Capítulo 15 — Rosa
Los días siguientes transcurrieron con una tensión sostenida que ninguno de los dos sabía bien cómo romper.
Rosa se refugió en el trabajo del informe con una dedicación casi obsesiva, como si terminar cuanto antes aquel proyecto pudiera, de algún modo, resolver también la confusión que llevaba días instalada en su pecho.
Gustavo, por su parte, se volvió más callado de lo habitual, más brusco en sus respuestas, como si hubiera vuelto a levantar, sin darse cuenta del todo, las mismas defensas que Rosa creía haber conseguido derribar semanas atrás.
—Esto no puede seguir así —dijo Rosa, una tarde, encontrando por fin el valor de sacar el tema directamente, sentados los dos en la cocina de El Ancla, donde había ido a recoger unos documentos—. Llevamos días sin apenas hablarnos.
—Estoy aquí, hablando contigo ahora mismo.
—No es lo mismo, Gustavo, y lo sabes.
Él se pasó una mano por el pelo, con un gesto de frustración que Rosa reconoció como genuino.
—No sé qué quieres que haga, Rosa. Me dices que Ferraz te ha ofrecido la plaza de tus sueños, que no sabes cuánto tiempo más te queda aquí, y esperas que yo actúe como si eso no me afectara.
—No espero que no te afecte. Espero que confíes en que voy a tomar la decisión correcta, sea cual sea, sin necesidad de presionarme.
—¿Cómo quieres que no te presione, Rosa, cuando cada día que pasa siento que te acercas un poco más a la puerta de salida?
—Eso no es justo. Llevo semanas construyendo una vida aquí, contigo, con este pueblo. No puedes reducir todo eso a una puerta de salida solo porque tengo dudas normales sobre mi futuro profesional.
—¿Y cuál sería la decisión correcta, según tú?
—No lo sé, Rosa. Por eso te pregunto.
—¡No lo sé! ¡Por eso necesito tiempo, Gustavo, y tú me lo estás poniendo todavía más difícil con esa cara de reproche permanente!
—Puede que no sea justo —replicó él, alzando también la voz—. Pero tampoco es justo que me culpes por tener miedo cuando tú ni siquiera sabes decirme si te vas a quedar.
—¿Y qué quieres que te diga, Gustavo? ¿Que me quedo aquí para siempre porque tú tienes miedo de que me vaya? Eso no es una decisión, es una condena disfrazada de amor.
—No te estoy condenando a nada. Solo te estoy pidiendo sinceridad, algo que llevas semanas esquivando como si fuera un anzuelo.
—¿Sinceridad? Llevo semanas siendo más sincera contigo de lo que he sido con nadie en mi vida, Gustavo. Te he contado lo de mi madre, lo de mis miedos, lo de todo lo que llevo arrastrando desde hace años. ¿Y tú me lo agradeces acusándome de esquivar preguntas?
—No te acuso de nada. Solo digo que necesito saber en qué terreno estoy pisando.
—¡Pues yo también necesito saberlo, y no lo sé, y eso no me convierte en mentirosa, me convierte en humana!
—¡Porque no lo sé, Gustavo! ¡No lo sé, y me aterra no saberlo, y me aterra todavía más que tú necesites una respuesta que ni yo misma tengo!
Su voz resonó entre los estantes de libros con una fuerza que sorprendió a ambos, y por un instante, ninguno supo qué decir a continuación, atrapados los dos en un silencio tan cargado que casi dolía respirar dentro de él.
—Quizás Coral tiene razón en algo más —dijo Gustavo por fin, con una voz que sonó rota de un modo que a Rosa se le clavó en el pecho—.
Quizás sí me estoy agarrando a ti como quien se ahoga.
Pero eso no lo convierte en mentira lo que siento.
Solo significa que tengo miedo, Rosa. Miedo de que en cuanto tengas la excusa perfecta, hagas lo mismo que hizo Elena.
Lo mismo que hiciste tú misma hace seis años, cuando decidiste que este pueblo no bastaba.
Las palabras le dolieron más de lo que Rosa esperaba, precisamente porque llevaban dentro una verdad que ella no había querido nombrar.
—Eso no es justo.
—Puede que no. Pero tampoco es justo que me culpes por tener miedo cuando tú ni siquiera sabes decirme si te vas a quedar.
—Ya lo has dicho antes.
—Porque necesito que entiendas que no es un capricho, Rosa. Es real.
—Lo sé. Y precisamente por eso me duele tanto que no confíes en mí lo suficiente para dejarme pensar sin sentir que cada silencio mío es una traición.
Se quedaron mirándose, agotados los dos por la discusión, sin encontrar ya las palabras que pudieran tender un puente sobre la distancia que se había abierto entre ambos en cuestión de minutos.
—Necesito estar sola un rato —dijo Rosa finalmente, con la voz quebrada.
Gustavo cogió su chaqueta del respaldo de la silla con un gesto brusco y se marchó sin decir nada más, dejando a Rosa sola en la librería, rodeada del olor a papel viejo y sal, con el corazón latiéndole tan fuerte que le dolían las costillas.
Se quedó allí un buen rato, sentada entre los estantes de su abuela, escuchando el eco de sus propias palabras todavía resonando en el aire, preguntándose cómo una conversación que había empezado con la intención de acercarlos había terminado por abrir una grieta que ninguno de los dos parecía saber cómo cerrar.
Pensó en llamarlo, en salir corriendo tras él, pero el orgullo, tan terco como el de Gustavo, la mantuvo clavada en aquella silla hasta que el sol terminó de ponerse sobre la bahía.
Esa noche no durmió. Se sentó en el suelo del cuarto de su abuela, rodeada de cuadernos de investigación y fotografías amarillentas, y por primera vez desde que había llegado, se permitió llorar de verdad: por Amparo, por Gustavo, por la vida a medio construir en Lisboa que ya no sabía si quería terminar, y por el miedo, tan parecido al de Gustavo, de agarrarse a algo tan intenso y perderlo de todas formas.
En algún momento de la madrugada, agotada de llorar, se quedó dormida sobre el suelo, rodeada de papeles, y soñó con su abuela, joven todavía, sentada tras el mostrador de El Ancla sirviendo chocolate caliente a un Emilio Sotolongo que sonreía con la misma mirada seria de la fotografía en blanco y negro, y con Gustavo, presente también en el sueño de una manera confusa, mezclado con los pescadores que Amparo atendía cada amanecer, como si todas las historias de amor de aquel pueblo estuvieran, en el fondo, hechas de la misma sustancia.
Al día siguiente, agotada y con los ojos hinchados, encontró a Íñigo Sarasola esperándola a la puerta de El Ancla con su carpeta de siempre y una sonrisa comercial que a Rosa le revolvió el estómago todavía más de lo habitual.
—Doctora Aguilar. Espero no llegar en mal momento.
—Llega usted siempre en mal momento, señor Sarasola. Dígame qué quiere y terminemos con esto cuanto antes.
—Mi empresa está dispuesta a financiar una beca de investigación completa, con su nombre, en la universidad que usted elija, a cambio de ciertos ajustes en las conclusiones del estudio. Nada que comprometa su ética, entiéndame. Solo matices.
—Los matices que usted busca costarían la vida de una colonia de anémonas que lleva siglos ahí. No hay beca que compre eso.
—Piénselo con calma. No todos los días se le ofrece a una investigadora la oportunidad de labrarse una carrera sin las estrecheces habituales del mundo académico.
—Ya tengo la carrera que quiero, señor Sarasola. Y no está en venta.
Rosa cerró la puerta de la librería con más fuerza de la necesaria, y se quedó apoyada contra la madera, pensando en lo fácil que habría sido para su propia madre, una mujer que había cambiado tres veces de ciudad y dos de carrera profesional persiguiendo siempre una vida mejor que nunca llegaba a alcanzar del todo, aceptar una oferta así sin pestañear.
Rosa había crecido viendo esa inquietud, ese descontento crónico, y una parte de ella llevaba media vida aterrada de haber heredado el mismo defecto: la incapacidad de quedarse quieta el tiempo suficiente para que algo bueno echara raíces.
Se quedó un rato más apoyada contra la puerta, respirando hondo, tratando de calmar el pulso acelerado que la visita de Sarasola siempre le dejaba, hasta que Nala, alertada por el ruido de la puerta al cerrarse con tanta fuerza, bajó desde la trastienda con expresión preocupada.
—¿Otra vez ese hombre?
—Otra vez. Cada vez insiste más, Nala. Y con Gustavo sin hablarme, empiezo a sentir que libro esta batalla completamente sola.
—No estás sola, Rosa. Me tienes a mí, y a Tomás, y a media Puerto Aliso deseando que ese hotel jamás se construya. Gustavo va a entrar en razón, dale tiempo.
—Eso espero.
Quizás por eso las palabras de Gustavo le habían dolido tanto.
Quizás, pensó esa noche, tumbada a oscuras, temía marcharse de Puerto Aliso no porque Lisboa la llamara con más fuerza, sino porque una parte antigua de ella todavía no confiaba en su propia capacidad de quedarse en ningún sitio, con nadie, el tiempo suficiente para que mereciera la pena.