El Faro del Diablo
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CAPÍTULO 1
Vera
Hay pueblos que te reciben. Punta Niebla no es uno de ellos.
Lo supe en cuanto bajé del coche de alquiler y el viento del Atlántico me golpeó la cara como una bofetada salada. La niebla lo cubría todo: el puerto, las casas de piedra gris, el campanario de la iglesia. Y allá arriba, en lo alto del acantilado, el faro. Apagado. Muerto. Como mi hermano.
Tres semanas. Hace tres semanas que enterré a Marco y todavía no he llorado. La gente cree que soy fría. Mi madre, antes de morir, decía que yo guardaba las lágrimas como otros guardan dinero: para una emergencia que nunca llega.
Quizá tenga razón. O quizá es que no puedo llorar hasta entender por qué mi hermano, contable de treinta y dos años, sin enemigos, sin deudas, sin nada, apareció flotando en la ría con los pulmones llenos de agua y el reloj todavía en marcha.
«Accidente», dijo la Guardia Civil.
Marco odiaba el mar. Le tenía pánico desde niño, desde aquel verano en Cádiz. Jamás se habría acercado al espigón de noche. Jamás.
Pero eso, en el atestado, no aparece.
La pensión de la señora Olvido es la única del pueblo. Una casa de tres plantas frente al puerto, con geranios muertos en las ventanas y un cartel que dice HABITACIONES en letras desconchadas. La dueña me mira de arriba abajo cuando digo mi nombre.
—Castaño —repite, despacio, como si masticara algo amargo—. ¿Familia del contable?
—Su hermana.
Algo cruza por sus ojos. No es pena. Es miedo.
—Segunda planta. El desayuno es a las ocho. —Me tiende la llave y, cuando voy a cogerla, no la suelta enseguida—. ¿Cuántos días se queda?
—Los que hagan falta.
—Aquí la gente no se queda los días que hacen falta, rapaza. Se queda los que le dejan.
Suelta la llave y desaparece por el pasillo, arrastrando las zapatillas.
Bienvenida a Punta Niebla.
* * *
Antes de subir a la habitación, bajo al puerto. Necesito ver el sitio.
El espigón se adentra en la ría como una cicatriz de hormigón.
Aquí lo encontraron, en el ángulo donde las redes se amontonan, a las siete y diez de la mañana, un martes.
Lo encontró un percebeiro que iba a revisar su lancha y que, según el atestado, «no observó nada anormal en la zona».
En Punta Niebla, por lo visto, un hombre flotando boca abajo entra dentro de lo normal.
El agua es de un verde oscuro, casi negro, y huele a sal, a gasoil y a algas. Me quedo mirándola hasta que me duelen los ojos.
Marco tenía nueve años cuando una ola lo revolcó en la playa de la Victoria y lo tuvo veinte segundos bajo el agua.
Veinte segundos. Yo tenía trece y lo saqué tirándole del pelo, los dos llorando, los dos tragando arena.
Desde aquel día se duchaba con la mampara abierta.
Desde aquel día, en la piscina del barrio, se quedaba en la parte donde hacía pie, vigilando el borde como un gato.
Y quieren que me crea que bajó solo, de noche, a un espigón mojado, en un pueblo donde no conocía a nadie.
—¿Era familia suya?
Me vuelvo. Un viejo con un gorro de lana calado hasta las cejas remienda una red sentado en un noray, sin mirarme. Las manos, llenas de cicatrices, no dejan de moverse.
—Mi hermano.
El viejo asiente despacio. Escupe al agua.
—Buen rapaz. Me ayudó con los papeles de la pensión de mi señora, sin cobrar nada. —Las manos siguen cosiendo—. Usted váyase a su casa, señorita.
—¿Por qué todo el mundo me dice eso?
Por primera vez levanta la cara. Tiene los ojos claros, gastados, del color del cielo de aquí.
—¿Ve aquellas bateas? —Señala con la barbilla las plataformas de madera que flotan en la ría, alineadas como teclas de un piano—. Mejillón. ¿Ve los barcos? Sardina, pulpo, percebe. Todo eso es de quien es. Y el agua también. Y lo que el agua se lleva —baja la voz— también es de quien es.
—¿De los Lobeira?
El viejo vuelve a su red como si yo hubiera dejado de existir.
La conversación ha terminado. En el bar del puerto, detrás de mí, noto los ojos en la espalda: tres hombres en la barra que no hablan, un camarero que seca el mismo vaso desde hace dos minutos.
Cuando entro a pedir un café, el murmullo muere. Cuando salgo, renace.
Un pueblo entero conteniendo la respiración. Eso también es una respuesta.
* * *
La habitación de Marco —porque vivió aquí ocho meses, en esta misma pensión, en la habitación que ahora ocupo yo a propósito— huele a humedad y a tabaco viejo.
Sus cosas me las entregaron en dos cajas de cartón: ropa, un cargador, tres novelas de Stephen King, su colonia de siempre.
La abro y el olor me dobla por la mitad. Cierro la caja. Respira, Vera. Respira.
Lo que no estaba en las cajas era su portátil.
Y mi hermano no iba ni al baño sin su portátil.
Por eso estoy aquí, de rodillas en el suelo de una pensión que huele a mar podrido, palpando los bajos del somier como una loca.
Marco y yo crecimos en un piso de cincuenta metros cuadrados en Vallecas con un padre que bebía y desaparecía a partes iguales.
Aprendimos pronto a esconder lo que importaba.
El dinero, dentro del rodapié suelto. Las notas del colegio, bajo la tabla del armario.
Las costumbres no se mueren. Se heredan.
Tardo dos horas. Está detrás del zócalo del armario empotrado, envuelto en una bolsa de congelados, con cinta aislante: el portátil, un teléfono de prepago que no le conocía y una libreta de gusanillo llena de números.
Me siento en el suelo con el botín en el regazo y el corazón en la garganta.
—¿En qué andabas metido, enano? —susurro.
El portátil pide contraseña. Pruebo las de siempre: el cumpleaños de mamá, el mío, el nombre de nuestro primer perro.
Nada. La libreta es peor: columnas de cifras, fechas, iniciales.
Reconozco la letra apretada de Marco, la misma con la que me escribía postales desde cualquier sitio al que fuera.
La última decía: «Esto es precioso, Vera.
Y está podrido por dentro. Como esas manzanas rojas perfectas. Te llamo el domingo».
No llegó al domingo.
Soy auditora forense. Me dedico, literalmente, a encontrar lo que otros esconden en los números. Empresas fantasma, facturas infladas, dinero que entra sucio y sale limpio. Y todo en esa libreta me grita lo mismo: contabilidad B. Mucha. Millones.
Fuera ya es de noche. La niebla se ha pegado a los cristales y el faro sigue apagado, una columna negra contra un cielo más negro todavía.
Guardo el portátil bajo la almohada, me tumbo vestida y escucho el pueblo: el mar contra el espigón, una persiana que golpea, un motor que ronronea despacio, demasiado despacio, calle arriba.
Me asomo por una esquina de la cortina.
Un todoterreno negro está parado frente a la pensión. Faros apagados. Motor encendido. Dentro, la brasa de un cigarrillo se enciende y se apaga, se enciende y se apaga.
Está mirando hacia mi ventana.
No sé cuánto tiempo me quedo allí, inmóvil, con el pulso latiéndome en los oídos. Cuando el coche por fin arranca y se lo traga la niebla, me doy cuenta de dos cosas.
La primera: que no ha venido a vigilar la pensión. Ha venido a que yo lo viera. Un mensaje.
La segunda: que mi hermano no se cayó al agua.
A mi hermano lo tiraron.