El Faro del Diablo CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

Darío

El despacho de mi padre huele a cuero, a humo de puro y a mentiras viejas.

Llevo doce años entrando en esta habitación y todavía, cada vez que cruzo la puerta, una parte de mí espera ver a Rodrigo sentado en el alféizar, riéndose de algo, con esa risa suya que hacía que hasta los perros lo quisieran.

Mi hermano lleva seis años muerto y yo sigo guardándole el sitio. Patético.

—El funeral fue discreto —dice mi padre sin levantar la vista de los papeles—. Madrid. Poca gente. La hermana pagó el nicho en efectivo.

—¿Y?

—Y ahora la hermana está aquí.

Levanto la vista. Don Amaro Lobeira tiene setenta y un años, un corazón que funciona a medias y la mirada de un hombre que ha enterrado a un hijo, a una esposa y a tres décadas de enemigos.

El Parkinson le tiembla en la mano izquierda.

Por eso firmo yo. Por eso, desde hace dos años, Los Lobeira soy yo, aunque él siga sentándose en ese sillón.

—¿Qué sabemos de ella? —pregunto.

Es Baltasar quien contesta. Mi tío está junto a la ventana, de espaldas, contemplando la ría como si fuera suya. Todo en él es pulcro: el traje gris marengo, la raya del pantalón, la sonrisa que nunca llega a los ojos.

—Vera Castaño Reyes. Veintiocho años. Auditora forense en Deloitte hasta hace dos años; ahora va por libre. Lista. —Se vuelve, y la luz gris le resbala por la cara—. Demasiado lista para ser la hermana de un muerto en un pueblo que no conoce.

—El contable se ahogó —digo, despacio, mirándolo—. ¿No es eso lo que pasó, tío?

—Eso dice el atestado, sobriño.

Seis segundos nos sostenemos la mirada. Llevo seis años contando los segundos que tardo en apartar la vista de las personas en las que no confío. Con Baltasar nunca bajo de seis.

El contable. Marco Castaño. Lo contraté yo, y esa es una piedra que llevo en el zapato desde que lo sacaron del agua.

Un tipo callado, eficaz, de los que hacen su trabajo y no preguntan.

Lo trajimos para ordenar las cuentas de las conserveras, las legales, y resultó ser tan bueno que en cuatro meses encontró lo que mis propios hombres no habían visto en dos años: un agujero.

Tres millones de euros que habían salido de las cuentas B en transferencias pequeñas, pacientes, perfectamente cosidas.

Alguien de dentro llevaba años robándonos con la delicadeza de un cirujano.

Marco Castaño me pidió una semana para darme el nombre.

Tres días después estaba muerto.

Y ahora su hermana, auditora forense, duerme en su misma habitación de la pensión de Olvido y, según el chico que la siguió ayer, pasó la tarde comprando un disco duro y dos cuadernos en la papelería de Ribeira.

No ha venido a llorar. Ha venido a buscar.

—Hay que resolverlo —dice Baltasar, suave—. Esa mujer es un cabo suelto. Y los cabos sueltos, en el agua, se enredan en las hélices.

—Qué poético —respondo—. ¿Lo mismo pensaste del hermano?

—Darío. —La voz de mi padre. Un aviso.

Baltasar sonríe, abre las manos en un gesto de paz. Paz. Mi tío repartiendo paz. La ría entera se reiría.

—Yo solo digo que tu padre no levantó todo esto para que una funcionaria de Madrid lo tire abajo con un portátil.

Ahí está. El portátil. No apareció entre las cosas del contable. Mis hombres registraron la habitación dos veces antes de que la Guardia Civil pusiera un pie en ella. Nada. Lo que significa que Marco Castaño lo escondió bien.

Y si alguien puede encontrar lo que escondió un Castaño, es otra Castaño.

—Nadie la toca —digo. Lo digo mirando a Baltasar, y lo digo en el tono que aprendí de mi padre, el que no se discute—. La mujer es mía. Yo me encargo.

—¿Y si encuentra los archivos?

—Entonces los encontrará trabajando para nosotros. —Me abrocho la chaqueta—. Tiene algo que yo quiero. Y yo tengo algo que ella quiere más.

—¿El qué?

Cojo las llaves del coche de la bandeja de plata. En la pared del pasillo, la foto de Rodrigo me mira desde su marco negro, veintiocho años para siempre, el mar de fondo, esa risa.

—La verdad sobre su hermano —digo.

* * *

Conduzco hacia el pueblo por la carretera de la costa, la que va pegada al acantilado. Es más larga. La cojo siempre.

A medio camino está la curva. No tiene nombre oficial; aquí todos la llaman la curva de Rodrigo, aunque nadie la llame así delante de mí. Un pretil nuevo, más alto que los demás, y abajo, cuarenta metros de caída hasta las rocas donde el mar no descansa nunca.

Mi hermano conducía como vivía: convencido de que el mundo le frenaría a él.

Una noche de niebla, seis años atrás, volvía de Vigo de cerrar un trato con los portugueses.

Solo. Borracho no: el forense fue claro.

Los frenos también estaban bien; el mecánico fue claro.

Simplemente, en la curva que había tomado mil veces, Rodrigo Lobeira no giró.

Eso dijeron todos. Eso firmé yo también, porque tenía veintiocho años, un padre deshecho y un imperio que de repente me caía encima como un armario.

Pero hay una cosa que nunca le he contado a nadie.

Aquella noche, Rodrigo me llamó a las once y cuarto.

No lo cogí; estaba con una mujer cuyo nombre ya no recuerdo.

Me dejó un mensaje de voz de seis segundos: «Darío, llámame.

Es de casa». Es de casa. En nuestro código de críos, de cuando papá nos mandaba a contar las cajas en la lonja, «de casa» significaba una sola cosa: problema dentro, no fuera.

A las doce y diez estaba muerto.

Seis años llevo escuchando esos seis segundos. Seis años vigilando la casa por dentro mientras sonrío por fuera. Y en seis años, nada. Hasta que un contable callado de Madrid me puso delante un agujero de tres millones que empezó —comprobé las fechas tres veces— siete meses antes de la curva.

Quien nos roba estaba ya robando cuando murió Rodrigo.

Por eso, cuando Baltasar habla de cabos sueltos, yo cuento segundos.

Por eso duermo con la pistola en la mesilla y la libreta de cuentas en la caja fuerte.

Y por eso necesito a Vera Castaño viva, trabajando y cerca: porque su hermano murió por el mismo nombre que el mío, y ella es la única persona en esta ría que lo busca con más rabia que yo.

La rabia es el único socio que no me puede traicionar.

Anoche aparqué frente a la pensión y me fumé un cigarrillo mirando su ventana. Sé que me vio: la cortina se movió y se quedó quieta de esa manera deliberada en que se queda quieta la tela cuando alguien la sujeta. No se escondió. No apagó la luz. Aguantó.

Me gustó. Y eso, en mi vida, nunca trae nada bueno.

Bajo las escaleras de la casa grande con la libreta de mi hermano muerto en la cabeza y una desconocida de ojos de auditora esperándome en el pueblo.

Fuera, la niebla ha empezado a levantar y, por primera vez en semanas, se ve el faro entero, recortado contra el gris, con su ojo ciego mirando al Atlántico.

Mi abuelo decía que cuando el faro de los Lobeira se apaga, alguien de la casa va a morir.

Se apagó hace tres semanas. Justo la noche del contable.

Yo no creo en maldiciones. Creo en traidores. Y voy a usar a Vera Castaño para cazar al mío, aunque tenga que encerrarla en lo alto de ese faro para conseguirlo.

Que Dios la ayude. A ella, y a mí si me equivoco.