El Faro de Puerto Aliso Capítulo 17 — Rosa
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Capítulo 17 — Rosa

Los dos días siguientes a la discusión transcurrieron para Rosa en una especie de espera suspendida, revisando una y otra vez el informe ya casi terminado sin atreverse a presentarlo, y mirando hacia el pantalán cada vez que pasaba frente a la ventana de El Ancla, como si esperara ver aparecer a Gustavo doblando la esquina en cualquier momento.

Él no apareció. Y aunque Rosa se dijo a sí misma que aquello era prueba suficiente de que se había equivocado al confiar en un hombre tan terco como el mar que llevaba toda la vida navegando, en el fondo sabía que el silencio de Gustavo no era indiferencia, sino la misma clase de miedo que ella llevaba arrastrando, solo que vestido con otra ropa.

Al amanecer del segundo día, incapaz de seguir dando vueltas en la cama, bajó a la panadería antes incluso de que Nala hubiera terminado de encender el horno, y se sentó en un taburete de la trastienda mientras su amiga amasaba con las manos cubiertas de harina hasta los codos.

—Le dije cosas horribles a Gustavo.

—¿Y qué te dijo él a ti?

—Cosas igual de horribles, la verdad. Pero con más razón que yo.

Nala dejó la masa a reposar bajo un trapo húmedo y se sentó frente a Rosa, limpiándose las manos en el delantal con gesto pausado.

—Mira, cielo, yo no sé nada de anémonas ni de biología marina, pero sé un par de cosas de miedo, porque llevo media vida viendo cómo la gente de este pueblo se marcha o se queda por las razones equivocadas.

Tu abuela se quedó porque amaba este lugar más que a cualquier otra cosa en el mundo, y jamás se arrepintió.

Tu madre se fue persiguiendo una vida que nunca llegó a alcanzar del todo, y tampoco la culpo por intentarlo.

Pero tú, Rosa, tienes que decidir qué clase de mujer quieres ser, no por miedo a parecerte a una o a la otra, sino porque de verdad es lo que quieres.

—¿Y si me quedo por él y luego resulta que no era lo correcto?

—Entonces lo sabrás, y lo afrontarás, como has afrontado todo lo demás en tu vida. Pero no te vayas de este pueblo otra vez por miedo a quedarte, Rosa. Eso ya lo hiciste una vez, y mira lo que te costó.

Las palabras de Nala se le quedaron a Rosa rondando por dentro durante el resto del día, mientras terminaba de organizar los últimos datos del informe, y esa tarde, al fin, volvió a llamar a su madre, necesitando escuchar de nuevo la voz que tanto la había ayudado semanas atrás.

Antes de la llamada, sin embargo, sintió la necesidad de volver a la cala del Somorro, sola esta vez, sin Gustavo ni Tomás ni ningún equipo de muestreo, simplemente para sentarse en las rocas y pensar con calma.

Caminó hasta allí a pie, por el sendero del acantilado que conocía de memoria desde la infancia, y se sentó en el mismo saliente donde, siendo adolescente, había visto su primer amanecer entero sin dormir.

El agua, aquella tarde nublada, tenía un color gris verdoso que Amparo habría descrito sin duda con alguna metáfora sobre estados de ánimo, y Rosa se quedó mirándola largo rato, pensando en las anémonas violeta que dormían bajo la superficie, ajenas por completo a todo el drama humano que se libraba sobre sus cabezas por culpa de un hotel, de una plaza universitaria, de dos personas tercas que no sabían cómo decirse la verdad sin herirse.

—¿Qué harías tú, abuela? —preguntó en voz alta, sin esperar respuesta, dejando que el viento se llevara la pregunta hacia el mar abierto.

No obtuvo ninguna señal sobrenatural, ningún destello de claridad instantánea, pero sí encontró, en aquella soledad tranquila junto al agua, el espacio necesario para reconocer, sin la interferencia de discusiones ni advertencias ajenas, lo que de verdad sentía: que quería a Gustavo, que quería quedarse en Puerto Aliso, y que la plaza en Lisboa, por prestigiosa que fuera, ya no representaba la vida que de verdad deseaba construir.

Volvió a El Ancla con esa certeza recién descubierta instalada en el pecho, y fue entonces, ya de vuelta en casa, cuando por fin llamó a su madre.

Antes de marcharse de la cala, sin embargo, se quedó un rato más grabando en su cuaderno de campo, casi por costumbre, un último apunte que no tenía nada que ver con datos científicos: «He decidido quedarme.

No por Gustavo, no por El Ancla, sino porque por primera vez en mi vida sé, con toda certeza, que esto es lo que quiero.

Abuela, espero que estés orgullosa, dondequiera que estés. »

Cerró el cuaderno con una sonrisa, guardándolo en la mochila junto a las muestras que llevaba semanas recolectando, y emprendió el camino de vuelta al pueblo con un paso más ligero del que había tenido en días.

De camino, se cruzó con Deolinda, que barría la entrada de su casa con la parsimonia habitual.

—Muchacha, traes otra cara hoy. Mejor cara.

—He tomado una decisión importante, Deolinda.

—Me alegro por ti. Este pueblo necesita gente que sepa tomar decisiones importantes, en lugar de dejarse llevar por la corriente como hacen tantos otros.

—La mujer volvió a su escoba, con una sonrisa satisfecha—.

Anda, ve a decírselo a quien tengas que decírselo, que seguro que se muere de ganas de escucharlo.

Rosa siguió su camino con una sonrisa renovada, sin saber todavía que aquella misma noche, antes de que tuviera ocasión de buscar a Gustavo por su propia iniciativa, sería él quien encontraría el valor de dar el primer paso.

—¿Otra vez tú? —bromeó Carmen al descolgar, aunque el tono de preocupación se le notó enseguida—. ¿Qué pasa, hija?

—Hemos discutido. Gustavo y yo. Feo, además.

—¿Por qué?

—Porque me han ofrecido una plaza de investigadora en Lisboa, y no sé qué hacer, y él tiene miedo de que me vaya, y yo tengo miedo de convertirme en ti, mamá, y no supimos decirnos nada de eso sin hacernos daño.

Carmen se quedó en silencio un momento al otro lado de la línea.

—Rosa, escúchame bien. Convertirte en mí no es el peor destino posible del mundo, aunque yo misma haya pasado años pensando que sí lo era.

Pero si de verdad te preocupa repetir mis errores, entonces no cometas el más grande de todos: no dejes que el miedo a decidir mal te impida decidir nada en absoluto.

Habla con él. De verdad, sin gritos, sin reproches.

Y luego decide, con toda la información posible, qué es lo que realmente quieres, no lo que crees que deberías querer para no parecerte a nadie.

—¿Y si decido quedarme, mamá? ¿Y si renuncio a la plaza de Lisboa?

—Entonces habrás tomado una decisión, Rosa, que es mucho más de lo que yo hice durante media vida.

Yo nunca decidía quedarme ni irme del todo.

Simplemente huía, cada vez que las cosas se ponían difíciles, y llamaba a eso libertad.

Tú pareces estar haciendo algo distinto: pensarlo de verdad, con el corazón y con la cabeza a la vez. Eso ya te hace mejor que yo en esto.

—No digas eso, mamá.

—Es la verdad, hija, y ya va siendo hora de que ambas dejemos de fingir lo contrario. Ahora ve, habla con tu pescador, y hazlo con el corazón en la mano, sin miedo a que se rompa. A veces romperse un poco es la única manera de aprender a querer de verdad.

Rosa colgó el teléfono con una claridad nueva instalada en el pecho, y esa misma noche, incapaz de conciliar el sueño, sacó el cuaderno forrado de hule de su abuela y lo releyó, por enésima vez, buscando consuelo en las anotaciones garabateadas junto a los datos de temperatura y salinidad.

En una de las últimas páginas, fechada apenas dos semanas antes de morir, encontró una anotación que no tenía nada que ver con anémonas ni con corrientes marinas: «Si Rosa alguna vez vuelve, espero que aprenda lo que a mí me costó media vida entender: que quedarse no es rendirse, y que irse no siempre es valentía.

A veces, lo más valiente es dejar que alguien te sostenga.

Y otras veces, lo más valiente es sostener tú a alguien más, sin miedo a que el peso te hunda también a ti.

El amor de verdad no funciona por turnos, Rosa.

Funciona porque los dos aprendéis a flotar juntos. »

Rosa cerró el cuaderno con los ojos anegados en lágrimas, comprendiendo que su abuela, incluso desde la muerte, seguía encontrando el modo de decirle exactamente lo que necesitaba escuchar en el momento preciso.

Decidió, esa misma noche, que en cuanto amaneciera iría a buscar a Gustavo, dispuesta a decirle todo lo que llevaba días callándose por orgullo, por miedo, por la misma herencia de huida que ambos parecían compartir sin haberlo planeado.

Bajó a la cocina, incapaz de conciliar el sueño, y encontró a Nala esperándola con una taza de manzanilla, como si hubiera intuido que aquella noche Rosa necesitaría compañía aunque no la pidiera en voz alta.

—No podía dormir —confesó Nala, aunque ambas sabían que había bajado precisamente por Rosa—. ¿Qué tal la llamada con tu madre?

—Reveladora. Voy a ir a buscar a Gustavo mañana. Voy a decirle que me quedo, que renuncio a la plaza de Lisboa, que quiero construir mi vida aquí, con él.

Nala sonrió, con los ojos brillantes de una emoción que no intentó disimular.

—Ya era hora, cielo. Aunque, para que conste, ya sabía que ibas a decidir esto desde el primer día que te vi mirarlo en el muelle con esa cara de fastidio tan sospechosa.

—Todavía no me lo creo yo misma del todo.

—Créetelo. Y ahora vete a dormir, aunque sea un par de horas, que mañana necesitas tener la cabeza despejada para una conversación tan importante.

Pero el amanecer trajo consigo, en cambio, el cielo más oscuro que Rosa había visto sobre Puerto Aliso en meses, cargado de nubarrones que anunciaban una tormenta capaz de rivalizar con cualquier otra de las que el pueblo recordara, y Rosa, mirando por la ventana de El Ancla con el corazón encogido, se preguntó si el mismo cielo no estaría, a su manera, reflejando la tormenta que llevaba días librándose en su propio pecho.