El Faro de Puerto Aliso Capítulo 13 — Rosa
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Capítulo 13 — Rosa

Septiembre llegó a Puerto Aliso con una luz distinta, más oblicua, más dorada, como si el propio pueblo se preparara para el cambio de estación despidiendo el verano con una última exhibición de color antes de que las lluvias del otoño reclamaran su territorio habitual.

Rosa llevaba semanas enteras dedicada casi por completo a la redacción del informe, encerrada muchas tardes en la trastienda de El Ancla con el ordenador, los cuadernos de su abuela y una pila cada vez más alta de artículos científicos que Ferraz le enviaba por correo con la insistencia de quien no ha renunciado del todo a recuperar a su mejor investigadora.

Gustavo la ayudaba como podía, cargando cajas de material, revisando con ella los datos de campo por las tardes, incluso aprendiendo, a fuerza de escucharla explicar sus hallazgos una y otra vez, algunos términos técnicos que meses atrás le habrían sonado a otro idioma.

—Esta frase no se entiende —le dijo una noche, señalando un párrafo del borrador con el dedo manchado de grasa de motor—. Escribes como si quisieras que solo otros biólogos pudieran leerte.

—Es un informe científico, Gustavo, no una novela.

—Ya, pero hasta un informe científico necesita que la gente normal entienda por qué debería importarle. Si ni el alcalde ni Sarasola consiguen entender qué es lo que está en juego, de poco va a servir toda esta precisión que tanto te enorgullece.

Rosa se quedó pensativa, releyendo el párrafo con nuevos ojos, y terminó por reescribirlo siguiendo el consejo de Gustavo, sorprendida de lo mucho que había mejorado con apenas unos ajustes de lenguaje.

Fue un buen momento entre los dos, de esos que Rosa había empezado a atesorar sin darse cuenta: la complicidad tranquila de construir algo juntos, aunque fuera algo tan poco romántico como un informe técnico sobre sedimentos marinos.

—¿Sabes? —dijo Gustavo, esa misma noche, mientras Rosa guardaba el portátil ya satisfecha con los avances—. Nunca pensé que terminaría aprendiendo sobre pH del agua y concentraciones de nitrato por voluntad propia.

—¿Te aburre?

—Al contrario. Me sorprende lo mucho que me importa, ahora que entiendo por qué es importante. Antes solo veía una cala bonita donde mi padre me enseñó a pescar. Ahora veo todo un ecosistema que depende de que gente como tú se moleste en documentarlo bien.

—Eso es lo más bonito que me has dicho en semanas, Gustavo Ibarra.

—No te acostumbres. Mañana seguramente vuelva a ser el capitán gruñón de siempre.

Rosa se rió, y aquella noche se durmieron abrazados, ajenos todavía a la tormenta que la conversación con Coral, apenas unos días después, estaba a punto de desatar entre ellos.

Pero aquella tranquilidad se vio interrumpida esa misma semana por un correo de la doctora Ferraz que Rosa leyó con el estómago encogido.

—Rosa, el departamento tiene una plaza de investigadora principal que se libera en enero —le había escrito Ferraz—. Es tuya si la quieres, pero necesito saber, con sinceridad, si vas a volver a presentarte a ella o si debo empezar a buscar en otro sitio.

Rosa había leído aquel correo tres veces antes de decidir no responder todavía, incapaz de encontrar las palabras que reconciliaran la ambición profesional que llevaba media vida cultivando con la vida nueva, inesperada y absolutamente distinta a cualquier plan que hubiera trazado antes, que se le había ido construyendo alrededor sin que ella lo buscara del todo.

Terminó por llamar a Ferraz esa misma tarde, más por necesidad de ordenar sus propios pensamientos en voz alta que por tener ya una respuesta clara.

—Rosa, qué alegría. Empezaba a pensar que ibas a ignorar mi correo para siempre.

—Lo siento, doctora. Necesitaba pensarlo bien.

—¿Y ya lo has pensado?

—No del todo. Pero quiero preguntarle algo: si acepto la plaza, ¿podría seguir haciendo trabajo de campo fuera de Lisboa? ¿Colaboraciones con otras universidades, estancias prolongadas en otras zonas costeras?

Ferraz se quedó en silencio un momento, sopesando la pregunta.

—Podría negociarse, sí, aunque el puesto exige presencia regular en el departamento. No sería lo mismo que la libertad que tienes ahora como investigadora de campo independiente.

—Ya me lo imaginaba.

—Rosa, sea lo que sea lo que estés decidiendo allí, solo te pido que lo pienses con la cabeza tanto como con el corazón.

Eres una investigadora brillante, y sería una lástima que esa parte de ti quedara enterrada bajo...

—Ferraz hizo una pausa deliberada—. Bajo lo que sea que tengas ahí en ese pueblo.

—No va a quedar enterrada, doctora. Solo va a tomar una forma distinta a la que usted tenía planeada para mí.

Colgó el teléfono con una sensación extraña de haber avanzado, aunque fuera un paso pequeño, hacia una claridad que todavía tardaría días en terminar de encontrar del todo.

Fue precisamente en medio de esa indecisión cuando Coral volvió a aparecer, esta vez sin la ligereza cortés de sus encuentros anteriores.

Rosa la encontró sentada sola en la terraza del bar del puerto, con un gin-tonic delante y una expresión que, por primera vez, no se molestaba en disimular cierta dureza.

—Siéntate un momento —dijo Coral, sin preámbulos, señalando la silla frente a ella—. Tenemos que hablar, y prefiero hacerlo de mujer a mujer, sin rodeos.

Rosa dudó un instante, pero terminó por sentarse, más por curiosidad que por verdaderas ganas de conversación.

—Estuvimos juntos casi dos años, Gustavo y yo —empezó Coral, sin que Rosa hubiera preguntado nada todavía—.

Yo lo quería, a mi manera. Pero Gustavo siempre tenía un pie fuera de la relación, como si estuviera esperando el momento exacto en que yo también decidiera que Puerto Aliso no era suficiente para mí.

Nunca se lo reproché, entiéndeme, jamás le puse un ultimátum.

Pero un día simplemente dejó de intentarlo, y yo me cansé de querer por los dos.

—¿Por qué me cuentas esto?

—Porque quiero que entiendas con qué tipo de hombre te has metido.

—Coral se inclinó hacia adelante, y por un instante, la sonrisa se le quebró en algo más parecido al cansancio—.

Gustavo se enamora como se ahoga alguien que no sabe nadar: agarrándose a lo primero que flota.

Yo fui ese flotador durante un tiempo. Ahora eres tú.

Cuando el proyecto se acabe y tengas que volver a tu vida de verdad, ¿qué crees que va a pasar con él?

Rosa sintió que el estómago se le encogía, no porque creyera del todo las palabras de Coral, sino porque tocaban un miedo que ella misma llevaba semanas evitando mirar de frente.

—Eso no es asunto tuyo.

—Puede que no. Pero he visto a ese hombre reconstruirse piedra a piedra durante dos años, y no pienso quedarme callada mientras alguien más lo deja a medio terminar.

—¿Y si te equivocas? ¿Y si esta vez es distinto?

—Ojalá lo sea, de verdad. —La voz de Coral se suavizó apenas, aunque la advertencia siguió intacta—.

Pero he visto suficiente en esta vida para saber que la gente rara vez cambia sus patrones de golpe, por mucho amor que sienta.

Solo te pido que pienses bien qué vas a hacer cuando llegue el momento de decidir entre tu carrera y este pueblo diminuto, porque esa decisión no solo te va a afectar a ti.

—¿Tú lo dejaste todo por él, en su momento?

Coral se quedó callada un instante, sorprendida por la pregunta directa.

—Estuve a punto. Tenía una oferta de trabajo en Barcelona que rechacé por él, y jamás me lo agradeció lo suficiente, para ser sincera. Puede que por eso te hable con tanta amargura, aunque intente disimularlo. No quiero que cometas el mismo error que yo, fuera cual fuera exactamente ese error.

—Gracias por la sinceridad, aunque no comparta del todo tu conclusión.

—No espero que la compartas. Solo espero que la pienses.

Coral se levantó, dejó unas monedas sobre la mesa y se marchó sin esperar respuesta, dejando a Rosa con el pulso acelerado y una discusión que llevaba semanas posponiendo instalada de golpe en el centro del pecho.

Aquella tarde, en lugar de volver directamente a El Ancla, Rosa caminó hasta el acantilado donde tantas veces había ido de adolescente a pensar, y se sentó allí un buen rato, con la vista perdida en el horizonte, dándole vueltas a las palabras de Coral, a la propuesta de Ferraz, a la promesa que se había hecho a sí misma tras la llamada con su madre de no dejar que el miedo decidiera por ella antes de tiempo.

Pero el miedo, descubrió esa tarde, no siempre llega anunciado con la cara de la persona a quien se supone que hay que temer. A veces llega disfrazado de advertencia razonable, de preocupación genuina, de una mujer que quizás no mentía del todo al decir que solo intentaba protegerla.

Cuando por fin volvió a El Ancla, ya de noche, encontró a Nala esperándola con la cena preparada y una expresión preocupada en cuanto vio la cara de Rosa.

—¿Qué ha pasado?

—Me he cruzado con Coral.

El rostro de Nala se ensombreció al instante.

—¿Qué te ha dicho?

Rosa le contó la conversación completa, palabra por palabra, mientras Nala escuchaba con los labios apretados y una furia creciente que apenas conseguía disimular.

—Esa mujer no tiene ningún derecho a meterte esas ideas en la cabeza.

—Puede que tenga razón, Nala. Puede que Gustavo se esté agarrando a mí de la misma manera que se agarró a ella.

—O puede que Coral esté proyectando su propio dolor sobre una situación que no tiene nada que ver con ella. —Nala le apretó la mano por encima de la mesa—. Rosa, tú conoces a Gustavo mejor que Coral a estas alturas. ¿De verdad crees que te quiere solo porque necesita agarrarse a algo?

Rosa no supo responder enseguida, y aquella noche, tumbada en la cama de la casa del faro con Gustavo dormido a su lado, se quedó mirando el techo durante horas, incapaz de acallar del todo la voz de Coral resonando en su cabeza, preguntándose si el amor que sentía por aquel hombre era, en el fondo, tan sólido como había querido creer, o si no sería más que la versión de ambos de la misma huida hacia adelante que llevaba describiendo su vida entera.

Se giró hacia él, observando su respiración pausada, la línea relajada de su mandíbula en el sueño, tan distinta de la tensión que solía llevar durante el día, y por un instante sintió el impulso de despertarlo, de contarle todo lo que Coral le había dicho, de pedirle que la convenciera de que se equivocaba.

Pero se contuvo, temiendo que decirlo en voz alta, en mitad de la noche, no hiciera sino darle a aquel miedo un peso que todavía no merecía tener.

Al día siguiente, decidida a distraerse de aquellos pensamientos, Rosa se refugió en el trabajo, revisando una y otra vez cada gráfico, cada tabla, cada conclusión del informe, como si la precisión científica pudiera, de algún modo, ordenar también el caos que sentía por dentro.

De camino al muelle esa mañana, se cruzó con Ubaldo, que remendaba redes en su banco de siempre con la parsimonia habitual.

—Muchacha, tienes cara de mal dormir.

—Será el trabajo, Ubaldo. El informe me tiene agotada.

—Ya. El trabajo. —El viejo la miró por encima de las gafas, con esa perspicacia que solo dan los años—.

Mira, no es asunto mío, pero llevo viendo parejas ir y venir en este pueblo desde antes de que nacieras, y sé reconocer cuándo dos personas están pasando por un bache y cuándo están terminando de verdad.

Vosotros dos tenéis pinta de bache, no de final. No lo compliquéis más de lo necesario.

—¿Tan evidente es?

—En un pueblo de este tamaño, muchacha, hasta las gaviotas se enteran de estas cosas.

Rosa se despidió de Ubaldo con una sonrisa triste, y siguió camino al muelle, donde encontró a Gustavo revisando unas boyas con una concentración que a ella le pareció, más que auténtico interés técnico, una excusa para no tener que mirarla a los ojos.

—Buenos días —dijo ella, con cierta cautela.

—Buenos días.

Trabajaron juntos toda la mañana con una cortesía extraña, cuidando cada palabra, evitando cualquier tema que pudiera desembocar de nuevo en la tensión de los últimos días, y aquella cautela artificial resultó, de algún modo, más dolorosa para ambos que la propia discusión pendiente que ninguno se atrevía todavía a iniciar del todo.

De camino de vuelta al puerto, notando su ensimismamiento, Gustavo la dejó trabajar en silencio durante horas, aunque cada vez que pasaba a su lado le dejaba una taza de manzanilla recién hecha o le apretaba el hombro con un gesto breve, como recordándole que seguía allí, esperando pacientemente a que ella encontrara el momento de hablar.

Pero Rosa no encontró ese momento aquella tarde, ni tampoco al día siguiente, dejando que las palabras de Coral fueran creciendo dentro de ella como una grieta silenciosa que ninguno de los dos, todavía, sabía cómo nombrar en voz alta.