El Faro de Puerto Aliso Capítulo 20 — Gustavo
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Capítulo 20 — Gustavo

La semana de espera transcurrió con una lentitud exasperante.

El comité técnico independiente, formado por dos biólogos de la Universidad de Cantabria y un ingeniero ambiental de Oviedo, pasó tres días completos revisando cada dato del informe de Rosa, tomando sus propias muestras de contraste, y entrevistando a pescadores y vecinos sobre el estado histórico de la cala.

Rosa acompañó al comité durante gran parte de esos tres días, respondiendo a preguntas técnicas con una paciencia que empezaba a agotarse conforme pasaban las horas, aunque nunca dejó de sentir cierta satisfacción al comprobar que, pregunta tras pregunta, sus datos resistían el escrutinio sin fisuras.

—Su metodología es impecable, doctora Aguilar —le comentó, al final del tercer día, la bióloga que lideraba el comité, una mujer de mediana edad con gafas de pasta similar a las de don Casimiro—. Rara vez veo trabajo de campo tan riguroso fuera de un contexto puramente académico.

—Gracias. He tenido buenos maestros, y una razón de peso para hacerlo bien.

—Me lo imagino. Su abuela, si no me equivoco, empezó este trabajo, ¿verdad? Encontramos sus anotaciones originales entre los cuadernos que usted aportó como documentación de respaldo.

—Así es. Llevaba dos años tomando muestras antes de que yo continuara su labor.

—Pues dígale, si tiene ocasión, que hizo un trabajo excelente. Pocas veces vemos ciudadanos particulares documentando ecosistemas con este nivel de detalle sin formación científica formal.

Rosa sonrió, con los ojos algo húmedos, prometiéndose a sí misma que, de algún modo, encontraría la forma de hacerle llegar aquel cumplido a su abuela, aunque solo fuera visitando su tumba aquella misma tarde para contárselo en voz alta.

Gustavo, incapaz de quedarse de brazos cruzados, aprovechó aquellos días para organizar con Tomás una recogida de firmas entre los pescadores del puerto, un gesto simbólico que, según Casilda les había confirmado en el ayuntamiento, podría pesar en el ánimo de los concejales indecisos.

—Firma aquí, hombre, que esto es por el futuro de nuestros hijos —le decía Tomás a cada pescador que se acercaba al muelle, con un entusiasmo que hacía sonreír a Gustavo pese a la tensión de la espera.

—Tomás, tú no tienes hijos.

—Es una forma de hablar, capitán. El futuro de los hijos de otros también cuenta.

Reunieron más de doscientas firmas en apenas dos días, un número considerable para un pueblo del tamaño de Puerto Aliso, y Gustavo se las entregó personalmente a Casilda con una satisfacción que llevaba semanas sin sentir con tanta claridad.

—Esto va a pesar, Gustavo, te lo aseguro —le dijo Casilda, hojeando la lista de firmas con expresión seria—. El concejal de urbanismo llevaba dudando toda la semana, y doscientas firmas de vecinos son difíciles de ignorar en un pueblo donde todos se conocen.

—Eso esperamos.

—Por cierto —añadió Casilda, bajando la voz con una sonrisa cómplice—. Tomás me ha invitado a cenar el sábado. Por cuarta vez.

—Lo sé. Me lo ha contado esta misma mañana, con más nervios de los que jamás le he visto tener frente a una tormenta en alta mar.

—Dile que acepto encantada, aunque prefiero que sea él quien me lo confirme en persona.

Gustavo sonrió, guardándose aquel mensaje para transmitírselo a su amigo con el placer particular de quien por fin puede devolver algunas de las bromas que llevaba meses recibiendo sobre su propia vida amorosa.

El día de la votación definitiva llegó cargado de una tensión que se palpaba en cada rincón del pueblo.

La sala de plenos, de nuevo abarrotada, guardó un silencio expectante mientras el comité técnico presentaba sus conclusiones: el informe de Rosa Aguilar era, en palabras textuales del ingeniero de Oviedo, «meticuloso, riguroso, y concluyente en cuanto al riesgo ecológico irreversible que supondría cualquier intervención constructiva en la zona».

El alcalde, con el semblante de quien ya no tiene margen para dilatar más una decisión que el pueblo entero esperaba, sometió la propuesta a votación: declarar la cala del Somorro reserva marina protegida, rechazando de manera definitiva la solicitud de Costa Cantábrica Desarrollos.

La votación fue unánime.

El estallido de júbilo que siguió al anuncio hizo temblar las paredes de la sala de plenos, y Gustavo, sin poder contenerse, levantó a Rosa en volandas entre los vítores de todo el pueblo, girando con ella en brazos mientras Tomás gritaba algo ininteligible sobre haber ganado, Nala lloraba abrazada a Bruno, que había viajado desde Santander para la ocasión, y hasta Sarasola, presente en la sala con una expresión de derrota que no intentaba disimular, terminó por levantarse y abandonar la sala sin decir una palabra más.

—Doctora Aguilar —dijo Sarasola, deteniéndose un instante junto a Rosa antes de salir definitivamente, con una expresión que mezclaba resignación y un respeto que no había mostrado hasta entonces—. Reconozco cuando he perdido frente a un trabajo mejor que el mío. Enhorabuena.

—Gracias, señor Sarasola. Espero que la próxima vez elija terrenos donde el impacto ambiental sea de verdad asumible.

—Puede que lo haga. O puede que simplemente busque otro sector donde ganar dinero sea menos complicado que enfrentarse a bióloga tan tercas como usted.

Se marchó con una sonrisa cansada que a Rosa le pareció, contra todo pronóstico, casi simpática, y no volvió a saber de él ni de su empresa en Puerto Aliso nunca más.

—¡Lo hemos conseguido! —gritó Rosa, todavía en brazos de Gustavo, con lágrimas de alegría rodándole por las mejillas.

—Lo has conseguido tú, Rosa. Yo solo he sostenido las boyas.

—Y recogido doscientas firmas, y aguantado a un promotor insufrible durante meses, y creído en mí incluso cuando yo misma dudaba.

Esa noche, Puerto Aliso entero celebró en la plaza con una fiesta improvisada que rivalizó en alegría con la mismísima verbena del Carmen, y Gustavo, observando a Rosa bailar con Nala entre risas y confeti improvisado con papel de periódico, se apartó un momento hacia el muelle, donde encontró a Tomás fumando un cigarrillo con la mirada perdida en el mar oscuro.

La orquesta municipal, convocada a toda prisa por el propio alcalde en un gesto de celebración que sorprendió a todo el mundo, tocó hasta bien entrada la medianoche, y hasta Deolinda, que llevaba años sin bailar en público según ella misma contaba a quien quisiera escucharla, se animó a dar unos pasos de pasodoble con Ubaldo, entre las risas cariñosas de todo el pueblo.

—Nunca había visto este pueblo tan feliz de una vez —comentó Rosa, sin aliento tras varios bailes seguidos, mientras se abanicaba con la mano.

—Puerto Aliso sabe celebrar bien las victorias que de verdad importan —respondió Gustavo, ofreciéndole un vaso de agua fresca—. Y esta era de las que importan de verdad.

—¿Todo bien, Tomás?

—Todo estupendo, capitán. Solo pensaba.

—¿En qué?

—En que ya va siendo hora de que yo también deje de tener miedo a decir ciertas cosas en voz alta.

Gustavo lo miró con curiosidad, comprendiendo que su amigo se refería, por fin, a aquella persona misteriosa de la que llevaba meses hablando sin revelar su identidad.

—¿Es Casilda? —preguntó, recordando la mirada que Tomás le dedicaba siempre a la secretaria municipal cuando esta no se daba cuenta.

Tomás se puso colorado hasta las orejas, algo que Gustavo no le había visto hacer jamás en veinte años de amistad.

—¿Tan evidente es?

—Para todos menos para ella, probablemente.

—Voy a invitarla a cenar. Mañana mismo, antes de que el valor se me escape otra vez.

—Ya era hora, Tomás. Llevas meses dándome consejos sobre el amor sin aplicarte el cuento a ti mismo.

Ambos se rieron, y Gustavo, con la euforia de la victoria todavía instalada en el pecho, decidió que también él tenía un paso importante que dar, aunque todavía no fuera el momento exacto de anunciarlo.

—Capitán, ¿en qué piensas? —preguntó Tomás, notando su expresión pensativa.

—En un anillo que guarda mi madre en un cajón desde hace años.

Perteneció a mi abuela materna, la que nunca conocí, porque murió antes de que yo naciera.

Mi padre me contó una vez que era el anillo más bonito que había visto en su vida, y que algún día debería dárselo a alguien que lo mereciera de verdad.

—¿Y crees que ha llegado el momento?

—Creo que llevo semanas sabiendo que ha llegado el momento, Tomás. Solo me falta reunir el valor para hacerlo bien.

Al día siguiente, sin decirle nada a nadie salvo a Tomás, viajó hasta Santander para visitar una joyería que llevaba semanas rondándole la cabeza, con la intención de encargar el engarce de un anillo que había pertenecido a su abuela materna, guardado durante años en el fondo de un cajón de la casa del faro, esperando, sin que Gustavo lo supiera del todo hasta entonces, el momento adecuado para volver a brillar en la mano de alguien que mereciera la pena.

—¿Está seguro de que quiere modificar el engarce original? —le preguntó el joyero, un hombre mayor de manos delicadas que examinaba la pieza con una lupa especial—. Es un trabajo antiguo, de gran calidad, pero el anillo en sí necesitará un ajuste considerable de tamaño.

—Solo quiero que brille como se merece. El tamaño se puede ajustar cuando ella lo lleve puesto.

El joyero sonrió, con la expresión de quien ha visto pasar por su mostrador cientos de historias de amor a lo largo de los años.

—¿Lleva mucho tiempo pensando en esto?

—Toda la vida, sin saberlo. Y unas pocas semanas, sabiéndolo con certeza.

—Esa es la mejor combinación posible, señor. Vuelva en tres días y tendrá el anillo listo.

Gustavo volvió a Puerto Aliso esa misma tarde, con una ligereza en el paso que Tomás no tardó en notar en cuanto lo vio bajar del autobús.

—¿Y bien? ¿Ya está?

—En tres días.

—Tres días, capitán. Vas a tener que aguantar el secreto tres días enteros sin que se te note en la cara, cosa que dudo mucho que consigas.

—Lo conseguiré.

—Ya veremos. Llevas la cara de un hombre que acaba de comprar el anillo de compromiso más importante de su vida, y eso, amigo mío, no se disimula tan fácilmente.