Capítulo 23 — Rosa
La boda se celebró un sábado de finales de mayo, en la cala del Somorro, en la misma orilla donde Gustavo le había hablado por primera vez de su padre y donde, meses después, le había pedido matrimonio bajo un atardecer que ningún fotógrafo profesional habría conseguido mejorar.
Nala, ya convertida en madrina oficial y organizadora no solicitada de cada detalle de la celebración, había insistido en que el banquete se sirviera con el mismo chocolate caliente que Amparo preparaba en El Ancla, junto a bandejas interminables de rabas, empanada y el orujo casero que Ubaldo, con orgullo mal disimulado, se encargó de destilar personalmente para la ocasión.
—Como se te ocurra servir café en mi boda, Nala, te juro que anulo la ceremonia en el último momento —bromeó Rosa, la mañana de la boda, mientras Nala la ayudaba a vestirse en la habitación que había sido de su abuela.
—Ni se me pasaría por la cabeza, cielo. Chocolate, sidra y orujo, tal como habría querido Amparo.
Rosa llevaba el vestido de novia de su propia abuela, ajustado por una modista de Santander que apenas tuvo que tocar el bajo, y cuando se miró al espejo por última vez antes de bajar, con el anillo de la abuela de Gustavo brillando en su mano, sintió que dos generaciones de mujeres tercas y enamoradas se unían, de algún modo, en aquel mismo instante.
La noche anterior, Nala había organizado una pequeña despedida de soltera improvisada en la panadería, con solo Casilda, Deolinda y Coral como invitadas, entre risas, sidra y confidencias que se prolongaron hasta bien entrada la madrugada.
—Nunca pensé que terminaríamos siendo amigas —le había confesado Coral a Rosa aquella noche, ya con las mejillas encendidas por la sidra—. Después de todo lo que pasó entre nosotras al principio.
—Yo tampoco lo pensé. Pero me alegro de que así haya sido.
—A veces las peores advertencias vienen de la gente que, sin saberlo, más falta te hace tener cerca —había dicho Coral, alzando su copa en un brindis improvisado—. Por los caminos raros que a veces toma la amistad.
Gustavo, mientras tanto, había pasado su última noche de soltero con Tomás y Ubaldo en el muelle, compartiendo una botella de orujo y recuerdos de los años en que ninguno de los dos imaginaba que Gustavo terminaría casándose con la nieta de Amparo Vives.
—Tu padre estaría orgulloso, hijo —le había dicho Ubaldo, con los ojos algo vidriosos por el orujo—. Y Amparo también, claro está.
—Eso espero, Ubaldo. Eso espero de verdad.
Ubaldo, encargado de acompañarla hasta el altar improvisado en la arena, en ausencia de un padre que Rosa apenas había conocido, la esperaba en la puerta de El Ancla con un traje que evidentemente no se ponía desde hacía años y una expresión orgullosa que no intentaba disimular.
—Tu abuela estaría muy orgullosa de verte hoy, muchacha —le dijo, ofreciéndole el brazo—. Y yo también lo estoy, para que lo sepas.
—Gracias, Ubaldo. Por todo. Por las redes remendadas, por los consejos de pescador viejo, por hacerme sentir que este pueblo nunca dejó de ser mi hogar, aunque yo tardara seis años en volver a él.
Su madre, Carmen, había viajado desde Zaragoza para la ocasión, con su tercer marido y una maleta llena de nervios que se disolvieron en cuanto vio a su hija reír de aquella manera despreocupada que llevaba años sin presenciar.
—Estoy orgullosa de ti —le susurró Carmen, ayudándola con los últimos retoques del velo—. De la mujer que has decidido ser, y del lugar que has elegido para serlo.
—Aprendí de la mejor manera posible que se puede aprender estas cosas, mamá. Viendo lo que no quería para mi propia vida, y también lo que sí.
Caminó descalza por la arena de la cala hacia donde Gustavo la esperaba, con el traje desabrochado en el cuello y la sonrisa más ancha que le había visto nunca, flanqueado por Tomás, nervioso como padrino, y por Casilda, ya oficialmente su pareja desde hacía meses, sentada en primera fila junto al resto de invitados.
Coral, para sorpresa de nadie en el pueblo a estas alturas, asistió también, sentada junto a Andrés, el pintor de Bilbao con quien llevaba ya conviviendo varios meses en una casita cerca del faro que habían alquilado juntos.
La ceremonia comenzó puntual, algo insólito en un pueblo donde la puntualidad rara vez se consideraba una virtud especialmente apreciada, con la mayoría de Puerto Aliso congregado en la arena: Ubaldo en primera fila junto a Deolinda, que llevaba un sombrero de flores que insistía en que había comprado especialmente para la ocasión; los antiguos compañeros de pesca de Nicanor, ya mayores, que habían insistido en asistir para honrar la memoria de un hombre que, según todos coincidían, se habría sentido orgulloso del hijo en que se había convertido Gustavo; y hasta algunos de los turistas que visitaban el pueblo aquel fin de semana, atraídos por la curiosidad de presenciar una boda tan comentada en la zona.
—Me alegro muchísimo por vosotros —le dijo Coral a Rosa, antes de que comenzara la ceremonia, con una sonrisa que ya no llevaba ninguna sombra detrás—. Y gracias, de verdad, por no guardarme rencor por aquellas conversaciones tan incómodas de hace unos meses.
—Gracias a ti, Coral. Sin tus advertencias, puede que Gustavo y yo hubiéramos tardado mucho más en aprender a hablar de verdad el uno con el otro.
Don Casimiro, el notario, ofició una lectura improvisada de la carta que Amparo le había dejado a Rosa meses atrás, y cuando llegó a la última línea —«te quiere, siempre, tu abuela»— no hubo un solo ojo seco entre los invitados, ni siquiera el de Gustavo, que llevaba toda la vida jurando que jamás lloraría en público.
—Vuestra abuela, Rosa, era de las mujeres que entendía que el amor de verdad no necesita grandes gestos para ser real —añadió don Casimiro, doblando la carta con cuidado antes de devolvérsela—.
Solo necesita constancia. Y me consta, después de todo lo que ha pasado en este pueblo el último año, que vosotros dos tenéis esa constancia de sobra.
Gustavo, por su parte, había insistido en pronunciar sus propios votos sin ayuda de nadie, a pesar de las protestas de Tomás, que temía que la timidez natural del capitán arruinara el momento.
Pero cuando llegó su turno, con la voz firme y los ojos fijos en Rosa, habló de faros y de tormentas, de anclas que por fin habían encontrado puerto seguro, y aunque ninguna de sus palabras fue tan elegante como las que había practicado la noche anterior frente al espejo, cada una de ellas sonó exactamente como debía sonar el amor cuando por fin deja de tener miedo de sí mismo.
—Rosa Aguilar —dijo, con la voz quebrada por la emoción—.
Llegaste a este pueblo con una carta de tu abuela y una tozudez que me sacó de quicio desde el primer minuto.
Me enseñaste que querer a alguien no significa agarrarse por miedo a la soledad, sino elegir, cada día, sostener a esa persona sin esperar nada a cambio salvo que ella también te sostenga a ti.
Prometo quererte así, con los pies en la tierra y el corazón en el mar, durante el resto de mi vida.
Rosa, con lágrimas que ya no intentaba contener, respondió con sus propios votos, improvisados y torpes, llenos de referencias a mareas y anémonas que solo la mitad de los invitados entendieron del todo, pero que a Gustavo le sonaron como la declaración más hermosa que había escuchado jamás.
—Gustavo Ibarra, pescador imposible y arisco como una gaviota hambrienta, tal como me advirtieron el primer día que pisé este pueblo.
Llegué aquí pensando que solo venía a cumplir una promesa a mi abuela, y en cambio encontré una vida entera que no sabía que necesitaba.
Prometo quedarme, no por miedo a arrepentirme de haberme ido, sino porque cada día, sin excepción, elijo estar aquí, contigo.
Se besaron entre aplausos y vítores, con el mar de fondo y el sol empezando a descender sobre el horizonte, tiñendo la cala del Somorro de los mismos tonos dorados que Rosa había documentado meticulosamente meses atrás en su cuaderno de campo, aunque ninguna medición científica hubiera podido jamás capturar del todo la belleza exacta de aquel instante.
El banquete se prolongó hasta bien entrada la noche, con mesas corridas dispuestas directamente sobre la arena, iluminadas por farolillos que Nala había insistido en colgar de estacas de madera clavadas para la ocasión, recordando inevitablemente a la fiesta del Carmen donde todo había empezado entre ellos meses atrás.
Carmen, sentada junto a Ubaldo durante la cena, encontró en el viejo pescador un interlocutor inesperadamente entrañable, y ambos pasaron buena parte de la noche intercambiando anécdotas sobre Amparo que hicieron reír y llorar a partes iguales a quienes los escuchaban.
—Su madre era una mujer extraordinaria —le dijo Ubaldo a Carmen, alzando su copa de orujo—. Puerto Aliso entero la echa de menos, aunque hoy, viendo a su nieta casarse aquí mismo, siento que de algún modo sigue entre nosotros.
—Gracias, Ubaldo. Significa mucho oír eso, sobre todo viniendo de alguien que la conoció tan bien.
Nala, mientras tanto, coordinaba cada detalle de la celebración con la misma energía imparable que había demostrado organizando cada evento importante de Puerto Aliso los últimos meses, deteniéndose solo ocasionalmente para bailar con Bruno o para asegurarse de que Rosa tuviera siempre una copa de sidra fría en la mano.
—¿Te acuerdas de nuestro primer baile? —preguntó Gustavo, sacando a Rosa a bailar en cuanto la orquesta, la misma que había tocado en la votación del ayuntamiento, empezó con un pasodoble.
—Cómo olvidarlo. Me pisaste tres veces.
—Y aun así aceptaste bailar el resto de la noche conmigo.
—Porque ya entonces sabía que merecías la pena, pescador torpe.
Bailaron hasta bien entrada la madrugada, rodeados de familia, amigos, y un pueblo entero que los había visto enamorarse, discutir, reconciliarse y finalmente comprometerse, con la misma implicación entusiasta con la que seguían cualquier otro acontecimiento importante de Puerto Aliso.
Antes de que la fiesta terminara del todo, Tomás, ya con la voz algo tomada por la emoción y varias copas de sidra, pidió un momento para hacer un brindis improvisado, subiéndose a una silla con más entusiasmo que estabilidad.
—Quiero brindar por Gustavo, mi capitán y mi amigo de toda la vida, que ha tardado treinta y cuatro años en encontrar a la mujer adecuada, pero que cuando la encontró, no dudó ni un segundo en luchar por ella.
Y quiero brindar por Rosa, que llegó a este pueblo con una tozudez que todos aprendimos a querer, y que nos enseñó que a veces hace falta perder algo importante para descubrir lo que de verdad merece la pena conservar.
Por los dos. Que el mar os trate siempre mejor de lo que trató a quienes vinieron antes.
El brindis se coreó entre aplausos y lágrimas, y Casilda, sentada junto a Tomás, le apretó la mano con un orgullo que no necesitaba palabras para expresarse.