El Faro del Diablo CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Vera

Llaman a la puerta a las nueve y veinte de la mañana. Dos golpes. Secos, educados, sin prisa. Los golpes de alguien que sabe que vas a abrir.

Por la mirilla veo a un hombre alto en el pasillo torcido de la pensión, y mi primer pensamiento es absurdo: que no encaja.

El traje oscuro, sin corbata, la camisa blanca abierta en el cuello.

Pelo negro, mandíbula de tres días sin afeitar, y una quietud que no es calma. Es la quietud del agua profunda.

El segundo pensamiento es peor: la brasa del cigarrillo. El todoterreno. Es él.

Abro con la cadena puesta. Patético, lo sé. Si quisiera entrar, la cadena duraría un suspiro.

—Señorita Castaño. —Su voz es grave, con ese acento gallego que alarga las vocales como la marea—. Mi nombre es Darío Lobeira. Me gustaría hablar con usted de su hermano.

Lobeira. El nombre está en la libreta de Marco. Tres veces. Subrayado.

—Mi hermano está muerto, señor Lobeira. Llega tarde para hablar con él.

—Por eso quiero hablar con usted. —Una pausa—. ¿Me va a tener en el pasillo? La señora Olvido ya está escuchando desde la escalera. Buenos días, Olvido.

Abajo, unas zapatillas se arrastran a toda prisa. Si la situación no me diera tanto miedo, me reiría.

Quito la cadena. Craso error o jugada maestra; lo sabré en diez minutos.

Entra y la habitación se hace pequeña. No toca nada, no mira las cajas de Marco, no se sienta. Solo me mira a mí, y tiene los ojos del color de la ría en invierno, un gris verdoso que no promete nada bueno.

—Trabajaba para mí —dice—. Su hermano. Llevaba las cuentas de mis conserveras.

—Las conserveras. —No me molesto en disimular el tono—. ¿Eso es lo que sois ahora? ¿Sardinas?

Algo le cruza la cara. No llega a sonrisa.

—Veo que ha leído la libreta.

El suelo se me mueve bajo los pies. No contesto. Él da un paso, lento, y baja la voz como quien le habla a un animal asustado, y eso me enfurece más que cualquier amenaza.

—Escúcheme, porque solo lo voy a decir una vez.

Su hermano encontró algo en mis cuentas.

Algo que alguien de mi casa lleva años escondiendo.

Pidió una semana para darme un nombre y no llegó a dármelo.

Yo no maté a Marco, señorita Castaño. Pero sé que lo mataron.

Y usted también lo sabe, porque por eso lleva dos días sin dormir buscando lo que él escondió.

—Si cree que voy a entregarle...

—Tres millones de euros —me corta—. Eso es lo que falta. El que se los llevó mató a su hermano para taparlo. Usted quiere un nombre. Yo quiero un nombre. Da la casualidad de que es el mismo.

Silencio. Abajo, el mar mastica el espigón. Tengo el portátil de Marco a dos metros, bajo la almohada, y un esfuerzo físico me cuesta no mirar hacia la cama.

—¿Y si me niego? —pregunto—. ¿Aparezco flotando en la ría, como él?

Por primera vez, algo de verdad le pasa por los ojos. Furia. Fría, contenida, pero furia.

—Si yo trabajara así, esta conversación no estaría ocurriendo. —Se abrocha la chaqueta—. Pero le voy a ser honesto, porque me parece usted una mujer que prefiere la verdad fea a la mentira bonita: la persona que mató a su hermano sabe que usted está aquí. Y a diferencia de mí, no llama a la puerta.

—¿Eso es una amenaza?

—Es una aritmética. Usted entiende de aritmética.

—Saca una tarjeta y la deja sobre la cómoda, junto a la colonia de Marco—.

Tengo una propiedad en el acantilado. El Faro.

Muros de granito, hombres en la puerta y la mejor conexión del pueblo.

Trabaje los archivos allí, bajo mi protección, y cuando tengamos el nombre, usted vuelve a Madrid con la verdad y yo me quedo con mi traidor.

—¿Y si el traidor es usted?

Se detiene con la mano en el pomo. Cuando se vuelve, sonríe de verdad por primera vez, y Dios me perdone, porque es la sonrisa más peligrosa que he visto en mi vida.

—Entonces será usted la mujer mejor situada de Galicia para demostrarlo. —Abre la puerta—. Mi coche pasa a las cinco. Traiga el portátil. Y la libreta. Sí, también sé lo de la libreta.

Se va. Me quedo mirando la tarjeta sobre la cómoda: D. Lobeira , un teléfono, nada más. Tela cara, esquinas perfectas.

Tendría que coger el primer tren a Madrid. Llevar todo a la UDEF, a un periodista, a cualquiera. Eso haría una mujer sensata.

Llamo a Patricia. Compartimos despacho dos años en Deloitte; ahora lleva cumplimiento normativo en un banco y es la única persona viva que sabe dónde estoy de verdad.

—Dime que estás en el tren —dice al descolgar. Ni hola.

—Patri, necesito que me busques un nombre en las bases. Lobeira. Ele-o-be...

—Sé deletrear, Vera. —Una pausa. Oigo su silla girar, la oficina de fondo—. ¿Lobeira de Punta Niebla? ¿Los de las conserveras?

—¿Los conoces?

—Conozco lo que se comenta en los cursos de blanqueo, que es como conocer a un tiburón por los documentales.

—Baja la voz—. Grupo familiar. Tres conserveras, una naviera pequeña, bateas, inmobiliaria en Vigo y Oporto.

Todo legal, todo auditado, todo limpísimo.

Demasiado limpísimo. En el sector se dice que por esa ría entra más de lo que sale en latas, no sé si me explico.

—Te explicas.

—El viejo, Amaro, está retirado de facto.

El que firma todo es el hijo, Darío. —Tecleo de fondo—.

Aquí está. Treinta y cuatro años, administrador único de las tres sociedades desde hace seis.

Sin antecedentes. Ni una multa de tráfico, Vera, y eso en un hombre de su edad ya es sospechoso.

Había otro hijo, Rodrigo, el mayor... muerto.

Accidente de coche en 2020. Y hay un tío, Baltasar Lobeira, consejero en las tres empresas, apoderado de la naviera y. .. uy.

—¿Uy qué?

—Apoderado mancomunado de una sociedad en Madeira que se disolvió hace cuatro años.

Madeira, Vera. —Patricia respira hondo—.

Vale, escúchame. Lo que sea que encontró tu hermano, ahí dentro hay estructura, hay dinero serio y hay un muerto.

Dos, contando el accidente de coche, que con esta gente los accidentes vienen en oferta. Vente a Madrid. Hoy.

Miro la tarjeta sobre la cómoda. D. Lobeira. Las esquinas perfectas.

—Me ha ofrecido protección y acceso a sus servidores.

—¡Te ha ofrecido una jaula con wifi!

—Patri. —Cierro los ojos—. Si me voy, el nombre se queda aquí. Y el que mató a Marco se muere de viejo en su casa, mirando esta ría, comiendo percebes los domingos. No puedo. Sabes que no puedo.

Al otro lado hay un silencio largo, y cuando Patricia vuelve a hablar le ha cambiado la voz; ya no es la compañera de despacho, es la amiga que vino a mi casa con tuppers cuando murió mamá.

—Cada noche a las diez te mando un wasap con una palabra —dice—. Tú me contestas con la siguiente de la lista. La de las contraseñas viejas del despacho, ¿te acuerdas? Si un día no contestas, o contestas otra cosa, llamo a la UDEF y monto un escándalo que se oye desde Finisterre.

—Eres la mejor.

—Soy idiota, que es distinto. —Suena a que está llorando y a que jamás lo admitirá—. Vera... el hermano del que firma todo se mató en una curva. Lo digo por si crees que el guapo de la tarjeta no es capaz.

—¿Quién te ha dicho que es guapo?

—Tu voz, imbécil. Diez en punto. Cada noche.

Cuelga. Y la mujer sensata que llevo dentro hace un último intento, me enseña el horario de trenes en el móvil, Santiago–Madrid, 16:32.

Pero la mujer sensata se murió en un tanatorio de Madrid hace tres semanas, identificando el cuerpo hinchado de su hermano pequeño mientras un forense evitaba mirarla a los ojos.

A las cinco menos cuarto, hago la maleta.

Voy a entrar en la boca del lobo con los ojos abiertos. Y si el lobo me miente, que tenga cuidado: Marco me enseñó dónde esconden las cosas los Castaño.

Nadie le enseñó a él dónde escondemos la rabia.