El Faro de Puerto Aliso Capítulo 11 — Rosa
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Capítulo 11 — Rosa

Con el paso de los días, sin que ninguno de los dos lo planeara del todo, la vida de Rosa terminó entrelazándose con la de Gustavo en pequeños gestos cotidianos: un cepillo de dientes nuevo junto al suyo en el baño de la casa del faro, una repisa entera del armario cedida sin discusión, el hábito compartido de tomar manzanilla o chocolate, según el día, sentados en el porche mientras amanecía sobre la bahía.

Tomás empezó a dejar de sorprenderse al encontrar dos tazas en el fregadero de la barca, y Nala terminó por guardarle a Rosa una llave de repuesto de El Ancla que esta apenas usaba ya, prefiriendo con cada semana que pasaba el olor a sal y a leña de la casa del faro al polvo de libros de la librería de su abuela.

—Te estás mudando aquí sin darte cuenta —le dijo Gustavo una noche, encontrándola guardando su ropa de buceo en un cajón que él mismo había vaciado sin decir nada.

—¿Te molesta?

—Me molestaría lo contrario. —Se acercó por detrás y la rodeó con los brazos, apoyando la barbilla en su hombro—.

Llevo toda la vida viviendo en esta casa como quien acampa en su propia vida, esperando a que algo terminara de romperse del todo.

Contigo aquí, por primera vez, esto empieza a parecer un hogar de verdad.

Esa misma tarde, sentada en el porche con el portátil sobre las rodillas, Rosa decidió por fin llamar a su madre, algo que llevaba aplazando desde su llegada a Puerto Aliso.

—Vaya sorpresa —dijo Carmen al descolgar, con ese tono entre alegre y cauteloso que llevaba usando con Rosa desde que esta era adolescente—. Pensaba que te habías olvidado de que tienes madre.

—Estoy en Puerto Aliso. Llevo aquí más de un mes.

—Lo sé. Nala me escribe de vez en cuando, ya que tú no lo haces. —Un silencio breve, cargado de reproches antiguos que ninguna de las dos tenía ganas de reabrir del todo—. ¿Y bien? ¿Qué te retiene tanto tiempo en ese pueblo diminuto?

Rosa se recostó en la silla del porche, con el teléfono apretado contra la oreja y la vista perdida en el mar que empezaba a teñirse de naranja con el atardecer.

—Un hombre. Un informe sobre la cala del Somorro. La abuela. Todo junto, supongo.

—Ah. —Carmen dejó escapar un suspiro que a Rosa le sonó extrañamente comprensivo—.

Yo también estuve a punto de quedarme una vez, ¿sabes?

Antes de que nacieras. Había un chico, un pescador, nada serio todavía, pero prometedor.

Tu abuela me insistió para que le diera una oportunidad.

Y yo, como siempre, elegí la ciudad, la carrera, el siguiente horizonte. Nunca supe si me equivoqué.

—¿Y te arrepientes?

—Me arrepiento de haber pasado media vida corriendo hacia algo sin averiguar nunca qué se sentía al quedarme quieta el tiempo suficiente para comprobar si merecía la pena.

—La voz de Carmen se quebró un poco, algo insólito en una mujer que Rosa recordaba siempre entera, siempre en marcha—.

No cometas mi mismo error, hija. Si has encontrado algo en ese pueblo que valga la pena, no dejes que el miedo a parecerte a mí te haga huir de ello.

Rosa colgó el teléfono con los ojos húmedos y una claridad nueva instalada en el pecho, comprendiendo por fin que el miedo que llevaba arrastrando no era solo suyo, sino una herencia heredada, y que estaba en su mano, por primera vez, decidir no transmitirla más allá de aquella tarde.

Aquella misma semana, avanzando ya con paso firme en la redacción del informe, Rosa se cruzó de nuevo con Coral, esta vez en la terraza del único bar con vistas al puerto, donde había ido a tomar un café con Nala.

—Vaya, la parejita feliz del pueblo. —Coral se acercó a su mesa con una sonrisa que no terminaba de convencer a Rosa—. ¿Puedo sentarme un momento?

Nala se tensó visiblemente, pero Rosa, decidida a no dejarse intimidar por rumores ajenos, le hizo un gesto para que se sentara.

—Claro.

—Solo quería decirte que me alegro por vosotros. —Coral se sirvió un vaso de agua de la jarra que había sobre la mesa, con una calma que a Rosa le pareció ensayada—. Gustavo es un buen hombre, aunque le cueste demostrarlo. Espero que sepas valorarlo.

—Lo hago.

—Bien. Porque no todo el mundo sabe hacerlo. —Los ojos de Coral se ensombrecieron un instante, antes de que la sonrisa cortés regresara a su rostro—. En fin, no quiero robaros más tiempo. Que disfrutéis del café.

Se marchó tan rápido como había llegado, dejando a Rosa con una sensación extraña, mezcla de alivio y desconfianza, que Nala no tardó en comentar en cuanto Coral estuvo lo bastante lejos.

—No te fíes de esa sonrisa, Rosa. Coral no ha superado lo de Gustavo tan bien como quiere aparentar.

—Parecía sincera.

—Puede que lo fuera, en el momento. Pero conozco a Coral desde niñas, y esa mujer guarda las cosas dentro hasta que un día explotan sin avisar. Ten cuidado.

Rosa asintió, guardándose aquella advertencia en algún rincón de la memoria, sin saber todavía cuánto pesaría en los días que estaban por venir.

—Cambiemos de tema, anda —dijo Nala, dándole un golpecito en la mano en cuanto Coral estuvo lo bastante lejos—. Cuéntame mejor cómo va el informe. ¿Para cuándo lo tienes?

—Me quedan un par de semanas de trabajo de campo, y luego el proceso de redacción formal. Calculo que para finales de septiembre podría tenerlo listo para presentar al ayuntamiento.

—¿Y después qué? ¿Vuelves a Lisboa?

La pregunta, formulada con la naturalidad de quien no pretende incomodar a nadie, cayó sobre Rosa con un peso que no esperaba.

—No lo sé, Nala. Sinceramente, no lo sé.

—Bueno, tienes tiempo de sobra para decidirlo. No hay ninguna prisa, ¿verdad?

—Ninguna prisa —repitió Rosa, aunque en el fondo sabía que aquella pregunta, tarde o temprano, tendría que responderla con algo más que evasivas, no solo ante Nala, sino ante sí misma y ante Gustavo.

Esa misma tarde, de vuelta en la casa del faro, Rosa se sentó a revisar los últimos apartados del informe, con Gustavo sentado frente a ella fingiendo leer un periódico atrasado mientras en realidad no apartaba los ojos de la concentración con la que ella tecleaba, mordiéndose el labio inferior cada vez que un dato no le encajaba del todo.

—¿Cómo va? —preguntó él, al cabo de un rato.

—Bien. Mejor que bien, la verdad. Los datos de la colonia de anémonas son sólidos, las mediciones de sedimento remueven cualquier duda de que las catas de Sarasola ya han empezado a dañar el ecosistema, y la documentación de la colonia de cormoranes le da un peso adicional al conjunto que no esperaba tener.

—Suena a que vas a ganar esta batalla.

—Ojalá fuera tan sencillo. Sarasola tiene abogados y dinero. Yo solo tengo datos y una convicción muy terca.

—A veces la convicción terca gana batallas que el dinero no puede comprar.

Rosa sonrió, dejando el portátil a un lado un momento para estirar la espalda entumecida de tantas horas sentada.

—¿Sabes qué es lo más curioso de todo esto?

Cuando llegué a Puerto Aliso, estaba convencida de que este proyecto sería un simple trámite, una manera de cumplir con la última voluntad de mi abuela antes de volver a mi vida de verdad en Lisboa.

Y ahora resulta que esta cala, este pueblo, y tú, os habéis convertido en mi vida de verdad, sin que yo apenas me diera cuenta de cuándo ocurrió el cambio.

Gustavo dejó el periódico completamente de lado, cruzó la cocina en dos zancadas y la besó con una suavidad que contrastaba con la urgencia de sus manos, que la levantaron de la silla como si no pesara nada.

Al día siguiente, sábado de mercado en Puerto Aliso, Rosa y Gustavo caminaron juntos entre los puestos instalados en la plaza, comprando verduras frescas y pescado recién llegado de la lonja para preparar una cena que Gustavo había prometido cocinar él mismo, algo que rara vez hacía y que Rosa sospechaba que hacía especialmente por ella.

—¿Desde cuándo sabes cocinar algo más elaborado que rabas fritas? —preguntó Rosa, observándolo elegir con cuidado unos pimientos.

—Mi madre me enseñó lo básico antes de morir, cuando yo era muy pequeño. Luego mi padre intentó continuar la tradición, con resultados bastante desastrosos, para ser sincero. Pero algo se me quedó.

—No sabía que hablaras de tu madre. Solo mencionas siempre a tu padre.

—Murió cuando yo tenía cinco años. Apenas la recuerdo, la verdad, salvo algunas imágenes sueltas: su risa, el olor de su pelo, alguna canción que tarareaba mientras cocinaba.

Mi padre nunca superó del todo su muerte, y creo que parte de la bebida tenía que ver también con eso, aunque él nunca lo reconoció abiertamente.

Rosa le apretó la mano con cariño, comprendiendo un poco mejor, con cada nueva confesión, la profundidad de las heridas que aquel hombre llevaba cargando desde niño, y la valentía silenciosa que suponía, para alguien con su historia, permitirse querer de nuevo sin condiciones.

Terminaron de hacer la compra y volvieron a la casa del faro, donde pasaron la tarde cocinando juntos entre risas y algún que otro desastre culinario que ambos encontraron más divertido que frustrante, en una escena de domesticidad sencilla que, apenas dos meses atrás, ninguno de los dos habría imaginado posible.

Cenaron en el porche, viendo caer la noche sobre la bahía, con el plato de pescado que Gustavo había preparado resultando, contra todo pronóstico, sorprendentemente bueno.

—Tenías razón. Sabes cocinar más de lo que aparentas.

—Te dije que algo se me había quedado de mi madre.

Rosa le sonrió, y ambos se quedaron en silencio un buen rato, disfrutando de la brisa nocturna y del sonido constante del mar, sintiendo que aquella sencilla cena compartida representaba, de algún modo, todo lo que habían construido juntos desde que Rosa había bajado de aquel autobús hacía ya más de dos meses.