CAPÍTULO 6
Darío
La conservera de Punta Niebla huele a lata, a salmuera y a mi infancia. Rodrigo y yo crecimos corriendo entre estas cintas, robando sardinas crudas, ganándonos collejas de las mujeres de la línea, que llevan aquí más generaciones que nosotros y lo saben todo antes que nadie.
Por eso, cuando entro con Vera Castaño y la nave entera baja el ruido medio tono, lo oigo perfectamente. La fábrica ha reconocido a la hermana del contable. La fábrica contiene el aliento.
—El despacho de su hermano está arriba —digo—. Nadie lo ha tocado desde octubre.
Mentira a medias. Nadie ha debido tocarlo. Compruebo la cinta que dejé en el quicio el día después de su muerte, un truco de mi padre: un pelo de cinta adhesiva transparente, abajo, donde nadie mira.
Está cortada.
Vera me lee la cara antes de que diga nada. Es lo que tiene pasarse la vida auditando mentirosos: se le ha quedado el ojo fino.
—Alguien ha entrado —dice. No pregunta.
—Después de la Guardia Civil. Y con llave.
El despacho es pequeño, ordenado, triste como todos los sitios donde alguien ya no va a volver.
Un calendario parado en octubre. Una taza del Atleti.
Una foto pinchada con una chincheta: Vera y Marco, años atrás, en un fotomatón, haciendo muecas.
Ella la mira, la descuelga, se la guarda en el bolsillo interior del abrigo, y yo aparto la vista porque hay cosas que no se miran, igual que no se mira a quien reza.
Trabaja el despacho como una profesional: metódica, en guantes, sin tocar nada que no fotografíe antes con el móvil. Y aún así es ella, no yo, la que encuentra lo único que importa.
—La torre del ordenador pesa poco —dice, sopesándola—. Le falta el disco duro.
—La Guardia Civil...
—La Guardia Civil precinta, no destripa. Y menos en un caso archivado como accidente en nueve días. —Deja la torre, me mira—. Quien entró sabía exactamente qué llevarse. ¿Cuánta gente tiene llave de esta planta?
—Dirección. Mantenimiento. —Trago la tercera palabra, pero ella espera, implacable, y la digo—: Y el consejo. Mi padre. Mi tío. Yo.
—¿Y dónde estaba usted la noche que murió mi hermano, señor Lobeira?
Lo pregunta sin drama, sin acusación, con la limpieza de un bisturí, y comprendo en este momento exacto que llevo dos días esperando esa pregunta y que necesitaba que me la hiciera.
Que nadie en seis años me ha preguntado dónde estaba yo la noche de la curva, y que ese silencio reverencial es la cosa más sucia que tiene el poder.
—En Oporto. Cena con la naviera Ferreira y dos notarios. Veinte testigos. —Sostengo su mirada—. Le mandaré los nombres.
—Hágalo.
—¿Y usted me creerá?
—Creeré a los notarios. —Una pausa; algo se le ablanda un grado, solo un grado—. Es más de lo que ofrece el resto de su familia.
Abajo, en la nave, la acompaño por la línea y hago lo que llevo años sin hacer: presento a alguien.
Las mujeres la saludan con la cabeza, serias, y la vieja Fina, que le ponía vendas a mi madre cuando mi madre aún vivía y mi padre aún pegaba, le coge la mano a Vera entre las suyas, llenas de sal y de medio siglo, y le dice:
—Tu hermano me arregló la pensión de viudedad, rapaza. Comía aquí los jueves, con nosotras. Empanada. —Le aprieta la mano—. Los de arriba no lloran a nadie. Nosotras sí.
Vera aguanta. Lo veo: el temblón en la barbilla, un segundo, y la barbilla que se yergue y lo mata. No llora. Esta mujer no llora delante de testigos, y yo, que tampoco, siento una cosa absurda e inoportuna que no me puedo permitir, que no me voy a permitir.
En el coche, de vuelta, va callada, mirando la ría por la ventanilla. La carretera pasa por la curva de Rodrigo. No se lo digo, pero algo me debe de cambiar en las manos sobre el volante, porque la noto girarse y mirarme el perfil durante tres largos segundos.
—¿Quién más sabía que Marco le pidió una semana? —pregunta en voz baja—. ¿A quién se lo contó usted, señor Lobeira?
Y ahí está. La pregunta que me corta el aire, porque la respuesta llevo rumiándola desde octubre y todavía me sangra.
—A nadie —digo—. Excepto a una persona.
—¿Quién?
Aparco en el arcén, donde el pretil nuevo. Apago el motor. El mar, abajo, hace su ruido de siempre, ese ruido de boca masticando.
—Mi tío me preguntó cómo iba el contable con las cuentas. Era una pregunta normal. Es consejero. —Me oigo la voz, plana, lejana—. Le dije: «Bien. Dice que en una semana me da algo gordo». Eso fue un martes por la mañana.
Vera no dice nada. No hace falta. Los dos sabemos contar.
El jueves, Marco Castaño apareció en el espigón.
Se queda mirando el pretil nuevo un rato largo. Cuando habla, lo hace sin mirarme, hacia el mar.
—¿Por qué me lo cuenta? Podría haberse callado. Llevaba seis años callándose cosas, una más no le pesaría.
—Porque si mi tío es el Relojero de su hermano, también es la curva del mío.
—Las palabras salen solas, y al salir descubro que llevaban seis años hechas, esperando—.
Y porque usted es la única persona en doscientos kilómetros que no le debe nada a mi apellido.
Eso, en mi mundo, la convierte en lo más parecido a un juez limpio que voy a tener nunca.
—No soy juez. Soy parte. La parte que lo enterró.
—Lo sé. —Arranco el motor—. Por eso me fío de su rabia y no de su justicia. La justicia se compra. He visto los precios.
No contesta. Pero un kilómetro después, sin mirarme, dice «Vera», solo eso, «llámame Vera, lo de señorita Castaño me hace sentir que estoy auditando mi propio secuestro», y es lo más cerca de una tregua que ha estado nunca esta guerra.
Cuando cruzamos el portón de El Faro, mi tío está en la escalinata, hablando con Couso, luminoso y cordial bajo el sol pálido. Nos ve llegar juntos y levanta la mano en un saludo amplio, hospitalario, perfecto.
—¡La pareja de trabajo! —dice—. ¿Productiva, la mañana?
—Mucho —contesta Vera, con una sonrisa que no había visto antes, una sonrisa social, impecable, vacía—. La conservera es impresionante. Tanto orden. Todo en su sitio.
—En esta familia nos gusta que cada cosa esté en su sitio —dice Baltasar.
—Ya lo voy viendo —dice ella—. Hasta el polvo.
Y pasa entre los dos hacia la casa, recta, pequeña y letal, y yo tengo que mirar la ría un momento para que no se me note en la cara lo que me está empezando a pasar con esta mujer.
Mi tío sí lo mira. Mi tío lo mira todo.
—Ten cuidado, sobriño —murmura, paternal, poniéndome una mano en el hombro—. Las auditoras son como los percebes. Para sacarlas de la roca hay que jugarse el pellejo. Y luego, ya ves tú: tanto riesgo para tan poca cosa.
—Algunos se han muerto por percebes, tío.
—Ya. —Sonríe, me aprieta el hombro, dos sacudidas exactas—. Eso digo yo.