramas de flujo, capturas de pantalla.
Hay una sociedad en Madeira que aparece y se disuelve como un fantasma.
Hay algo más, que me deja quieta en la silla un minuto entero: los gemelos.
Pensar en relojes , me dije ayer, mirando el puño de la camisa de Baltasar.
Y aquí está mi hermano, cuatro meses antes, bautizando a su ladrón con la misma palabra.
Dos relojeros no caben en una casa. No es prueba; las corazonadas no se llevan a un juez.
Pero las corazonadas heredadas, las que dos hermanos tienen por separado sin conocerse las notas, esas pesan como el plomo.
Y hay un archivo final, RELOJERO_07.kdbx , una caja fuerte digital, cerrada, junto a una nota de texto de una sola línea:
«La prueba que faltaba no cabe en un disco. La luz guarda el resto.»
La luz.
Marco preguntándole al viejo desde cuándo estaba apagado el faro. El faro encendiéndose la noche de mi llegada. La luz guarda el resto.
Estoy de pie sin darme cuenta, con el corazón a galope, cuando oigo el golpe.
Suave. Abajo. Una puerta que se cierra con cuidado de no sonar, que es el sonido más sonoro del mundo a las dos de la madrugada.
Salgo al pasillo descalza. La casa duerme; las luces de seguridad pintan los bordes de las cosas de azul.
Desde la barandilla de la escalera veo el vestíbulo vacío, la puerta del jardín cerrada, todo en orden.
Y entonces, en el ventanal, lo veo: una figura cruzando el jardín hacia el acantilado, alta, sin prisa, tragada por la oscuridad en tres pasos.
—¿Insomnio?
Me giro con el corazón en la boca. Darío. A tres metros, en vaqueros y jersey, con una taza en la mano y el pelo de no haberse acostado.
—Hay alguien en el jardín —digo—. Iba hacia el faro.
Deja la taza en el alféizar con una calma que no le llega a los ojos, mira por el ventanal, y durante un segundo se le pone la cara que debía de ponérsele a su abuelo: la del lobo que huele a otro lobo en su monte.
—Couso hace la ronda a las dos —dice.
—Couso es un armario. Eso era un ciprés con piernas.
Casi se ríe. Casi. Estamos muy cerca, me doy cuenta de golpe; el pasillo es estrecho y la noche hace esas cosas, acorta las distancias, baja las defensas y la voz.
—Mañana subimos al faro —dice—. Como pediste.
—¿Y si mañana es tarde?
—El faro lleva seis años cerrado. Aguantará seis horas. —Me mira, y baja un punto más la voz, hasta un sitio que no le conocía—: Y tú llevas tres noches sin dormir. Te oigo el teclado desde mi despacho. Es un ruido que me gusta y me preocupa a partes iguales.
—No sabía que me espiaba, señor Lobeira.
—Darío. —Está cerca, demasiado, huele a humo de leña y a mar—. Y no te espío. Te escucho. No es lo mismo.
Hay un momento. Está ahí, lo veo venir como se ve venir una ola: su mirada que baja un segundo a mi boca, mi pulso que se vuelve idiota, la casa entera callada como si también esperara. Sería tan fácil. Un paso. Medio.
No confíes en los Lobeira. Y menos en el que te parezca mejor que los demás.
Doy el paso. Hacia atrás.
—Buenas noches, Darío.
Si le duele, no lo enseña. Recoge su taza, inclina la cabeza, perfecto y oscuro como siempre.
—Buenas noches, Vera. —Y ya de espaldas, sin volverse—: Mañana a las ocho. Trae abrigo. En el faro las corrientes matan más que las balas.
Me quedo clavada en el pasillo, fría de golpe.
Esas palabras. Exactas. Me las dijo Baltasar en la biblioteca el primer día.
Y no sé cuál de los dos se las copió al otro, ni cuál de los dos quería que yo las oyera dos veces.