El Faro de Puerto Aliso Capítulo 22 — Gustavo
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Capítulo 22 — Gustavo

Gustavo llevaba el anillo de su abuela guardado en el bolsillo interior de la chaqueta desde hacía casi dos semanas, esperando el momento adecuado, aunque cada día que pasaba encontraba una excusa nueva para posponerlo: que si hacía mal tiempo, que si Rosa estaba cansada del trabajo en el centro de interpretación, que si Tomás necesitaba ayuda con la barca.

—Capitán, como sigas esperando el momento perfecto, esa mujer va a cumplir los ochenta años antes de que te decidas —le dijo Tomás, una mañana, mientras cargaban las redes—. El momento perfecto no existe. Solo existe el momento en que por fin reúnes el valor.

—Fácil decirlo, ahora que tú ya has invitado a Casilda a cenar tres veces.

—Cuatro, para tu información. Y la cuarta le pedí que fuéramos oficialmente novios, así que no me vengas con lecciones de valentía cuando yo ya he hecho los deberes.

Gustavo se rió, feliz por su amigo, y decidió que aquel mismo día, sin más excusas, sería el momento.

Pasó el resto de la mañana inusualmente nervioso, revisando el motor de La Golondrina por tercera vez sin necesidad real, comprobando una y otra vez que la cajita con el anillo seguía en el bolsillo interior de su chaqueta, colgada cuidadosamente en el camarote para que Rosa no la encontrara por accidente.

—Capitán, como sigas revisando ese motor, vas a terminar por desmontarlo del todo sin necesidad —le dijo Tomás, observándolo con diversión mal disimulada—. Relájate. Va a decir que sí. Cualquiera que os haya visto juntos estas últimas semanas lo sabe.

—¿Y si me equivoco al decirlo? ¿Y si suena torpe?

—Capitán, llevas toda tu vida siendo torpe con las palabras y aun así has conseguido enamorar a la mujer más terca de todo Puerto Aliso. No creo que un pequeño tropiezo en el discurso vaya a cambiar las cosas ahora.

Esperó a que cayera la tarde, y le propuso a Rosa una última salida en barco a la cala del Somorro, con la excusa de revisar el estado de las anémonas tras las primeras lluvias de otoño.

Rosa, ajena por completo a sus verdaderas intenciones, aceptó encantada, y zarparon juntos con Tomás quedándose, por primera vez en meses, discretamente en tierra.

—Qué raro que Tomás no haya querido venir —comentó Rosa, mientras Gustavo anclaba el barco frente a la cala, con el sol empezando a ponerse sobre el agua en tonos anaranjados.

—Tenía otros planes. Cosas de Casilda, supongo.

Se sentaron juntos en la proa, con las piernas colgando sobre el agua tranquila, observando cómo la luz del atardecer teñía la superficie del mar de colores que ni el mejor pincel habría conseguido igualar.

—¿Recuerdas la primera vez que vinimos aquí juntos? —preguntó Gustavo, con la voz algo más tensa de lo habitual.

—Cómo olvidarlo. Me hiciste sumergirme en un agua helada solo para demostrarme que sabías de lo que hablaba con las anémonas.

—Y desde entonces no hemos dejado de venir. Esta cala ha sido testigo de casi todo lo importante que nos ha pasado: nuestra primera conversación de verdad, la promesa de ayudarte con el informe, aquella tarde que nos bañamos desnudos con demasiado frío para ser sensato.

—Y la votación del ayuntamiento que la salvó para siempre.

—Y esto. —Gustavo la miró con una intensidad que hizo que a Rosa se le acelerara el corazón—. Me pareció el sitio adecuado para esto también.

—Rosa —empezó Gustavo, con el corazón latiéndole más deprisa de lo que había latido nunca frente a ninguna tormenta—. Hace poco más de tres meses, apareciste en este mismo muelle con una carta de tu abuela y una actitud que me sacó de mis casillas en cuestión de minutos.

—Todavía recuerdo lo grosero que fuiste.

—Y con razón, probablemente. Pero desde entonces, has conseguido algo que llevaba años pensando que ya no era posible para mí: me has enseñado a querer sin miedo a que el mar se lleve también esto, como se llevó todo lo demás.

Rosa se giró hacia él, con los ojos ya brillantes, intuyendo lo que estaba a punto de suceder.

—Gustavo...

—Déjame terminar, que llevo días ensayando esto y como me interrumpas se me olvida la mitad.

—Se sacó del bolsillo una cajita pequeña, envejecida por el tiempo, que contenía el anillo de su abuela, con una piedra pequeña pero de un brillo antiguo y sincero—.

Este anillo perteneció a mi abuela, que según cuentan quiso a mi abuelo con la misma terquedad con la que tú me quieres a mí.

Llevaba años guardado, esperando, sin que yo lo supiera, a la persona adecuada. Rosa Aguilar, ¿quieres casarte conmigo?

Rosa se llevó ambas manos a la boca, con lágrimas rodándole ya libremente por las mejillas, y asintió varias veces antes de conseguir que la voz le saliera con claridad.

—Sí. Sí, quiero casarme contigo, Gustavo Ibarra.

—Menos mal, porque llevo el discurso ensayado desde hace una semana y no tenía ningún plan alternativo si decías que no.

—Nunca habría dicho que no, torpe.

—No podía estar seguro. Los nervios hacen que hasta las certezas más grandes parezcan frágiles durante unos segundos.

Se besaron con una intensidad que hizo que el barco se balanceara ligeramente bajo ellos, y cuando por fin se separaron, Gustavo le colocó el anillo en el dedo con manos que temblaban de una emoción que no intentó disimular en absoluto.

—Va a ser un poco grande, probablemente. Habrá que ajustarlo.

—No me importa. Lo llevaré así, aunque tenga que sujetármelo con celo, hasta que puedas ajustarlo.

Volvieron al puerto ya de noche, con el anillo brillando tenue bajo la luz de la luna, y encontraron a Tomás y a Nala esperándolos en el muelle con una botella de sidra ya descorchada, incapaces de disimular que llevaban toda la tarde esperando noticias.

—¿Y bien? —preguntó Tomás, con una sonrisa que anticipaba ya la respuesta.

Rosa levantó la mano izquierda, mostrando el anillo con una sonrisa que le ocupaba toda la cara, y el grito de alegría que soltaron Nala y Tomás al unísono se debió de oír, según comentaría Deolinda al día siguiente, hasta en la otra punta del pueblo.

—¡Ya era hora, capitán! —exclamó Tomás, dándole un abrazo que casi lo tira al agua—. Llevaba semanas aguantando el secreto sin poder contárselo a nadie, ni siquiera a Casilda.

—¿Se lo has contado a Casilda? —preguntó Gustavo, fingiendo indignación.

—Por supuesto que no, capitán. Aunque ella ya sospechaba algo, para serte sincero. Dice que llevas semanas con cara de estreñido nervioso.

Todos se rieron, y esa noche, entre sidra y celebraciones improvisadas en el muelle, Rosa llamó a su madre para darle la noticia, y a Nala se le ocurrió, entre risas, que quizás deberían celebrar una boda doble, idea que ambas parejas descartaron entre carcajadas al cabo de apenas un minuto de considerarla en serio.

—Carmen, tengo una noticia —dijo Rosa por teléfono, con el anillo todavía brillándole en la mano bajo la luz de las farolas del muelle.

—¡No me digas que os casáis! —exclamó Carmen, con una emoción que atravesó perfectamente la línea telefónica—. ¡Sabía que ese pescador terminaría por dar el paso!

—¿Cómo lo sabías?

—Porque las madres sabemos estas cosas, hija, aunque estemos a cientos de kilómetros de distancia. Además, Nala me manda fotos vuestras de vez en cuando, y en la última que me envió hace un par de semanas, ese hombre te miraba como si ya estuviera pensando en el anillo.

Rosa se rió, prometiéndole a su madre que la mantendría informada de cada detalle de la boda, y colgó el teléfono con la misma sensación de plenitud que llevaba semanas experimentando, aunque aquella noche, con el anillo nuevo en el dedo, aquella plenitud alcanzara una intensidad completamente distinta.