El Faro del Diablo EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Vera

Un año después.

La noche de San Juan, en Punta Niebla, se encienden hogueras en la playa y el pueblo entero baja a saltarlas. Este año hay una más, la grande, delante del espigón, y a nadie se le escapa lo que significa aunque nadie lo diga: aquí los exorcismos se hacen de perfil, como los pésames.

Patricia ha venido con su novio nuevo, un bombero al que examina como un expediente y mira como un ascenso.

Inés ha venido con la sentencia, recién salida de imprenta: veintidós años para Anxo, el sumario de Baltasar archivado por fallecimiento, el dinero de Madeira de camino a casa con la lentitud ceremoniosa de la justicia.

Don Amaro preside la noche desde una silla de mimbre que Couso le ha plantado en la arena, repartiendo dictámenes sobre la sardina asada, y a Fina, que se los discute todos, la corona el humo como a una reina vieja.

Mi madre decía que las familias no se eligen. Mi madre, como en casi todo, tenía razón a medias.

A medianoche, Darío me roba de la hoguera con la mano en la cintura y un «ven, que se nos hace tarde» que no aclara tarde para qué, y subimos en el coche por la carretera del acantilado, y luego a pie, y luego los ochenta y un escalones —restaurados, firmes, contándose solos ya debajo de mis pies— hasta la sala de la linterna, donde la óptica nueva gira desde el otoño con su corazón de mil vatios, barriendo la ría para los barcos que vuelven.

En la mesa, la de siempre, hay una botella de albariño frío y dos copas.

—¿Celebramos algo? —pregunto.

—Una renovación. —Está nervioso. Darío Lobeira, que bajó un faro en llamas conmigo en los brazos, está nervioso, y verlo es tan extraordinario que tardo en fijarme en lo que deja sobre la mesa, junto a las copas, alineado con el borde.

Una caja pequeña. Y dentro, un anillo: oro viejo, una piedra del color de la ría en verano. Era de su madre, sabré después. Lo que sé ahora es que el hombre más temido de esta costa está delante de mí con las manos quietas a los costados, como un crío en su primera verbena, esperando un dictamen.

—Te hago la cuenta —dice, ronco—. La de verdad. Activo: tú. Pasivo: yo, que soy un pasivo considerable, pregúntale a mi auditora. Fondo de maniobra: esta luz, que ya gira sola, y todos los años que quieras. —Traga—. Vera Castaño. ¿Me firmas?

Y yo, que llevo toda la vida llegando veinte segundos antes o veinte mil tarde, llego por una vez en el momento exacto.

Miro la ría girar en la luz, cobre y negro, cobre y negro.

Miro la placa de bronce que brilla seis pisos más abajo, junto a la puerta, guardando a mi hermano.

Miro a este hombre que cuenta escalones para que yo no mire el vacío.

—Noventa y dos —digo.

Frunce el ceño, perdido, y se le ve el miedo un segundo, y es tan bonito vérselo que casi lo dejo ahí.

—Es un sí, Darío. —Le cojo la cara con las dos manos—. Es el sí más contado de la historia de esta ría.

Nos casamos en octubre, que era el mes de los muertos y ahora es el nuestro, en la explanada del faro, con el pueblo entero y empanada de Fina y un hueco libre en la primera fila que nadie ocupó y todos respetaron.

Couso lloró como un armario que llueve. Don Amaro bailó una muiñeira entera, contra el criterio de tres médicos.

Patricia pescó el ramo con una violencia que su bombero aplaudió por instinto de supervivencia.

Y a las doce en punto, cuando la fiesta giraba sola como la óptica, mi marido y yo nos escapamos escaleras arriba a brindar solos a la sala de la linterna, y desde allí miramos la ría entera, las hogueras apagándose, las bateas dormidas, el agua negra que se cobra y liquida pero ya no nos debe nada.

La luz pasó sobre nosotros una vez, dos veces, tres.

Guardándolo todo. Como él dijo.

Como ella hace.

FIN