El Faro de Puerto Aliso Capítulo 18 — Gustavo
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Capítulo 18 — Gustavo

Gustavo corrió bajo la lluvia torrencial con una determinación que no sentía desde hacía años, empapado hasta los huesos antes de recorrer la mitad del camino hacia El Ancla, con la certeza cada vez más clara de que estaba a punto de perder lo único que de verdad le importaba si no encontraba, de una vez por todas, el valor de decirlo en voz alta.

Encontró a Rosa en el escaparate de la librería, mirando hacia la calle con expresión perdida, como si llevara horas esperando algo que ni ella misma sabía nombrar. Cuando lo vio entrar chorreando agua sobre el suelo de madera, se quedó paralizada un instante.

—Gustavo, estás empapado...

—No me importa. —Avanzó hacia ella, dejando un rastro de agua tras de sí, sin importarle en absoluto los libros ni el suelo ni nada que no fuera llegar hasta donde estaba ella—.

Tenía razón Coral. Me agarraba a las personas como quien se ahoga porque llevaba media vida convencido de que nadie se quedaría el tiempo suficiente para sostenerme de verdad.

Pero contigo no es eso, Rosa. Contigo no me estoy ahogando.

Contigo, por primera vez en años, siento que puedo respirar.

Rosa se llevó una mano a la boca, con los ojos brillantes de lágrimas contenidas.

—Llevo tres días sin poder dormir —continuó él, acercándose un paso más, dejando charcos a su paso sobre las tablas del suelo—.

Tomás me ha aguantado refunfuñando en el barco, Coral vino a decirme que me equivocaba contigo, y hasta la tormenta de esta noche parece haber esperado a que yo reuniera el valor de venir a decírtelo.

Rosa, no quiero que te quedes por miedo a arrepentirte de haberte ido.

Quiero que te quedes porque, cuando lo pienses con calma, no encuentres ningún sitio en el mundo donde prefieras estar más que aquí, conmigo.

—Eso es mucho pedir.

—Lo sé. Por eso no te lo estoy pidiendo. Solo te estoy diciendo la verdad, y confío en que hagas con ella lo que tengas que hacer.

—Yo también tengo miedo —susurró—. De quedarme y arrepentirme.

De irme y arrepentirme el doble. Llevo seis años huyendo de este pueblo porque me daba miedo no ser suficiente para nada más grande que él, y ahora resulta que lo único grande que he encontrado está justo aquí, empapado en mitad de mi librería.

—Entonces quédate. No por mí, ni por El Ancla, ni por la promesa que le hiciste a tu abuela. Quédate porque quieres, Rosa. Porque este pueblo, con todo lo pequeño y terco que es, todavía tiene sitio para alguien tan grande como tú.

—¿Y si dentro de un año quiero probar otra cosa? ¿Un congreso en otro país, un proyecto en otra costa?

—Entonces iremos juntos, o volveremos juntos, o inventaremos lo que haga falta.

—Gustavo le tomó el rostro entre las manos, todavía frías por la lluvia—.

Llevo toda la vida pensando que quedarse en un sitio era la única prueba de amor que existía.

Tú me has enseñado que a veces el amor también significa estar dispuesto a moverse, con tal de no soltar la mano del otro.

—¿Y la plaza en Lisboa?

—Preséntate a ella si quieres. Acéptala si te la dan y de verdad la quieres. Y luego decidamos juntos cómo hacer que funcione, en lugar de decidir por separado, con miedo, lo que cada uno cree que el otro necesita oír.

Rosa cruzó la distancia que los separaba y lo besó, sin importarle que la ropa empapada de él le mojara también a ella, sin importarle nada que no fuera el alivio inmenso de dejar de fingir que no sentía lo que sentía desde hacía semanas.

—Te quiero, Gustavo Ibarra —dijo contra sus labios, entre risas y lágrimas mezcladas con la lluvia que aún le goteaba del pelo—. Terca, arisca y completamente enamorada de un pescador imposible.

—Y yo te quiero a ti, bióloga mandona, más de lo que he querido nada en toda mi vida.

Se quedaron abrazados un buen rato, empapados los dos, dejando que la tormenta rugiera fuera mientras dentro de El Ancla, entre libros y recuerdos de Amparo, algo que había estado a punto de romperse volvía a coserse, quizás más fuerte que antes por haber pasado la prueba de la primera tormenta de verdad.

—Menos mal que Amparo no está aquí para ver el charco que hemos dejado en su suelo —dijo Rosa, con una risa temblorosa todavía cargada de lágrimas recientes.

—Seguro que nos lo habría perdonado. O nos habría cobrado la limpieza en chocolate caliente durante un mes.

Rosa se rió de verdad esta vez, apoyando la frente contra el pecho de Gustavo, empapado y cálido a la vez, y por un momento, ninguno de los dos sintió la necesidad de decir nada más, dejando que el silencio compartido terminara de sellar la reconciliación que las palabras ya habían iniciado.

—Vamos a casa —dijo Gustavo por fin, tomándola de la mano—. Estás temblando.

—Tú también.

—Entonces vamos a temblar juntos, que es mejor que hacerlo cada uno por su lado.

Caminaron hacia el faro bajo la lluvia que ya empezaba a amainar, y esa noche, mientras la tormenta seguía descargando su furia sobre Puerto Aliso, subieron juntos a la casita, y se amaron de nuevo, esta vez sin miedo ni preguntas pendientes, con la certeza tranquila de quien ya no necesita agarrarse a nada porque por fin ha encontrado un lugar donde quedarse por elección y no por desesperación.

Fuera, el faro seguía girando, indiferente a la tormenta, iluminando el camino de vuelta a casa para cualquiera que se hubiera perdido en el mar.

A la mañana siguiente, con la tormenta ya completamente amainada y el sol asomando tímidamente entre las nubes que todavía cubrían la bahía, Rosa se despertó entre los brazos de Gustavo con una sensación de paz que llevaba días sin experimentar.

—¿Sabes qué he decidido? —murmuró, con la cabeza apoyada en su pecho.

—¿Qué?

—Que voy a rechazar la plaza de Lisboa.

Gustavo se incorporó ligeramente, mirándola con una seriedad que dejaba claro que no quería que aquella decisión se tomara a la ligera, ni mucho menos por él.

—Rosa, no quiero que renuncies a nada por mi culpa.

—No es por tu culpa. Es porque, cuando de verdad me paro a pensar qué es lo que quiero, la respuesta no está en un departamento de Lisboa, por prestigioso que sea.

Está aquí, en esta cala, con estas anémonas, contigo.

—Rosa le sonrió, con una certeza que ya no dejaba lugar a dudas—.

Puedo seguir investigando desde aquí, colaborando con la universidad de Santander, publicando artículos sobre esta misma cala durante años.

No necesito Lisboa para sentirme realizada, Gustavo.

Solo necesitaba dejar de tener miedo de admitirlo.

Gustavo la besó con una ternura que decía más que cualquier palabra, y esa mañana, mientras el sol terminaba de abrirse paso entre las nubes de la tormenta ya pasada, ambos supieron, sin necesidad de pronunciarlo en voz alta, que lo peor de la travesía había quedado atrás.

—¿Y qué le vas a decir a Ferraz? —preguntó Gustavo, mientras preparaba el desayuno.

—La verdad. Que he encontrado algo aquí que vale más para mí que cualquier plaza universitaria, por prestigiosa que sea. Que puedo seguir investigando, publicando, colaborando con la universidad de Santander sin necesidad de mudarme a Lisboa.

—Se va a llevar un disgusto.

—Se le pasará. Y si no, tendrá que aceptarlo, porque esta vez, por primera vez en mi vida, no voy a dejar que el miedo a decepcionar a alguien más decida por mí lo que de verdad quiero.

Gustavo la abrazó por detrás mientras ella escribía el correo de respuesta a Ferraz, y juntos, apoyados el uno en el otro, vieron cómo las últimas nubes de la tormenta se disipaban sobre la bahía, dejando paso a un cielo azul intenso que parecía, a su manera, celebrar también la reconciliación de aquellas dos almas tercas que por fin habían aprendido a flotar juntas.

Más tarde esa misma mañana, cuando bajaron juntos al muelle, encontraron a Tomás esperándolos con una sonrisa de oreja a oreja que no necesitaba explicación alguna.

—Vaya, vaya. Menos mal que por fin habéis arreglado esa cara de funeral que traíais los dos.

—Cállate, Tomás —dijo Gustavo, aunque sin verdadero enfado, tomando a Rosa de la mano frente a él sin ningún reparo.

—No me callo nada, capitán. Llevo tres días aguantando tus silencios, así que ahora me toca a mí disfrutar de veros felices otra vez.

—Tomás les guiñó un ojo a ambos—. Y ya que estamos, ¿zarpamos?

Que la cala del Somorro no se va a documentar sola, y por lo que veo, hoy va a ser un día de trabajo mucho más productivo que los últimos tres.

Rosa y Gustavo se rieron, subiendo a bordo de La Golondrina con una ligereza que llevaba días ausente entre ellos, y mientras zarpaban hacia la cala bajo un cielo recién lavado por la tormenta, ambos supieron que, fuera cual fuese el rumbo que tomaran las cosas a partir de entonces, habían aprendido algo esencial: que el amor de verdad no consistía en evitar las tormentas, sino en aprender a atravesarlas juntos.