CAPÍTULO 5
Vera
Los archivos del servidor están en mi escritorio a las siete, como prometió. A las siete y cuatro minutos ya sé que alguien los ha limpiado antes de dármelos.
No Darío. O no necesariamente. La limpieza es vieja: registros que saltan de marzo a junio sin despeinarse, copias de seguridad que existen para todos los años menos para los que importan, carpetas con fechas de modificación posteriores a su contenido.
Quien lo hizo sabía lo que hacía, pero lo hizo hace tiempo, confiado, sin imaginar que un día una auditora forense con insomnio y rabia se sentaría delante con un café y toda la vida por delante.
Los agujeros también son información. Donde alguien borra, alguien tiene miedo.
Dibujo el mapa de los borrados en mi cuaderno —el mío, el que compré en Ribeira; la libreta de Marco no sale de su escondite, cosida al forro de mi abrigo— y el dibujo me confirma lo de anoche: todo gira en torno a la naviera.
Las conserveras están limpias hasta el aburrimiento. La naviera es un queso gruyer.
Y la naviera, dijo Patricia, tiene un apoderado.
A media mañana salgo a estirarme y el jardín me lleva, sin querer queriendo, hacia el ala oeste. La norma de Couso me zumba en la oreja —el ala oeste no— y por eso mismo bordeo el seto de camelias, porque tengo veintiocho años y un título universitario y sigo sin saber obedecer.
Está sentado en una galería acristalada, al sol, con una manta sobre las piernas y el Atlántico entero en los cristales. Don Amaro Lobeira. El viejo lobo. La mano izquierda le tiembla sobre el brazo del sillón con un ritmo constante, como un metrónomo al que nadie hace caso.
—Acérquese —dice sin volverse. La voz es arena y mando—. Si va a espiarme, hágalo desde donde yo la vea, que para espías ya tengo a mi familia.
Me siento en el borde del banco de mimbre que hay frente a él. De cerca, la cara es un acantilado: todo lo que el tiempo no pudo llevarse.
—Usted es la hermana del rapaz de los números —dice—. Le veo la cara de él. En los ojos no: en la manera de mirar. Contando.
—¿Lo conocía?
—Vino dos veces a esta galería. La segunda me preguntó por el faro. —El viejo sonríe sin alegría—. Quería saber desde cuándo estaba apagado. Qué pregunta más rara, pensé. Ahora ya no me lo parece tanto.
Se me eriza la piel debajo del jersey.
—¿Y desde cuándo estaba apagado?
—Desde que murió mi Rodrigo. —El temblor de la mano se acentúa; la derecha la cubre, la aquieta—.
Lo apagué yo. Un faro es para volver a casa, y el que tenía que volver ya no volvía.
—Me mira por primera vez, y tiene los ojos de Darío, treinta años más cansados—.
Anoche alguien lo encendió sin mi permiso.
En esta casa ya nadie pide permiso. Dígame, señorita Castaño, usted que cuenta cosas: ¿cuánto cree que tarda en pudrirse una familia?
—Depende de la familia.
—La mía empezó hace seis años. —Vuelve la cara al mar—. O quizá empezó antes y yo estaba demasiado ocupado siendo temido para olerlo. Váyase ya. Y no vuelva por el ala oeste, que las normas de esta casa las puse yo, aunque ya nadie se acuerde.
Me levanto. En la puerta de la galería, su voz me alcanza, baja, casi dulce:
—Encuentre al que apagó a su hermano, rapaza. Y si resulta ser sangre mía, no se le ocurra tenerme lástima.
* * *
A las cuatro de la tarde, Baltasar llama a mi puerta con una caja de cartón en los brazos y una sonrisa de visita dominical.
—Los archivos de la naviera anteriores a 2020 —anuncia, depositando la caja en mi escritorio como quien deposita un ramo—. Le dije que me los pidiera a mí, pero como veo que mi sobrino la tiene a pan y agua digital, me he tomado la libertad.
—Qué amable.
—Soy el único amable de esta familia. Es mi defecto. —Pasea por la habitación sin pedir permiso, toca el lomo de la cafetera, se asoma a la ventana—. ¿Avanza?
—Avanzo.
—Hermética como su hermano. Debe de ser cosa del oficio. —Se vuelve, y la luz de la tarde le da en la cara esa pátina de hombre razonable que tan cara debe de costar—. ¿Puedo darle un consejo, señorita Castaño? De viejo a joven, de contable aficionado a contable de verdad.
—¿Puedo impedirlo?
Se ríe, encantado. Todo le encanta. Esa es su armadura: no hay por dónde clavarle nada porque todo resbala en esa simpatía de aceite.
—Verifique las coartadas de todos. De todos.
—Deja caer la palabra con mimo—. En esta casa se ha vuelto costumbre mirar hacia mí porque soy el que firma en el extranjero, el que viaja, el cómodo.
Pero hágase una pregunta de auditora: ¿quién contrató a su hermano?
¿Quién lo trajo a esta ría? ¿Y quién fue el único que supo, con fecha y hora, lo que su hermano había encontrado?
—Se ajusta el puño de la camisa; el gemelo es un pequeño reloj de oro, antiguo, precioso—.
Los pastores siempre lloran mucho a las ovejas, señorita. Sobre todo los que las esquilan.
Cuando se va, me quedo mirando la caja de cartón sin tocarla. Luego la fotografío por los seis lados, le paso el detector de la linterna ultravioleta que compré en Ribeira, y solo entonces la abro.
Los papeles están perfectos. Ordenados, completos, impecables.
Demasiado impecables. Quien me ha dado esta caja sabía exactamente qué iba a buscar yo en ella, y se ha asegurado de que no esté.
Pero ha cometido un error, el error de todos los hombres que se creen más listos que la mujer que tienen delante: me ha enseñado sus gemelos.
Y yo, ahora, ya no puedo dejar de pensar en relojes.
* * *
Por la tarde se lo cuento a Darío. No todo: lo del faro encendido, lo de Marco preguntando por el faro. La libreta cosida a mi abrigo se queda donde está, y el aviso de Marco también. No confíes en los Lobeira. En ninguno.
Estamos en su despacho, una habitación austera comparada con el resto de la casa: una mesa, dos sillas, un mapa de la ría de 1923 y una ventana desde la que el faro se ve entero.
Me escucha sin interrumpir, con esa quietud suya de agua profunda, y cuando termino se queda un rato mirando el mapa viejo.
—Mi padre apagó el faro el día del entierro de Rodrigo —dice al fin—. La llave del cuadro eléctrico la tiene él. Solo él.
—Pues anoche alguien hizo una copia. O no le hizo falta.
Darío coge el teléfono, marca, dice tres palabras en gallego que no entiendo y cuelga.
—Couso va a revisar el faro.
—Quiero ir.
—Está en obras.
—Curioso. Es justo lo que me dijeron de los archivos de la naviera anteriores a 2020, que estaban «en proceso de digitalización». —Me cruzo de brazos—. En mi experiencia, señor Lobeira, cuando todo lo que necesito está siempre en obras, es que el edificio entero está podrido.
Se le escapa algo que en otro hombre sería una sonrisa.
—¿Siempre es así?
—¿Así cómo?
—Así de imposible de proteger.
—No he venido a que me protejan. He venido a que no me mientan. —Me levanto—. Empiece por el faro. Mañana. Conmigo dentro.
Esa noche, a las diez en punto, le mando a Patricia la palabra del día: albariño . Me contesta con la siguiente de la lista y tres interrogantes. No le cuento que he pasado el día entre lobos.
No le cuento que uno de ellos me ha mirado como si yo fuera la única persona en esta casa que no le da miedo.