Capítulo 16 — Gustavo
Gustavo pasó tres días evitando el pantalán donde sabía que Rosa solía sentarse a esperar la marea baja, y tres noches sin poder dormir, dándole vueltas a cada palabra que le había lanzado como piedras en la librería de Amparo.
Volvía a comer solo en la casa del faro, calentando restos de guisos que ya no le sabían igual sin la compañía de Rosa al otro lado de la mesa, y más de una vez se sorprendió alcanzando dos tazas del armario antes de recordar que ella no estaba allí para llenarlas.
Sacó la guitarra de su padre un par de noches, buscando en las cuerdas algo del consuelo que le había dado tocar para Rosa en la proa de La Golondrina, pero las canciones le salían torcidas, incompletas, como si también la música hubiera decidido guardarle rencor por las palabras que había dejado escapar en la librería.
Tomás, que lo conocía desde niños, no tardó en darse cuenta de que algo iba mal.
El segundo día de aquella distancia insoportable, Gustavo caminó hasta el pequeño cementerio del pueblo, algo que no hacía con frecuencia, y se sentó frente a la lápida sencilla de su padre, con el nombre de Nicanor Ibarra grabado en letras ya desgastadas por la sal y el tiempo.
—No sé qué hacer, viejo —murmuró, sentado sobre la hierba húmeda—. La quiero, y la estoy espantando con el mismo miedo que tú nunca supiste manejar. Dime que no voy a terminar como tú, ahogándome en algo que ni siquiera me hace sentir mejor.
La lápida, por supuesto, no respondió, pero Gustavo se quedó allí un buen rato, dejando que el silencio del cementerio le ofreciera algo parecido a la claridad que llevaba días buscando sin encontrar.
Pensó en Amparo, en el favor que le debía, en el modo en que aquella mujer había conseguido, incluso desde la muerte, unir dos vidas que de otro modo jamás se habrían cruzado.
Y pensó, sobre todo, en Rosa, en su risa, en su terquedad, en la manera exacta en que fruncía el ceño al concentrarse en sus muestras, y comprendió, con una claridad que le dolió en el pecho, que el miedo a perderla no justificaba de ningún modo el hecho de estar, precisamente por ese miedo, empujándola cada día un poco más lejos.
Volvió al pueblo con una determinación nueva, aunque el orgullo, terco como siempre, todavía tardaría un par de días más en ceder del todo.
Esa tarde, mientras ordenaba aparejos en el barco sin verdaderas ganas de trabajar, Tomás se sentó a su lado con dos cervezas frías que había comprado en el bar del puerto.
—¿Has ido al cementerio?
—¿Cómo lo sabes?
—Porque te conozco desde niños, capitán, y esa cara solo la pones después de hablar con tu padre. —Tomás le tendió una de las cervezas—. ¿Y bien? ¿Te ha respondido el viejo, aunque sea desde donde esté?
—A su manera. —Gustavo le dio un trago a la cerveza, dejando que el silencio se instalara un momento entre ambos—. Creo que voy a ir a buscarla, Tomás. En cuanto reúna el valor suficiente para tragarme el orgullo.
—Eso espero, capitán. Porque como dejes que esa mujer se te escape por terquedad, te juro que soy yo mismo quien te tira al mar de una patada.
Gustavo se rió, la primera risa genuina en tres días, y aquella noche, cuando la tormenta empezó a formarse sobre el horizonte, sintió que por fin había encontrado la determinación que llevaba días buscando sin éxito.
Se quedó un rato más en el muelle después de que Tomás se marchara, viendo cómo las nubes negras se acumulaban sobre la bahía, presagiando la tormenta que Deolinda, con su sabiduría de siempre, ya había anunciado sin saberlo días atrás.
Pensó en todas las tormentas que había capeado en su vida, literales y de las otras, y comprendió, con una claridad que le sorprendió por lo sencilla que resultaba, que aquella noche no pensaba dejar que ninguna tormenta, del tipo que fuera, se interpusiera entre él y la mujer que amaba.
—Llevas la cara de un hombre que ha perdido algo importante en el fondo del mar —le dijo, mientras remendaban una red en el muelle bajo un cielo cargado de nubes de tormenta—. Y no me refiero a ninguna herramienta.
—No quiero hablar de ello, Tomás.
—Pues vas a tener que escucharlo igual, porque llevo veinte años aguantando tus silencios y ya no me quedan ganas.
—Tomás dejó la aguja de zurcir a un lado y lo miró con una seriedad poco habitual en él—.
Esa mujer te ha cambiado, Gustavo. Para bien, quiero decir.
Llevabas años sin tocar esa guitarra, y de repente te oigo tararear canciones enteras mientras revisas el motor.
¿Vas a dejar que el miedo te quite eso también, como te quitó todo lo demás?
—No es tan sencillo.
—Nunca lo es. Pero tampoco es tan complicado como tú lo estás haciendo.
Gustavo no respondió, aunque las palabras de Tomás se le quedaron rondando por dentro como una boya que no dejaba de golpear contra el casco.
Esa tarde, mientras recogía las redes ya remendadas, vio a Coral aparecer por el muelle con expresión seria, algo insólito en una mujer que solía llevar la sonrisa como una armadura permanente.
—He hablado con Rosa —dijo Coral, sin preámbulos—. Y creo que le hice más daño del que pretendía.
—¿Qué le dijiste exactamente?
—La verdad, tal como yo la veía. Que te agarras al amor como quien se ahoga.
—Coral suspiró, cruzándose de brazos frente al mar gris de la tormenta que se aproximaba—.
Pero llevo pensándolo estos días, y creo que me equivoqué.
Tú no te agarrabas a mí porque me quisieras de verdad, Gustavo.
Te agarrabas porque yo estaba ahí y era más fácil que quedarte solo.
Con Rosa es distinto. La miras de un modo que nunca me miraste a mí, ni a nadie que yo recuerde.
Eso no es ahogarse. Eso es, simplemente, querer.
Gustavo sintió que algo se le desatascaba en el pecho, una tensión que llevaba arrastrando desde la marcha de Elena, quizás desde mucho antes.
—Le dije cosas horribles.
—Pues ve y dile cosas mejores. Antes de que la marea de verdad se la lleve.
—¿Por qué me ayudas, Coral? Después de todo lo que pasó entre nosotros.
Coral se quedó pensativa un momento, con la mirada perdida en el horizonte gris.
—Porque he conocido a alguien, Gustavo. Se llama Andrés, es pintor, viene de Bilbao, y por primera vez en años entiendo la diferencia entre agarrarse a alguien por miedo y quererlo de verdad.
Y no me parece justo que tú te quedes sin descubrir esa diferencia solo porque yo tardé demasiado en encontrarla.
Gustavo la miró con una gratitud que no supo bien cómo expresar en palabras, y Coral, como si hubiera anticipado su torpeza habitual, le ahorró el esfuerzo con una sonrisa sincera, la primera que Gustavo le veía desde hacía mucho tiempo que no llevara ninguna sombra detrás.
—¿Cómo lo conociste? A Andrés.
—En una exposición en Santander, hace tres meses.
Me pasé media tarde fingiendo entender de arte contemporáneo solo para seguir hablando con él.
—Coral se rió, con una ligereza que Gustavo no le conocía—.
Es raro, Gustavo. Con él no siento la necesidad de demostrar nada, ni de competir con fantasmas del pasado.
Simplemente... es fácil. Nunca pensé que el amor pudiera ser fácil.
—Me alegro mucho por ti, de verdad.
—Y yo me alegraré por ti en cuanto arregles las cosas con Rosa. Que para eso hemos tenido esta conversación tan sincera, ¿no?
—Ve a buscarla, Gustavo. Antes de que sea demasiado tarde.
Gustavo se quedó un rato más en el muelle después de que Coral se marchara, viendo cómo el cielo se oscurecía sobre la bahía con la tormenta que se aproximaba, y sintió, por primera vez en tres días, que la opresión en el pecho empezaba a aflojarse un poco, sustituida por una determinación que llevaba tiempo sin experimentar con esa claridad.
La tormenta rompió esa misma noche con una furia que Puerto Aliso no había visto en años.
Gustavo, que llevaba toda la tarde debatiéndose entre el orgullo y la certeza cada vez más clara de que estaba a punto de perder lo único que de verdad le importaba, se quedó un buen rato en el porche, viendo cómo la lluvia empezaba a caer con fuerza sobre la bahía, hasta que por fin, incapaz de seguir aguantando la distancia ni un minuto más, salió corriendo hacia El Ancla bajo el aguacero, empapado hasta los huesos antes de recorrer la mitad del camino.