El Faro del Diablo CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Vera

El Faro no es una casa. Es una declaración.

El coche sube por una carretera tallada en el acantilado, entre pinos retorcidos por el viento, y al final del mundo aparece: una finca de granito colgada sobre el Atlántico, con el faro alzándose en el extremo como un dedo que acusa al cielo.

Muros de dos metros. Cámaras. Un portón de hierro que se abre sin que nadie lo toque.

—Bienvenida a El Faro —dice el conductor, un armario con cuello de toro al que llaman Couso—. El señor la espera para cenar a las nueve.

—No he venido a cenar.

—Eso dígaselo al señor.

Mi habitación está en la segunda planta y es más grande que mi piso entero de Madrid. Ventanales al mar, chimenea encendida, un escritorio de nogal donde alguien ha dejado ya dos monitores, un router propio y una cafetera italiana. Todo pensado. Todo preparado.

Una jaula con vistas sigue siendo una jaula. Pero reconozco el barrote de calidad cuando lo veo.

Couso me recita las normas en el pasillo, con el tono de quien ha dado este discurso antes: la planta baja y el jardín, libres; el ala oeste, donde duerme don Amaro, no; el faro, no, está en obras; el portón se abre con autorización, las visitas se anuncian, la cocina sirve a las dos y a las nueve, y si necesito cualquier cosa, botón verde del telefonillo.

—¿Y el botón rojo? —pregunto.

—Recemos por no saberlo nunca, señorita.

Antes de la cena bajo a estirar las piernas y me equivoco de puerta, o eso me digo a mí misma, porque en realidad abro puertas a propósito. Detrás de la tercera hay una biblioteca: dos plantas de estanterías, una galería con barandilla de hierro, olor a papel viejo y a humo dulce.

Y un hombre junto a la ventana, con un libro en la mano y un puro apagado entre los dedos.

—Vaya —dice, y sonríe con una calidez instantánea, ensayada, perfecta—. La famosa señorita Castaño. Baltasar Lobeira. El tío de Darío, para servirla.

El tío. Consejero en las tres sociedades. Apoderado de una madeirense disuelta. Le doy la mano: seca, firme, dos sacudidas exactas.

—Lamenté mucho lo de su hermano —dice, y modula la voz hacia el pesar con la suavidad de un locutor de radio—. Un muchacho serio. Trabajador. Se lo dije a mi sobrino: esa cabeza valía más que media plantilla. —Chasquea la lengua—. El mar de aquí no perdona, ¿sabe? Se lleva a los mejores.

—El mar —repito— tiene buen gusto, entonces.

Se ríe. La risa sí le llega a los ojos, y eso es lo que más me inquieta de este hombre: que parece sincero. Después de dos años auditando a estafadores he aprendido que los mentirosos malos sudan, y los buenos te hacen sentir como en casa.

—Me alegra que Darío la haya traído —dice, devolviendo el libro a su estante sin mirar, en su hueco exacto—.

Esta casa necesita ojos nuevos. Llevamos años, ¿cómo le diría?

, mirándonos demasiado los unos a los otros.

—Se guarda el puro en el bolsillo del pecho y, al pasar a mi lado, se detiene un punto más cerca de lo que pide la cortesía—.

Si necesita cualquier cosa de los archivos antiguos, pídamela a mí directamente.

Mi sobrino es brillante, pero los papeles de antes de 2020 los llevaba yo.

Hay cosas que solo entiende quien las vivió.

—Lo tendré en cuenta.

—Hágalo. —Ya en la puerta, se vuelve, afable, luminoso—. Y abríguese, señorita Castaño. En El Faro las corrientes matan más que las balas.

Cuando sale, me doy cuenta de que tengo los hombros agarrotados y de que el libro que ha devuelto a su sitio es el único de toda la balda con el lomo del revés.

Lo saco. Tratado de contabilidad mercantil , edición de 1987.

Las páginas 112 a 140 están cortadas con cuchilla.

* * *

A las nueve bajo, porque el hambre es mala consejera y porque he aprendido que de los hombres como Darío Lobeira se saca más mirándolos que evitándolos.

La mesa del comedor es para doce. Hay dos servicios puestos, en una esquina, frente a frente. Él ya está allí, sin chaqueta, las mangas remangadas, abriendo un vino sin mirarme. Los antebrazos de un hombre que no solo firma papeles. Aparto la vista. Concéntrate, Vera.

—¿Merluza de pincho o le pido otra cosa? —pregunta.

—La merluza está bien.

—De Celeiro. Aquí el pescado es lo único que no miente. —Sirve el vino. Albariño, frío, perfecto, maldita sea—. ¿La habitación?

—Es la celda más bonita en la que he estado.

—Ha estado en pocas celdas.

—Y usted en muchas, supongo.

Levanta la copa, brinda al aire.

—Tres noches. Diecinueve años. Mi padre me dejó tres noches en el calabozo de Ribeira para que aprendiera lo que se siente. —Bebe—. Aprendí.

—¿El qué? ¿A no dejarse coger?

—A no deber nada a nadie que tenga llaves.

Cenamos. Y hablamos, y es lo más parecido a una partida de ajedrez que he jugado nunca con comida de por medio.

Él pregunta por mi trabajo y entiende las respuestas, las técnicas, todas; conoce las palabras «estructura fiduciaria» y «cuenta espejo» mejor que mis clientes.

Yo pregunto por las conserveras y me contesta con cifras de empleo, con rutas, con nombres de barcos, sin esconder ni confirmar nada, moviéndose por el borde de la verdad como un equilibrista que conoce la cuerda de memoria.

—¿Por qué contrató a Marco? —pregunto al final—. Teniendo gente de dentro.

—Porque la gente de dentro llevaba dos años sin ver tres millones de agujero. —Deja la servilleta—. O sin querer verlo.

—¿Cuántos saben que estoy aquí?

—Mi padre. Mi tío. Couso. —Una pausa medida—. Y quien los vigile a ellos.

—¿Vigila usted a su propia familia?

Se inclina hacia delante, y la luz de las velas le hace algo injusto en los ojos.

—Señorita Castaño, en mi familia el cariño y la vigilancia son la misma palabra.

—Se levanta, recoge su copa—. Los archivos del servidor de las conserveras estarán en su escritorio a las siete.

Trabaje a su ritmo. Nadie entrará en su habitación sin permiso: en esta casa, mi palabra es la única ley que no se ha roto nunca.

—¿Y si encuentro algo que no le guste?

Se detiene en la puerta. Sin volverse:

—Entonces habrá hecho usted su trabajo. Buenas noches, Vera.

Mi nombre. Sin el «señorita», sin el apellido. Lo deja caer como quien deja una moneda en una mesa, y se va, y me odio un poco por el segundo y medio que tardo en volver a respirar.

* * *

Esa noche no duermo. Trabajo.

El portátil de Marco sigue cerrado —la contraseña se me resiste—, pero la libreta empieza a hablar.

Las columnas no son cantidades: son códigos de transferencia troceados, partidos en pedazos y desordenados, el viejo truco del que teme que le encuentren la libreta.

Marco, enano paranoico y maravilloso. Reconstruyo tres códigos hasta las cuatro de la mañana, y los tres apuntan a lo mismo: las salidas de dinero se ordenaban desde dentro de la red de las conserveras.

Desde una terminal con acceso de dirección.

El traidor no es un empleado. Es familia.

Estoy estirándome, con los ojos ardiendo, cuando lo veo. En la última página de la libreta, en la esquina, casi invisible, escrito con lápiz y con la letra de emergencia de Marco, la que usaba de niño para las notas que metía bajo mi puerta cuando papá venía bebido:

«V: si estás leyendo esto, no llores, que te conozco.

La manzana se pudre desde el corazón.

No confíes en los Lobeira. En ninguno.

Y menos en el que te parezca mejor que los demás.»

Fuera, el cielo empieza a clarear sobre el Atlántico. En el extremo del acantilado, por primera vez desde que llegué a Punta Niebla, el faro está encendido.

Alguien lo ha vuelto a encender esta noche.

Y no sé por qué, pero el corazón me dice que es por mí.