Capítulo 14 — Gustavo
Gustavo notó el cambio antes de que Rosa dijera una sola palabra al respecto.
Llevaban semanas compartiendo cada silencio con la naturalidad de quien ya no necesita llenar el aire con conversación, pero el silencio de aquella semana era distinto: más pesado, más cargado de algo que ella no terminaba de nombrar y que él tampoco se atrevía a preguntar directamente.
—¿Todo bien? —le preguntó una mañana, mientras desayunaban en el porche con el faro ya apagado tras la salida del sol.
—Todo bien —respondió Rosa, sin mucha convicción, con la mirada fija en su taza de manzanilla.
Gustavo no insistió, aunque la respuesta no lo convenció en absoluto. Aquella misma tarde, mientras faenaban en la cala, Tomás fue quien puso voz al malestar que ambos llevaban días evitando.
—Capitán, ¿tú notas algo raro entre la doctora y tú, o soy solo yo?
—Lo noto.
—¿Y no piensas preguntarle qué pasa?
—Lo he intentado. Dice que todo está bien.
—Ya. Las mujeres dicen eso cuando quieren decir exactamente lo contrario. Llevo veinte años soltero por no aprender esa lección a tiempo, capitán, no cometas mi mismo error.
—¿Y qué se supone que debo hacer? ¿Interrogarla hasta que confiese qué le pasa?
—No, listo. Se supone que debes preguntarle con cariño, escuchar de verdad la respuesta, y no ponerte a la defensiva en cuanto oigas algo que no te guste.
—Tomás le dio una palmada en la espalda—.
Es más fácil decirlo que hacerlo, lo sé.
Pero llevas semanas siendo mejor persona gracias a esa mujer. No lo eches todo a perder por orgullo.
De camino de vuelta al puerto, se cruzaron con Deolinda, que cargaba su cesta de la compra de siempre y no tardó en notar el silencio tenso que Gustavo llevaba encima como una losa.
—Vaya cara traes hoy, hijo. ¿Ha pasado algo?
—Todo bien, Deolinda.
—Ya, ya. Todo bien. —La mujer no pareció convencida en absoluto, aunque decidió no insistir, aunque no sin antes soltar, camino de su casa, un comentario que se le quedó grabado a Gustavo el resto del día—: Las tormentas más fuertes son las que anuncian el cielo más despejado después, hijo. No lo olvides.
Gustavo se quedó mirando cómo la mujer se alejaba calle arriba, preguntándose si toda Puerto Aliso tenía algún tipo de sabiduría innata sobre asuntos del corazón que a él, después de treinta y cuatro años, todavía se le seguía escapando por completo.
Gustavo se quedó pensativo el resto de la jornada, y esa noche, decidido a no dejar que la distancia siguiera creciendo sin abordarla, esperó a que Rosa terminara de trabajar en el informe para sentarse a su lado en el pequeño escritorio que habían improvisado en la esquina del salón.
—Rosa. Llevas días distinta. ¿Qué pasa?
Ella cerró el portátil despacio, como ganando tiempo antes de responder.
—Coral me abordó ayer. Me dijo cosas sobre ti, sobre cómo eras con ella, sobre cómo... —Rosa dudó, buscando las palabras adecuadas—. Sobre cómo te agarras a las personas cuando tienes miedo de estar solo.
Gustavo sintió que algo se le tensaba en el pecho, una mezcla de rabia hacia Coral y una inseguridad antigua que creía haber dejado atrás semanas atrás.
—¿Y le has creído?
—No lo sé, Gustavo. Por eso estoy así.
—¿Qué más te dijo?
—Que cuando el proyecto se acabe, cuando tenga que decidir entre mi carrera y este pueblo, vas a hundirte otra vez, como te hundiste cuando ella se fue.
Gustavo se levantó de golpe, con una rabia que le costó controlar.
—Coral no tiene ni idea de lo que necesito.
—¿Ah, no? Porque lleva razón en una cosa: no sé cuánto tiempo más me queda aquí.
Ferraz me ha ofrecido una plaza de investigadora principal para enero.
El informe está casi listo. En cuanto lo presente, tendré que decidir qué hago con mi vida, y esa decisión no puede depender de si tú te hundes o no sin mí.
—¿Y ya estás pensando en aceptarla?
—Estoy pensando en todo, Gustavo, porque es mi vida la que está en juego, no solo la tuya.
—Nunca te he pedido que te quedes por mí.
—No hace falta que lo pidas. Se te nota en la cara cada vez que hablamos del futuro y cambias de tema.
Se quedaron mirándose en el silencio pesado de la cocina, y Gustavo sintió, por primera vez en semanas, que el suelo bajo sus pies dejaba de ser tan sólido como había empezado a creer.
—¿Una plaza en la universidad? —preguntó, con la voz más ronca de lo que pretendía—. ¿Cuándo pensabas contármelo?
—Te lo estoy contando ahora.
—¿Y qué vas a hacer?
—No lo sé, Gustavo. Por eso necesito que confíes en mí lo suficiente para dejarme pensarlo sin sentir que cada duda mía es una traición a lo que tenemos.
Gustavo no respondió enseguida, luchando contra el impulso de exigirle una respuesta inmediata, una promesa que la atara a Puerto Aliso de una vez por todas, consciente de que aquella misma exigencia sería precisamente la prueba de que Coral, después de todo, no se equivocaba tanto como él quería creer.
—Necesito que sepas que no te estoy usando como refugio, Rosa. Lo que siento por ti no tiene nada que ver con el miedo a la soledad.
—Ojalá pudiera estar tan segura de eso como tú.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que llevo semanas viéndote más tranquilo, más feliz, más tú mismo de lo que Nala dice que te ha visto en años.
Y una parte de mí se pregunta si esa transformación depende de que yo siga aquí, y qué pasaría contigo si un día decido que necesito irme, aunque sea solo temporalmente, por trabajo o por lo que sea.
—Entonces aprenderé a sostenerme yo solo mientras tanto, como hacía antes de conocerte. No pretendo que renuncies a nada por miedo a que yo me hunda, Rosa. Eso sería quererte mal, y prefiero quererte bien, aunque todavía esté aprendiendo cómo se hace exactamente.
Aquella respuesta, sincera y vulnerable a partes iguales, ablandó algo en el pecho de Rosa, aunque no lo suficiente todavía como para disipar del todo la inquietud sembrada por Coral.
Aquella noche durmieron dándose la espalda por primera vez desde que compartían cama, y Gustavo se quedó despierto largo rato, escuchando la respiración de Rosa, preguntándose si las semanas de felicidad que acababan de vivir no habrían sido, después de todo, el preludio de algo que ya empezaba a resquebrajarse sin remedio.
Se levantó antes del amanecer, como siempre, pero en lugar de bajar directamente al muelle, se quedó un rato en el porche, observando el faro girar sobre su cabeza, pensando en su padre, en Elena, en todas las veces que la vida le había enseñado que aferrarse a algo bueno solo servía para hacer más doloroso el momento en que, inevitablemente, se lo arrebataban.
Se preguntó si no estaría, sin darse cuenta, empujando a Rosa hacia la misma salida por la que se habían marchado todos los demás, simplemente por no saber hacer las cosas de otra manera.
—Buenos días —dijo Rosa, apareciendo también en el porche, con una taza de manzanilla en las manos y una expresión cautelosa que a Gustavo le dolió ver en un rostro que hasta hacía pocos días solo le había mostrado calidez.
—Buenos días.
Se quedaron un rato en silencio, contemplando el amanecer sobre la bahía, sin saber ninguno de los dos cómo tender el primer puente sobre la distancia que se había abierto entre ellos.
Esa misma noche, Nala y Tomás organizaron, sin que ninguno de los dos lo hubiera pedido, una cena conjunta en la panadería, con la excusa poco convincente de probar una nueva receta de empanada que Nala llevaba semanas perfeccionando.
Rosa y Gustavo se sentaron uno frente al otro, educados pero distantes, mientras Tomás y Nala intercambiaban miradas cómplices que no dejaban lugar a dudas sobre sus verdaderas intenciones.
—Bueno, ¿y cuándo pensáis arreglar esto que tenéis entre manos? —preguntó Nala al fin, harta de tanto silencio incómodo—. Porque hasta la empanada se ha dado cuenta de que hay tensión en esta mesa, y eso que es solo masa y bonito.
—Nala, no es asunto tuyo —protestó Rosa, aunque sin verdadera convicción.
—Es asunto mío desde el momento en que tengo que veros comer en silencio como dos desconocidos en lugar de la parejita empalagosa que erais hace una semana. Arregladlo, por favor, que dan pena.
Gustavo y Rosa intercambiaron una mirada breve, la primera de verdadera complicidad en días, y ambos esbozaron una sonrisa involuntaria ante la franqueza sin filtros de Nala.
—Lo estamos intentando —dijo Gustavo, con una honestidad que sorprendió a los presentes—. Solo necesitamos un poco más de tiempo.
—Pues no tardéis mucho, que el tiempo, en mi experiencia, rara vez arregla las cosas por sí solo. Casi siempre hace falta también hablar.
Aquel silencio, distinto a todos los cómplices que habían compartido hasta entonces, fue el que finalmente empujó a Gustavo a hablar esa misma tarde, aunque las palabras que encontró no fueran, ni de lejos, las más acertadas.