El Faro de Puerto Aliso Capítulo 21 — Rosa
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Capítulo 21 — Rosa

Con la cala del Somorro ya protegida oficialmente y el informe archivado en los anales del ayuntamiento como un pequeño hito de la historia reciente de Puerto Aliso, Rosa se encontró, por primera vez en meses, con tiempo libre suficiente para plantearse qué hacer a continuación con su vida.

La respuesta llegó, como tantas otras cosas importantes en su vida reciente, de manera casi accidental, mientras ordenaba las estanterías de El Ancla con Nala una tarde de domingo.

—¿Y si convertimos la trastienda en un pequeño centro de interpretación marina? —propuso Rosa, casi hablando consigo misma—. Podríamos exponer las muestras, los cuadernos de mi abuela, fotografías de la fauna de la cala. Un espacio educativo, además de la librería.

—Eso me encanta, Rosa. Los turistas que vienen ahora a ver la reserva necesitan algún sitio donde aprender sobre lo que están viendo.

—Y podría seguir colaborando con la Universidad de Santander, dando alguna clase ocasional, publicando artículos sobre la cala sin necesidad de mudarme a ningún sitio.

La idea fue tomando forma durante las semanas siguientes, con Gustavo ayudando a construir estanterías nuevas y vitrinas sencillas para exponer el material, y Ferraz, tras la negativa definitiva de Rosa a la plaza de Lisboa, terminó por proponerle, en su lugar, una colaboración externa como investigadora asociada, que le permitiría seguir publicando y participando en proyectos sin necesidad de trasladarse.

Construir el centro de interpretación se convirtió en un pequeño proyecto comunitario: Ubaldo donó viejas fotografías de la lonja de décadas atrás, Deolinda aportó recortes de periódico sobre temporales históricos que guardaba en un baúl desde hacía años, y hasta los niños del pueblo, los mismos que jugaban al fútbol contra la fachada de la lonja el día que Rosa había vuelto, se acercaban curiosos a preguntar si podían ayudar a limpiar las conchas y caracolas que decorarían las vitrinas.

Gustavo, que nunca se había considerado hábil con las manos más allá de reparar motores y remendar redes, descubrió durante aquellas semanas un talento inesperado para la carpintería fina, construyendo con paciencia y precisión las vitrinas de madera donde se expondrían los cuadernos de Amparo y las muestras que Rosa había recolectado a lo largo de más de un año de trabajo de campo.

—Nunca pensé que terminaría siendo carpintero de museos —bromeó una tarde, mientras lijaba con cuidado el borde de una vitrina.

—Pescador, capitán de barco, y ahora carpintero. Vas a tener que actualizar tu currículum —le dijo Rosa, observándolo trabajar con una sonrisa que no intentaba disimular su orgullo.

—Mientras el currículum incluya también «prometido de Rosa Aguilar», me conformo con cualquier otro título que venga acompañado.

—Nunca pensé que este pueblo se implicaría tanto en algo así —comentó Rosa, una tarde, viendo a un grupo de vecinos ayudando a pintar las paredes de la trastienda de un azul suave que recordaba al color del mar en calma.

—Este pueblo se implica en todo lo que de verdad le importa, Rosa. Y tú, sin darte cuenta, te has convertido en algo que le importa mucho.

Los primeros visitantes llegaron apenas dos semanas después de la inauguración informal del centro, un grupo de estudiantes de biología marina de la Universidad de Oviedo que habían oído hablar del caso de la cala del Somorro en una de sus clases y que insistieron en conocer en persona a la investigadora que había conseguido detener un proyecto hotelero con pura evidencia científica.

—Es un honor conocerla, doctora Aguilar —le dijo uno de los estudiantes, un chico joven con gafas redondas que llevaba su propio cuaderno de campo lleno de anotaciones—. Su caso se ha convertido en ejemplo de estudio en varias facultades.

—No lo sabía. Me halaga, pero también me da un poco de vértigo.

—Pues prepárese, porque según nuestro profesor, esto es solo el principio. Casos como el suyo están inspirando a otras comunidades costeras a documentar y proteger sus propios ecosistemas antes de que sea demasiado tarde.

Rosa se despidió de aquel grupo de estudiantes con una calidez genuina, sintiendo que el trabajo de su abuela, iniciado años atrás con un cuaderno forrado de hule y una tozudez heredada, había terminado por trascender mucho más allá de las fronteras de Puerto Aliso.

—No es la plaza que tenía en mente para ti —le había escrito Ferraz, con un tono que Rosa interpretó como resignación cariñosa más que decepción—, pero reconozco que has encontrado algo en ese pueblo que ninguna plaza universitaria te habría podido ofrecer.

Cuídalo bien, Rosa. Y mándame fotos de esas anémonas de vez en cuando.

Rosa respondió aquel correo con una fotografía de la cala del Somorro al atardecer, y una breve nota que decía simplemente: «Gracias por entenderlo, doctora.

Y gracias por creer en mí incluso cuando elegí un camino distinto al que usted había planeado.

» Ferraz respondió apenas unas horas después con un simple «Orgullosa de ti, Rosa.

Siempre lo estaré», que Rosa guardó, imprimiéndolo incluso, junto a la carta de su abuela en el cajón del escritorio.

Mientras tanto, en la panadería, Nala vivía su propia revolución sentimental.

Bruno, que llevaba semanas viajando cada fin de semana desde Santander con una regularidad que empezaba a levantar sospechas, se presentó un sábado con un ramo de flores silvestres y una expresión tan nerviosa que toda la panadería, incluidos los clientes habituales de aquella mañana, adivinaron de inmediato lo que estaba a punto de suceder.

—Nala —dijo Bruno, hincando una rodilla en el suelo cubierto de harina, ante la mirada atónita de la propia Nala y el silencio repentino de toda la tienda—.

Llevo dos años viajando cada fin de semana para verte, y cada vez que me marcho de vuelta a Santander, echo de menos algo que ni siquiera sabía que se pudiera echar de menos tanto. ¿Quieres casarte conmigo?

Nala, con las manos todavía cubiertas de harina, se llevó ambas al rostro, dejando dos manchas blancas en sus mejillas que no le importó en absoluto, y asintió entre lágrimas y risas antes de conseguir articular un «sí» que el pueblo entero, enterado en cuestión de horas gracias a la velocidad habitual de los rumores locales, celebró como si fuera una boda propia.

—¡Por fin! —exclamó Rosa, abrazando a su amiga en cuanto se enteró—. Llevaba meses esperando que alguno de los dos reuniera el valor.

—Fue el valor que él encontró, no yo. Aunque para que conste, ya había decidido darle un ultimátum para Navidad si no se decidía por su cuenta.

Bruno, todavía con las rodillas manchadas de harina del suelo de la panadería, se acercó a Rosa con una sonrisa nerviosa.

—¿Crees que soy lo bastante bueno para ella, Rosa? Llevo meses queriendo preguntárselo a alguien que la conozca de verdad.

—Bruno, llevas dos años demostrándolo cada fin de semana que has hecho ese viaje desde Santander sin faltar ni una sola vez. No necesitas que nadie más te lo confirme.

—Gracias. Necesitaba oírlo de alguien, la verdad.

Rosa le dio un abrazo espontáneo, sintiendo que aquel hombre tímido y trabajador merecía toda la felicidad que Nala llevaba meses proyectando hacia él sin que él terminara de creérselo del todo.

Aquellas semanas de celebraciones compartidas —la cala protegida, el compromiso de Nala— trajeron consigo una sensación de plenitud que Rosa no recordaba haber sentido en años, una certeza tranquila de estar exactamente donde debía estar, rodeada de las personas que debía tener cerca, construyendo una vida que, sin haberlo planeado del todo, se parecía mucho más a la felicidad que cualquier plan cuidadosamente trazado que hubiera tenido antes.

Una noche, mientras cenaban en la cocina de la casa del faro, Gustavo la sorprendió con una pregunta que llevaba días rondándole.

—¿Alguna vez piensas en el futuro, Rosa? Me refiero a más allá del centro de interpretación, más allá de este año.

—A veces. ¿Por qué?

—Por curiosidad. Por saber si ese futuro se parece en algo al que yo tengo en la cabeza.

—¿Y cómo es ese futuro que tienes en la cabeza, Gustavo Ibarra?

—Tiene esta cocina, más o menos igual que ahora, aunque quizás con alguna silla más.

Tiene esta bahía, este faro, este pueblo entero que de algún modo se ha convertido también en el tuyo.

Y te tiene a ti, claro, en el centro de todo, discutiendo conmigo sobre si el pescado necesita más sal o menos, como llevamos haciendo desde el primer día.

—Suena a un futuro bastante bueno.

—A mí también me lo parece.

Rosa lo miró con una sonrisa curiosa, preguntándose qué estaría tramando aquel hombre que llevaba días con una expresión extrañamente satisfecha, sin saber todavía que la respuesta a esa pregunta llegaría antes de lo que ella misma esperaba.