Capítulo 12 — Gustavo
Íñigo Sarasola no había vuelto a aparecer por el muelle desde su primer encuentro con Gustavo, pero su ausencia resultó ser engañosa: dos semanas después, se presentó directamente en El Ancla, mientras Rosa terminaba de redactar la última sección del informe, con una nueva propuesta que llevaba escondida bajo la sonrisa de catálogo de siempre.
—Doctora Aguilar. Había oído que es usted quien firma el informe sobre la cala del Somorro.
—Sarasola le tendió una mano que ella no estrechó—.
Mi empresa está dispuesta a financiar una beca de investigación completa, con su nombre, en la universidad que usted elija, a cambio de ciertos ajustes en las conclusiones del estudio.
Nada que comprometa su ética, entiéndame. Solo matices.
—Los matices que usted busca costarían la vida de una colonia de anémonas que lleva siglos ahí. No hay beca que compre eso.
—Piénselo con calma. No todos los días se le ofrece a una investigadora la oportunidad de labrarse una carrera sin las estrecheces habituales del mundo académico.
—Ya tengo la carrera que quiero, señor Sarasola. Y no está en venta.
Sarasola se marchó con la misma sonrisa impertérrita con la que había llegado, y Rosa, furiosa, no tardó en contárselo a Gustavo esa misma noche, mientras cenaban en la cocina de la casa del faro.
—Ese hombre no se va a rendir fácilmente —dijo Gustavo, con la mandíbula tensa—. Cuanto más cerca estemos de terminar el informe, más presión va a ejercer.
—Lo sé. Pero no pienso ceder.
—Lo sé. Por eso te quiero, entre otras cosas.
Fue la primera vez que Gustavo pronunciaba esa palabra en voz alta, y el silencio que siguió, cargado de una emoción que ninguno de los dos supo nombrar del todo enseguida, se extendió el tiempo suficiente como para que Rosa sintiera que el corazón se le aceleraba.
—¿Acabas de decir que me quieres?
—Eso parece.
—Gustavo Ibarra, no puedes soltar algo así como quien comenta el tiempo que hace.
—No sé decir las cosas de otra manera, Rosa. Nunca se me ha dado bien adornar lo que siento. Pero sí, te quiero. Llevo semanas queriéndote, si te soy sincero, y no sabía muy bien cómo ni cuándo decírtelo sin que sonara torpe.
Rosa cruzó la cocina y lo besó, con una sonrisa que no pudo contener contra sus labios.
—Yo también te quiero. Torpe y todo.
Aquella declaración, sin embargo, no bastó para disipar del todo la inquietud que Sarasola había dejado flotando en el ambiente, y los días siguientes trajeron consigo un nuevo motivo de preocupación: Coral empezó a aparecer con más frecuencia de la habitual en los lugares que Rosa solía frecuentar, siempre con una excusa razonable, siempre con esa sonrisa cortés que a Rosa cada vez le costaba más creer del todo.
—¿Has notado que Coral anda más pendiente de nosotros de lo normal? —le preguntó Rosa a Gustavo una tarde, mientras recogían las redes del día.
—Puede que sean imaginaciones tuyas.
—Puede ser. —Rosa no sonó del todo convencida—. Pero prefiero preguntarte a ti directamente antes que dejar que los rumores del pueblo me llenen la cabeza de dudas. ¿Hay algo que deba saber sobre vosotros dos que todavía no me hayas contado?
Gustavo se detuvo, con la red a medio recoger, y la miró con una honestidad que a Rosa le pareció, al mismo tiempo, tranquilizadora y ligeramente inquietante.
—Coral y yo terminamos hace dos años. Ella quería más compromiso del que yo estaba dispuesto a dar en aquel momento, y yo, para ser sincero, la usé un poco como refugio contra la soledad sin llegar a quererla de la manera que ella merecía. No es una historia de la que me sienta orgulloso.
—¿Y ahora?
—Ahora te quiero a ti, Rosa. De una manera que nunca sentí por ella, ni por nadie más, para qué mentirte. Pero entiendo si el hecho de que ella siga por aquí te resulta incómodo.
—No es eso. Es solo que... —Rosa buscó las palabras adecuadas, sin encontrarlas del todo—. Es solo que empiezo a temer que, entre Sarasola presionándonos por un lado y Coral rondando por el otro, algo va a terminar por torcerse.
Gustavo la atrajo hacia sí, besándole la frente con una ternura que pretendía calmar aquella inquietud, aunque ni él mismo estaba del todo seguro de poder cumplir la promesa implícita en aquel gesto.
—Nada se va a torcer, Rosa. Te lo prometo.
Pero esa noche, mientras Rosa dormía ya a su lado, Gustavo se quedó despierto un buen rato, mirando al techo, con la sensación incómoda de que las palabras de Tomás semanas atrás —lo del dolor que sale solo, sin que nadie lo invite— podrían resultar, después de todo, más proféticas de lo que a él le habría gustado admitir.
Se levantó sin hacer ruido y salió al porche, donde el faro seguía girando fiel sobre la bahía oscurecida.
Se quedó allí un buen rato, escuchando el rumor constante del mar, pensando en Sarasola, en Coral, en el informe que Rosa llevaba semanas construyendo con tanto esfuerzo, y en la fragilidad extraña de la felicidad, que parecía capaz de resquebrajarse con la misma facilidad con la que había llegado a instalarse en su vida.
—¿No puedes dormir? —La voz de Rosa, desde la puerta, lo sobresaltó ligeramente.
—Solo estaba pensando.
—¿En qué?
—En que llevo tanto tiempo esperando que algo bueno se rompa, que a veces no sé cómo comportarme cuando simplemente no lo hace.
Rosa se acercó, envuelta en una manta, y se sentó a su lado en el peldaño del porche, apoyando la cabeza en su hombro sin decir nada más, dejando que el silencio compartido hiciera el trabajo que ninguna palabra habría hecho mejor.
Se quedaron así un buen rato, mirando el faro girar, hasta que el frío de la madrugada los empujó de vuelta adentro, ninguno de los dos del todo convencido de que la inquietud de aquella noche fuera a disiparse tan fácilmente como había llegado.
Sus temores no tardaron en confirmarse. Apenas tres días después, mientras Gustavo descargaba la pesca en el muelle, Coral se acercó con un semblante mucho más serio del que solía mostrar en sus encuentros casuales con Rosa.
—Necesito hablar contigo —dijo, sin preámbulos.
—Coral, no creo que sea buena idea.
—No te estoy pidiendo que vuelvas conmigo, Gustavo, si es eso lo que temes. —Su voz sonó cargada de un cansancio antiguo—. Solo necesito decirte algo, y luego te dejaré en paz.
Gustavo dejó las cajas a un lado, resignado a escuchar lo que fuera que Coral tuviera que decirle.
—Te vi con ella en la fiesta del Carmen.
Y te he visto estas semanas, más feliz de lo que te he visto en los dos años que estuvimos juntos.
—Coral cruzó los brazos, con la mirada fija en el horizonte—.
Me alegro por ti, de verdad que sí. Pero también me duele, porque durante mucho tiempo pensé que el problema era mío, que no sabía quererte de la manera correcta, y ahora veo que simplemente no era yo la persona indicada.
—Coral...
—Déjame terminar. —Ella levantó una mano, pidiendo paciencia—.
Solo quiero que sepas que, si alguna vez la cosa con Rosa se complica, y espero de corazón que no sea así, no va a ser porque yo haya hecho nada para provocarlo.
Ya sufrí bastante siendo la que se quedó esperando.
No pienso convertirme también en la que hace daño a la que viene después.
Gustavo se quedó sin palabras un instante, conmovido por una honestidad que no esperaba de aquel encuentro.
—Gracias, Coral. De verdad.
—No me las des todavía. Solo prométeme que esta vez lo harás bien. Que no la dejarás dudar de lo que sientes, como me dejaste dudar a mí durante dos años enteros.
—Te lo prometo.
Coral asintió, y se marchó con la misma dignidad silenciosa que Gustavo recordaba de la ruptura entre ambos, dejándolo con una mezcla de alivio y una inquietud renovada, porque si Coral, después de tanto dolor acumulado, se mostraba capaz de tanta generosidad, la sombra de Sarasola y sus intenciones seguía pareciéndole, en comparación, una amenaza mucho más difícil de desarmar con buenas palabras.
Aquella misma tarde, Rosa recibió una citación formal del ayuntamiento: el pleno municipal había programado una sesión informativa sobre el proyecto hotelero de Costa Cantábrica Desarrollos, y solicitaban su presencia como autora del informe medioambiental en curso.
—Esto va en serio —dijo Rosa, mostrándole la carta a Gustavo esa noche—. Van a presentar el proyecto oficialmente ante el pleno la semana que viene.
—Entonces tenemos una semana para terminar de blindar el informe.
—Una semana no es mucho tiempo, Gustavo.
—Es el tiempo que tenemos. Y conociéndote, sé que va a ser suficiente.
Rosa sonrió, agradecida por aquella confianza, aunque no pudo evitar sentir el peso de la responsabilidad que se le venía encima: no solo se trataba ya de completar un trabajo académico, sino de defender, ante todo un pueblo reunido, el futuro de una cala que se había convertido en algo mucho más personal que cualquier proyecto de investigación que hubiera afrontado antes.
—¿Y si no es suficiente? —preguntó, con una vulnerabilidad poco habitual en ella—. ¿Y si Sarasola gana esta batalla a pesar de todos nuestros esfuerzos?
Gustavo la abrazó, besándole la coronilla con una ternura que pretendía transmitir una seguridad que ni él mismo sentía del todo.
—Entonces habremos perdido una batalla, no la guerra entera. Y seguiremos aquí, juntos, buscando la siguiente manera de proteger lo que nos importa. Pase lo que pase la semana que viene, Rosa, esto que tenemos no depende de ningún informe ni de ningún pleno municipal.
Rosa se aferró a aquellas palabras con la misma determinación con la que se aferraba a cada dato de su informe, presintiendo, sin saberlo todavía con certeza, que los días siguientes pondrían a prueba no solo su trabajo, sino también la solidez de todo lo que habían construido juntos en apenas dos meses.
Esa noche, tumbados ya en la cama, con la ventana entreabierta dejando entrar el rumor constante del mar, Gustavo la abrazó con fuerza, como si con aquel gesto pudiera protegerla de cualquier cosa que estuviera por venir.
—Pase lo que pase en esa reunión del pleno, Rosa, quiero que sepas algo.
—¿Qué?
—Que esto que hemos construido tú y yo no depende de ningún hotel, ni de ningún promotor con carpeta y sonrisa falsa. Depende solo de nosotros dos, y de las ganas que tengamos de seguir eligiéndonos cada día.
—Me gusta cómo suena eso.
—A mí también. Ahora duerme, que mañana hay que madrugar como siempre, con reunión de pleno o sin ella.
Rosa se acurrucó contra su pecho, y se durmió esa noche con la certeza tranquila de que, fuera cual fuese el resultado de la batalla que se avecinaba contra Sarasola, había encontrado en aquel pescador arisco algo mucho más valioso que cualquier victoria profesional: un hogar, por fin, después de tantos años buscándolo sin saberlo en los sitios equivocados.