Capítulo 19 — Rosa
El pleno extraordinario del ayuntamiento de Puerto Aliso se convocó para un martes de finales de septiembre, a las seis de la tarde, en la sala de plenos que normalmente solo se llenaba para discutir el presupuesto anual de fiestas patronales.
Aquel día, sin embargo, la sala estaba abarrotada mucho antes de la hora prevista: pescadores, panaderas, vecinas de toda la vida, y hasta algún periodista local que había olido la posibilidad de una buena historia.
Toda la mañana de aquel martes, Puerto Aliso había vivido en un estado de expectación que Rosa no recordaba haber sentido en el pueblo desde la fiesta del Carmen.
En la panadería de Nala, los clientes habituales no hablaban de otra cosa mientras esperaban su pan; en la lonja, los pescadores comentaban entre redes y cajas de pescado las posibilidades de que el ayuntamiento por fin les diera la razón; y hasta Ubaldo, que rara vez se perdía su partida matutina de dominó, había decidido pasarse la mañana entera pegado a la puerta de El Ancla, «por si la doctora necesita algo de última hora».
—Todo el pueblo está pendiente de esto —le dijo Rosa a Gustavo, mientras revisaba por última vez las diapositivas que proyectaría durante su intervención—. Si perdemos, no solo pierdo yo. Perdemos todos.
—No vamos a perder, Rosa. Este informe es sólido como una roca, y lo sabes.
Los días previos a la sesión, Rosa apenas había dormido, revisando cada cifra, cada gráfico, cada posible objeción que el equipo legal de Sarasola pudiera plantear.
Gustavo, preocupado por verla tan tensa, había insistido en que practicara la presentación frente a él, frente a Tomás, incluso frente a Nala, que aunque no entendía ni la mitad de los términos técnicos, aplaudía con entusiasmo genuino cada vez que Rosa terminaba una explicación.
—Si consigues convencer a Nala de que le importan las anémonas, vas a convencer a cualquier concejal del ayuntamiento —le había dicho Gustavo, la noche anterior, mientras Rosa repasaba sus notas por enésima vez en la cocina de la casa del faro.
—Nala ya se preocupaba por las anémonas antes de que yo llegara, Gustavo. Es de las pocas personas de este pueblo que de verdad entiende lo que está en juego más allá de la ciencia.
—Puede ser. Pero también es la persona menos técnica que conozco, y aun así consigues que te entienda perfectamente. Eso dice mucho de tu capacidad de comunicar todo esto mañana.
Rosa llevaba el informe impreso y encuadernado bajo el brazo, ciento veinte páginas de datos, gráficos y conclusiones que representaban meses de trabajo de campo, noches enteras de redacción, y una promesa hecha a una mujer que ya no podía comprobar si se había cumplido.
En la puerta de la sala de plenos, mientras esperaban a que dieran las seis en punto, Rosa se encontró con Nala, que había cerrado la panadería una hora antes de lo habitual solo para poder asistir.
—No tenías que cerrar por esto, Nala.
—Claro que tenía que hacerlo. Esto es historia de Puerto Aliso, Rosa, y pienso estar presente para verla suceder en directo.
Casilda, que pasó junto a ellas cargada de carpetas municipales, se detuvo un instante para desearle suerte a Rosa con una sonrisa cómplice.
—Todo va a salir bien, doctora. El comité técnico ha hablado maravillas de su trabajo, aunque oficialmente no puedo decirle nada más.
—Gracias, Casilda. Necesitaba oír eso.
—¿Estás nerviosa? —preguntó Gustavo, sentado a su lado en la primera fila reservada para los interesados directos.
—Aterrada. Pero también más segura de este informe que de cualquier otra cosa que haya escrito en mi vida.
—Entonces vas a estar magnífica ahí arriba.
Rosa le apretó la mano un instante antes de levantarse, cuando el alcalde, un hombre rechoncho de bigote cuidado que Rosa recordaba vagamente de su infancia, dio paso al primer punto del orden del día.
—Tiene la palabra la doctora Rosa Aguilar, en representación del estudio de impacto ambiental de la cala del Somorro.
Rosa subió al atril con las piernas ligeramente temblorosas, pero en cuanto empezó a hablar, la seguridad de meses de trabajo tomó el control por ella.
Explicó, con un lenguaje que Gustavo la había ayudado a pulir para que resultara accesible sin perder rigor, la existencia de la colonia de anémonas centenarias, los datos sobre biodiversidad recogidos durante meses, y las pruebas fotográficas de sedimento removido que demostraban catas preliminares no autorizadas realizadas por Costa Cantábrica Desarrollos.
Proyectó, una a una, las fotografías submarinas que había tomado a lo largo de los meses: el violeta intenso de las anémonas contrastando con la roca caliza, los bancos de peces refugiándose entre las praderas de posidonia, la comparativa entre el sustrato intacto de hace un año y el sedimento removido de las catas ilegales.
La sala, que al principio había mostrado cierta impaciencia propia de una audiencia poco acostumbrada a presentaciones científicas, fue cayendo poco a poco en un silencio atento, casi reverente.
—Esta cala —continuó Rosa, señalando una última imagen del atardecer sobre el agua— no es solo un activo turístico o un capricho medioambiental.
Es un ecosistema que ha alimentado a este pueblo durante generaciones, que sigue alimentándolo hoy a través de la pesca artesanal, y que representa un patrimonio natural que, una vez destruido, no hay dinero en el mundo capaz de recuperar.
—En resumen —concluyó, tras cuarenta minutos de exposición—, la construcción de cualquier infraestructura hotelera en esta cala supondría un daño ecológico irreversible a un ecosistema que ha tardado siglos en formarse, y que además representa un valor incalculable para la economía pesquera y turística sostenible de este municipio a largo plazo.
El aplauso que siguió a su intervención se prolongó más de lo que cualquier protocolo municipal habría considerado apropiado, y Rosa tuvo que contener las lágrimas al ver a Ubaldo, en la tercera fila, levantarse para aplaudir con más entusiasmo que nadie.
Pero la sesión no terminó ahí. El abogado de Sarasola, un hombre trajeado con maletín de cuero que Rosa no había visto nunca, pidió la palabra para presentar su réplica.
—Con todo el respeto hacia la doctora Aguilar, cuyo trabajo no ponemos en duda, mi cliente considera que este informe exagera deliberadamente el impacto del proyecto, que contempla medidas de mitigación ambiental de última generación.
Además, cuestionamos la independencia de la investigadora, dado su...
vínculo personal con uno de los principales opositores al proyecto.
Un murmullo recorrió la sala, y Rosa sintió que la sangre se le subía a la cara.
—Mi vínculo personal con el señor Ibarra no ha alterado ni un solo dato de este informe —replicó, con una firmeza que sorprendió hasta a ella misma—.
Cada medición, cada fotografía, cada conclusión está respaldada por metodología científica estándar, replicable por cualquier laboratorio independiente que quieran ustedes contratar.
Si lo que buscan es desacreditarme por razones personales en lugar de rebatir los datos con argumentos técnicos, eso dice más sobre la solidez de su posición que sobre la mía.
El alcalde, visiblemente incómodo con el cariz que tomaba la sesión, intervino para poner orden, y tras casi dos horas de debate, deliberación y consultas técnicas adicionales, anunció que la votación definitiva se pospondría una semana, tiempo durante el cual un comité técnico independiente revisaría el informe de Rosa junto con la documentación aportada por Costa Cantábrica Desarrollos.
—Una semana más —murmuró Ubaldo, desde su asiento, con evidente fastidio—. Estos políticos siempre necesitan una semana más para todo.
—Es lo correcto, Ubaldo —lo tranquilizó Rosa, aunque ella misma sentía la misma impaciencia—. Un comité independiente solo puede beneficiarnos, dado lo sólido que es el informe.
—Eso espero, muchacha. Porque como esos de Costa Cantábrica encuentren la manera de colarse por algún resquicio legal, no respondo de lo que el pueblo entero sea capaz de hacer.
Rosa salió de la sala de plenos agotada pero satisfecha, rodeada de vecinos que la felicitaban y le daban palmadas en la espalda, y encontró a Gustavo esperándola en la puerta con una expresión de orgullo que no intentaba disimular en absoluto.
—Has estado increíble ahí dentro.
—Todavía no hemos ganado nada, Gustavo. Una semana más de espera.
—Pero has plantado cara a un abogado carísimo delante de todo el pueblo, y le has dejado sin palabras. Eso ya es una victoria en sí misma.
Esa noche, Nala organizó una cena improvisada en la panadería para celebrar, aunque fuera de manera anticipada, lo que todo el pueblo daba ya por seguro: que la cala del Somorro quedaría protegida para siempre.
Tomás llevó sidra, Ubaldo llevó una botella de orujo casero que insistió en que Rosa probara «para los nervios», y hasta Deolinda se presentó con una bandeja de pastas, comentando que aquella noche merecía celebrarse como se merecían las cosas importantes.
La periodista local que había asistido al pleno se acercó también a la panadería, con su libreta todavía en la mano, pidiendo unas últimas declaraciones para el artículo que publicaría al día siguiente.
—Doctora Aguilar, ¿qué le diría a otros pueblos costeros que se enfrenten a situaciones similares con promotores hoteleros?
—Que la ciencia, bien documentada y bien comunicada, es la mejor arma que existe contra los intereses que anteponen el beneficio económico a corto plazo al patrimonio natural que tardamos siglos en construir.
Y que un pueblo unido, dispuesto a defender lo que le importa, puede conseguir cosas que parecían imposibles.
La periodista tomó nota con entusiasmo, y Rosa, observando después cómo todo el pueblo celebraba a su alrededor, pensó que aquellas palabras, aunque improvisadas, resumían perfectamente todo lo que Puerto Aliso había conseguido en los últimos meses.
—Por Amparo —brindó Rosa, alzando su vaso—. Que empezó esto sin saber cuánta gente terminaría uniéndose a la causa.
—Por Amparo —repitieron todos al unísono, y Rosa sintió, por primera vez desde que había vuelto a Puerto Aliso, que aquel pueblo entero se había convertido, sin que ella lo buscara del todo, en su verdadera familia.
Ya entrada la noche, cuando la mayoría de los invitados se habían marchado y solo quedaban Gustavo, Nala y Tomás recogiendo los últimos vasos de sidra, Rosa se sentó un momento junto a la ventana de la panadería, mirando hacia el muelle oscurecido.
—¿Sabéis qué es lo más curioso de todo esto?
—dijo, en voz alta, aunque más para sí misma que para los demás—.
Que si mi abuela no hubiera muerto, jamás habría vuelto a este pueblo.
Y si no hubiera vuelto, jamás habría conocido a Gustavo, ni habría luchado por esta cala, ni habría encontrado la vida que tengo ahora.
A veces las cosas más dolorosas son las que terminan abriendo la puerta a lo mejor que nos puede pasar.
—Tu abuela lo habría dicho mejor, seguro, con alguna de sus metáforas —comentó Nala, sonriendo con los ojos húmedos—. Pero sí, tienes toda la razón.
Gustavo se sentó a su lado, rodeándola con un brazo, y los cuatro se quedaron un rato más en silencio, contemplando el mar oscuro a través de la ventana, agradecidos por la victoria del día y por la incertidumbre, todavía sin resolver del todo, de todo lo que estaba por venir.